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Antonio Ecarri

Suniaga nos sumerge entre “esta gente”

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El último libro de ese escritor excepcional que es Francisco Suniaga se titula Esta gente y es uno de los relatos más amenos que he leído en mucho tiempo, con la extraña sensación, al terminar la lectura, de haber experimentado la enorme contradicción que significa quedar complacido con la inteligente y pícara escritura de Suniaga, y también indignado por su ingrata constatación de las inequidades de un Poder Judicial corrompido hasta los tuétanos.

La novela se sitúa en la isla de Margarita, donde un abogado talentoso afronta el caso más curioso de su carrera: defender a un anciano paisano suyo y amigo de su difunto padre que, al metérsele en la cabeza la ingenua como irracional idea de la independencia de Margarita, termina acusado de “traición a la patria” en un proceso amañado por y desde “Caracas” para dar “ejemplo” de autoridad y como advertencia a todos los que pretendan cambiar el statu quo, aunque se trate de la temeraria ingenuidad de un anciano decrépito que para nada iba a conmover los cimientos de un régimen que “esta gente” cree eterno.

Comienza con el despertar del abogado José Alberto Benítez de una operación de próstata: “Una voz de mujer que no podía ubicar lo llamaba por su nombre, José Alberto, José Alberto. Sus párpados se abrieron y sólo pudo ver unas luces que giraban a su alrededor con tal rapidez que en un instante comenzó a sufrir el peor de los vértigos: una fuerza centrífuga que lo empujaba contra el lecho donde yacía, hasta hacerle sentir concentrado sobre su cuerpo la gravedad entera del planeta”. Hasta que va adquiriendo conciencia de lo que se trataba: “Acabo de despertar de la anestesia general, estoy en la sala de recuperación de la clínica, las luces brillantes y distorsionadas que daban vueltas son las lámparas del techo, estoy vivo, pensó con alivio”. Alivio que se vuelve a trastocar en pánico cuando a su edad, bordeando los 60, enamorado de una cuarentona esplendorosa, cree que su virilidad se encuentra en trance de perderse para siempre.

José Alberto había iniciado una furtiva relación de infidelidad con una abogada llegada a la isla de la capital y convertida en flamante fiscal del Ministerio Público, Dinorah Terán, quien lo enloquecía en la cama, pero a la vez le hacía sentirse culpable de traición a Elvira, su esposa eternamente fiel, con quien llevaba casado una eternidad. Suniaga relata las mil peripecias por las que tenían que pasar los amantes furtivos para poder materializar sus encuentros amorosos, cargados de un erotismo tal que el pobre José Alberto estuvo a punto de enloquecer y dejarlo todo por esa colega suya que era la personificación de sus más recónditas fantasías.

Sin embargo, cuando el viejo amigo de su padre, Gumersindo Salazar, decide anunciar públicamente la aventura quijotesca de la independencia de Margarita, es sometido a un proceso penal tan amañado como injusto y a los más crueles vejámenes, debido a esa ocurrencia de ingenuidad senil; y es entonces cuando José Alberto asume la defensa del viejo amigo con su conocido empeño, constancia y experticia de excelente abogado litigante, creyendo aún en la justicia venezolana, pero desengañándose bruscamente cuando “esta gente” desde “Caracas” decide que la acusación del anciano margariteño debía asumirla la abogada más obediente a los dictados de la justicia “caraqueña”, nada más y nada menos que la fiscal del Ministerio Público Dinorah Terán Machuca, la furtiva amante de José Alberto.

Al final del libro se produce un diálogo entre José Alberto y su amante que pone al descubierto la razón de fondo de dos venezolanos para discrepar: el que defiende los principios, la conciencia y la virtud, frente a una Doña Bárbara rediviva que representa a “esta gente” que justifica todo lo que hacen: “Mira, Benítez, no seas ingenuo. Nosotros los habitantes de este país somos iguales, estamos hechos del mismo barro. ¿Quién me va a juzgar? ¿Los que vengan, si aquí hay un cambio?, pero ¿de dónde saca usted que quienes vengan a gobernar serán distintos? Más allá de los discursos, lo demás será exacto, le garantizo que seguiré siendo fiscal. ¿Y sabe por qué? Porque las personas como yo son imprescindibles para quien detente el poder. Nadie me va a juzgar por nada, ni jurídica ni moralmente, Benítez, usted está equivocado”.

Suniaga, a través del cinismo de la fiscal, nos hace sumergir en la “conciencia” de “esta gente”, pero el sacrificio del viejo Gumersindo nos saca a flote para comprender que mientras haya un venezolano dispuesto a morir por una causa, aunque se perciba ingenua y aventurada… ¡hay esperanza!