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Ramón Hernández

Supositorios y enemas

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En alguna venta de libros viejos el maestro y amigo Simón Alberto Consalvi encontró un par de ejemplares de las Obras selectas de José Rafael Pocaterra que, con un prólogo firmado por Miguel Otero Silva, publicó Ediciones Edime. Me regaló uno. Es un ejemplar de 1.552 páginas al cual le faltan las 2 últimas hojas, una es en la que se indica la fecha de impresión, algo sospechoso.

Es un libro voluminoso en páginas y en contenido, con huellas de haber sido muy manoseado, pero no necesariamente leído. Si nos llevamos por la fecha con la que Miguel Otero calza su texto introductorio, debió ser impreso en 1956, en plena dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y al año siguiente de la muerte de Pocaterra. De tapas verdes de cuero, en las primeras páginas aparecen dos sellos húmedos, En uno se lee en tres líneas de letras de diferente tamaño: “República de Venezuela |Academia Militar | Biblioteca Simón Bolívar”. En el otro, aunque tiene el espacio para la cota, el precio y la fecha solo se llenó, en tinta negra de bolígrafo, el aparte “Número de registro”, donde alguien escribió con letra clara y firme: 5713. En el margen inferior se repite ese número en tinta negra y con la letra de la misma persona, pero se añade la cantidad de ejemplares: 2.

Nada indica que ese libro fuera la lectura favorita de los cadetes y profesores que pasaron por la institución armada. No hay marcas de lápiz, ni acotaciones en los márgenes, ni puntas dobladas, tampoco nada distinto al paso natural del tiempo y las marcas que dejan los hongos en el papel biblia.

Como lo indica el título, se trata de una antología, tanto de novelas como de cuentos; ahí está “De cómo Panchito Mandefuá cenó con el Niño Jesús” y esa requisitoria contra las dictaduras que es Memorias de un venezolano de la decadencia, en donde Pocaterra narra su años en las cárceles de Juan Vicente Gómez, sobre todo en el castillo de Puerto Cabello y en Maracaibo. Ahí abrevó Federico Vegas para escribir Falke, una novela extraordinaria e imprescindible para el venezolano contemporáneo; un ejemplo de la buena escritura y mejor literatura, pero no nos extraviemos.

Obviamente ninguno de los dos ejemplares fue manoseado mucho más allá de las personas que le quitaban el polvo, lo cambiaban de estante o tuvieron la responsabilidad de desincorporarlo del catálogo de la biblioteca, del que luego la bibliotecóloga graduada en la UCV, Iraida Josefina Guzmán López, haría un diagnóstico. No se requiere aplicar las técnicas de los detectives de CSI para determinar que nadie se detuvo en sus páginas ni se estremeció por los maltratos y vejaciones que recibieron los presos en las ergástulas que estaban bajo la responsabilidad de los militares de los tiempos de Gómez. No.

Tan fácil como es distinguir qué políticos se han leído Guzmán, elipse de una ambición de poder, una biografía de Antonio Leocadio Guzmán de Ramón Díaz Sánchez, es precisar qué oficiales de los cuatro componentes han tenido entre sus libros de cabecera las Memoria de un venezolano de la decadencia, y no precisamente por la manera como saludan o se golpean los tacones, sino por la manera como tratan a los prisioneros, a los vencidos, a los presuntos enemigos, y cómo se imponen a la sociedad que no maneja armas.

Empecemos por las razones que tuvieron para derrocar al primer gobierno elegido mediante el voto universal, directo y secreto –que significa que votaron todos los que quisieron: mujeres, hombres, pobres, ricos, sabios y analfabetos–, que nunca supieron explicar más allá de sus propias ambiciones personales; sigamos con los asesinatos de Carlos Delgado Chalbaud y de Leonardo Ruiz Pineda, por nombrar dos de los cientos que cometieron; las torturas de la Seguridad Nacional; las operaciones antiguerrilleras de la época democrática y los excesos cometidos por ambos bandos, con más torturas y desapariciones; la manera que se escogió para controlar el Caracazo; los alzamientos y los crímenes impunes de 1992, hasta llegar a la represión brutal y sanguinaria de 2014, que ha sido la vuelta a los años de más crueldad de Juan Vicente Gómez, cuando los adversarios eran colgados por los testículos y si quedaban vivos se dejaba que se pudrieran en un calabozo lleno de excrementos. Ahí están estudiantes presos que comparten mazmorras con los presos comunes, por reclamar su derecho de protestar.

Arturo Uslar Pietri, que tuvo momentos de ceguera imperdonables, repetía con meridiana claridad que el gran fracaso del Estado venezolano era la educación, primordialmente la enseñanza de la historia, la verdadera, no la historieta en que han convertido la etapa de 1811 hasta 1821; la empresa titánica de imponer los valores civiles, los derechos humanos, en los uniformados que todavía suponen que el poder y la razón se encuentran en la punta del fusil; que haya prevalecido una que no incluye a Pocaterra en las lecturas obligatorias y tampoco en las complementarias. Vendo un par de grillos de La Rotunda maltrechos por el uso y una colección de medallas similar a la que se cuelga Pedro Carreño en el pecho, pero sin manchas de sangre.