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Elio Gómez Grillo

Suma de Venezuela (II)

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Prosigo el comentario general que inicié en mi columna anterior referido al libro de don Mariano Picón Salas, Suma de Venezuela.

Por supuesto que estos comentarios los hago como un simple lector común, que es lo que soy, y no como ningún crítico literario, que disto mucho de serlo.

Hoy quiero referirme a la segunda y última parte del libro, que el gran escritor calificó de “Lugares y cosas”. Allí hace una magistral y hermosa evocación del río Orinoco, de la Caracas de 1920, de 1945 y de 1957, para cerrar la imagen capitalina con un delicioso “Retrato de un caraqueño”, prosigue con “Leyenda y color de Margarita”, “Color de Coro”, “Los Andes pacíficos”, “Testimonios de Mérida”, “En la Universidad de los Andes” y “Mensaje a los merideños”.

Al río Orinoco insiste en llamarlo “río de la libertad”, porque “de sus aguas resonantes frente a Angostura partió la gran peripecia libertaria americana de Bolívar, que sólo se detendría en las cumbres del Alto Perú”.

La “Caracas en 1920” considera que “podría compararse con aquellas ciudades italianas de las novelas de Stendhal que se detuvieron con su tirano sombrío, sus medievales mazmorras y sus bellas y apasionadas mujeres”.

La Caracas en 1945 comienza a calificarla, como “una Caracas plutocrática que reemplazó ya, muy definidamente, hacia 1925, a la Caracas afrancesada y andaluza de los comienzos del siglo. La antigua economía agrario-pastoril era sustituida por la vertiginosa e imperialista economía del petróleo (…) la nueva Caracas, que comenzó a edificarse a partir de 1945, es hija –no sabemos todavía si amorosa o cruel– de las palas mecánicas (…) Nos cubrimos del polvo de las demoliciones; somos caballeros condecorados por el escombro para que comience a levantarse –acaso más feliz– la Caracas del siglo XXI. Y el retrato más peculiar de un caraqueño sería el del hombre que, sentado en su mesa de ingeniero, contempla desde la ventana ‘funcional’ el paisaje de estructuras arquitectónicas inconclusas que tiene de fondo el perfil de un Caterpillar (...) Caracas allí está –añade– pero no como en la paz casi agraria y añorante de la vieja elegía de Pérez Bonalde”.