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Elías Pino Iturrieta

El Súper Libertador

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Si era una película de encargo, cumplió el cometido. Algunos hablaron de una encomienda del comandante Chávez, quien quería ver al héroe en la pantalla grande partiendo de un guión que no defraudara sus hipérboles. Pero no fue un trato entre los realizadores del film y el amo del poder, como la malicia ha murmurado, sino un asunto más colectivo. Fue un mandado de toda la sociedad, o de su inmensa mayoría, que quería solazarse ante un espectáculo capaz de ofrecer mayor fortaleza a las atribuciones sobrehumanas que ha concedido al Padre. Considerado como un semidiós desde el siglo XIX, apenas le faltaba a Bolívar una producción grandilocuente a través de la cual se confirmaran sus proezas y, sobre todo, su augusta soledad en la cumbre del patriotismo. Debe sentirse regocijada la mayoría de la población ante el desfile de unas aventuras con las que siempre soñó y sobre las cuales jamás albergó dudas, ahora resucitadas sin recato por los recursos dirigidos con prodigalidad a la industria del cine.

El vestuario estuvo bien cosido y acorde con los tiempos. Nada de gorras de cartón piedra, como en las harapientas pelis del pasado patriotero, ni de uniformes sacados del almacén de la zarzuela. Jamás se vio gente engalanada con tanta propiedad, en especial el protagonista. La escena del candidato a héroe jugando a un antecedente del tenis con el Príncipe de Asturias, ante la vista de los cortesanos en Madrid, fue un superfluo primor que debe verse con la debida pausa, aunque jamás se viera cuando se supone ocurrió. Por la presentación de los escollos colosales y la magnificencia del paisaje, las escenas del Paso de los Andes se parangonarían con las hazañas que las crónicas atribuyen a Aníbal en los Alpes, si no fuera porque el cartaginés las realizó con ayuda de sus colaboradores y el nuestro se ocupó de pensarlo y hacerlo todo a solas, de acuerdo con un guión tan ciclópeo como el tránsito que reconstruye. Ni hablar de las batallas que desfilan ante nuestra vista, calcos de Marengo y Waterloo si no fuera por los morenos y los indios que en ellas participan para beneficio del color local. Ni hablar de la manera de presentar a Páez, estropajoso como los piratas del Caribe que últimamente nos han deleitado con estrafalarias fechorías. Más cinematográfico, imposible. Fundamental la escena de la entrevista entre el banquero inglés y el Libertador Presidente, el demonio acicalado y el santo en día de estreno, rapaz el primero y colmado de virtudes el segundo. Debería servir de modelo para volver hacia la fantasía de negocios y decencias que entonces no podían convertirse en realidad, debido a que el detentador del poder jamás ocultó sus simpatías por los negociantes de Londres. Sin embargo, la insólita encerrona conduce la historia a una tensión capaz de anunciar las vicisitudes posteriores del titán y de satisfacer a los espectadores crédulos. Así es cierto cine.

En ese cierto cine el protagonista es de una sola pieza, sin debilidades que no sean las que puede superar el oportuno regaño de un maestro a cuyo cargo quedan las declamaciones de enmienda. El héroe es igual desde el principio hasta el fin. Ni una cana le producen las guerras, ni un mínimo quebranto las asperezas del camino, ni una duda sobre la desolación que ha causado, ni un pensamiento digno de atención sobre sus rivales, pero tampoco sobre sus seguidores más fieles, ni una pasajera sensación de mortalidad. Es el todo y la circunstancia. El resto, añadidura. De allí la irrelevancia de las actuaciones de la mayoría de los miembros del elenco, que cumplen a duras penas la función de comparsas, pero también el trabajo de quien hace de radiante sol. Solo actúa como personaje sol, una peripecia previsible y tediosa que no conduce a desafíos de interpretación. El actor apenas torea por estatuarios, aunque de funciones anteriores le recordemos trasteos serios. Ahora no deja nada memorable para el arte que interpreta, tal vez por la simpleza de sus líneas. Tampoco para la faena que le encomendaron de apuntalar la fe en un paladín incomparable. Pero quién sabe, porque el héroe, el actor y el escritor del guión cuentan con una legión de espectadores entusiastas y cautivos. 

epinoiturrieta@el-nacional.com