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David Galagher LA NACIÓN. ARGENTINA

Sumido en la inmovilidad

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Estamos acostumbrados a tomar nuestro cuerpo por sentado. Si queremos cruzar la calle, se lo comunicamos sin pensar a nuestras piernas, y ellas, sin titubeo, nos llevan al otro lado. Rara vez se nos ocurre que para algunos hasta pararse es una hazaña, ya sea por vejez o por discapacidad. Para entenderlos, nos conviene sufrir algún revés físico. En mi caso, una artrosis en la cadera, que me obligó a operarme.

Lo peor fue justo después de la operación, cuando tenía que estar por cuatro horas boca arriba en la sala de recuperación, sin poder moverme. Para poner mi inmovilidad en perspectiva, pensé en quienes han sufrido una de verdad. Por ejemplo, Tony Judt, el historiador inglés, a quien le diagnosticaron una devastadora enfermedad degenerativa. Quedó inmóvil hasta morir. No tenía dolor, podía hablar pero no podía mover un músculo, de manera que si le picaba la cabeza o la rodilla, no podía rascarse.

 “Durante el día”, escribió, en un memorable ensayo en el New York Review of Books, “puedo por lo menos pedir una rascada, o que me muevan algún miembro”. En la noche, ni eso.

No sé qué pensaba Judt de Samuel Beckett, de quien me acordé por la curiosa estética de la inmovilidad que él desarrolló. En su trilogía de novelas, hay tres personajes principales, Molloy, Malone y el Innombrable. En la primera, Molloy, con mucha dificultad, camina: emprende un arduo viaje de unas cuadras en busca de su madre. En la segunda, un Malone encamado logra recordar y analizar algunas anécdotas. En la tercera, el Innombrable no es sino un estropajo humano. Solo sabemos que existe porque piensa.

Según el crítico Hugh Kenner, la trilogía de Beckett es una alegoría de la historia de la novela: el viaje de Molloy es la épica, los cuentos de Malone la novela psicológica o reflexiva, y El Innombrable la reducción de la novela a balbuceos inconexos, debido a que la novela como género ha llegado a su fin.