El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Eduardo Mayobre

Sufragio efectivo, no reelección

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La Revolución Mexicana, con todas sus imperfecciones, demostró que era posible derrotar a las oligarquías y al caudillismo que predominaron en América Latina durante el siglo XIX. Avanzó la causa de las grandes mayorías campesinas, reafirmó el nacionalismo frente al acoso abrumador de su vecino del norte e impulsó la industrialización y modernización de la economía nacional.

Una de sus consignas fundamentales, que se plasmó en todos los documentos oficiales, "sufragio efectivo, no reelección", aludía a la presidencia interminable de don Porfirio Díaz. En la medida en que la Revolución Mexicana se fue consolidando, inspiró a la mayoría de los movimientos progresistas y nacionalistas del sur del Río Bravo y a menudo les prestó apoyo y cobijo.

 Una vez consolidada, su instrumento de acción fue el Partido Revolucionario Institucional, el cual pudo durante muchos años resolver la contradicción que encierra su nombre. A veces fue más revolucionario y a veces más institucional, con lo que logró evitar los ciclos de anarquía y tiranías personalistas o militaristas que han caracterizado a casi todos los otros países de la región.

Otros movimientos progresistas de América Latina, como Acción Democrática, en Venezuela, el APRA, en el Perú, y, en menor medida, los partidos socialistas del Cono Sur, encontraron ejemplo en los logros de la Revolución Mexicana para sus doctrinas y ejecutorias. Incluso Fidel Castro, quien luego renegaría de todo lo que lo antecedió, inició su expedición desde tierras mexicanas.

Con los años y el ejercicio del poder, la Revolución Mexicana fue perdiendo ímpetu. La vieja aristocracia fue impregnándola, las exigencias de la política real la debilitaron y los vicios burocráticos la absorbieron.

Pero su relevancia nacional siguió siendo significativa hasta que la moda neoliberal de finales de siglo la hizo caer en manos tan lamentables como las de Carlos Salinas de Gortari y otros llamados tecnócratas que terminaron de socavarla. Al finalizar el siglo XX parecía que el sentimiento nacionalista y popular que había encarnado el Partido Revolucionario Institucional durante 70 años se había agotado.

En tales circunstancias, el tradicional partido conservador, el PAN, pudo llegar al poder en concordancia con las reglas impuestas por el régimen que Mario Vargas Llosa tildó frívolamente como la dictadura perfecta. El PRI fue derrotado, pero sus objetivos y principios permanecieron como parte del alma mexicana, no obstante que el partido mismo los había puesto cada vez más de costado.

Y cuando, después de 12 años de gobiernos conservadores, y negadores de las aspiraciones del pueblo y la Revolución Mexicana, se reafirma su voluntad de retomar la senda progresista, quienes pronosticaban la desaparición del partido de la revolución se hallan desconcertados, porque una cosa son las desviaciones y claudicaciones que hayan tenido algunos de los líderes que pudieron llegar a controlarlo y otra las finalidades de justicia social que fueron la inspiración del movimiento revolucionario mexicano.

Algo parecido sucede en el resto de América Latina. Los objetivos que se propusieron partidos como el APRA en el Perú, Acción Democrática en Venezuela o el Partido Socialista en Chile aún no han logrado hacerlos realidad, pero son parte del alma popular en cada uno de sus pueblos. Y, por tanto, los militarismos, las demagogias populistas ni sus propios errores pueden hacerlos desaparecer.

Hoy el PRI ha retornado en México bajo el liderazgo de Enrique Peña Nieto. No conozco cuáles son las virtudes o defectos del candidato, hoy Presidente electo. Salvo que es joven. Pero no se trata de una persona sino de una inclinación. Retomar la senda de la justicia social, que no siempre ha sido respetada en los hechos, es una aspiración a la que no se puede renunciar.

Esa ha sido la clave del retorno en México del PRI y será la base de la resurrección de Acción Democrática y otros partidos democráticos en Venezuela, porque los partidos que se identifican con las causas populares no desaparecen, no obstante todos los defectos y carencias que puedan presentar.

Por ello mismo, el lema de la Revolución Mexicana "sufragio efectivo, no reelección" cobra en nuestro país hoy tanta vigencia como la tuvo hace 100 años en los días finales de la dictadura de Porfirio Díaz.

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