• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Subir o bajar los escalones

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Cuando me percaté de que ya no bajaba la escalera de mi casa con la misma agilidad de antes comprendí que me había puesto viejo. En lugar de subir o bajar los tramos dedos en dos o de tres en tres, los subo y los bajo a la manera de Santa Rita, es decir: de uno en uno y con mucha cautela. Los días comenzaron a fugarse; y los años terminaron tallando y dejando surcos en mi rostro. Descubrí con cierta pesadumbre que el tiempo avanza silencioso como el movimiento de la oscuridad borrando la luz; un astuto enemigo que nos aflige permitiéndonos a veces, cuando hay suerte, que nuestra alma no envejezca tan pronto. En todo caso, me consuelo, mentalmente, subiendo y bajando los escalones de cuatro en cuatro.

Mi reciente amigo, Luis Alfonso Márquez, obispo emérito de Mérida, se apoya en un brillante y elocuente conjuro suyo: “¡Hay que desear morir joven lo más tarde posible!”. Sin embargo, en el funeral de quien acaba de desertar, encontramos a los que aún permanecen y no nos atrevemos a reconocer que, si bien nuestros gestos siguen siendo los mismos, el tiempo pareciera haber debilitado nuestros cuerpos. Pero mentimos y damos por sentado que todos subimos y bajamos las escaleras, no al ritmo de la monja agustina, sino como los enérgicos atletas que una vez creímos haber sido. También observo los surcos del tiempo en sus rostros y ellos los ven en mí porque a partir del momento en que nuestros muertos empezaron a llamarnos desde los laberintos de la eternidad todos arrastramos el dolor de un enrarecido y triste desconsuelo.

Entristece constatar que Venezuela ¡también envejece! En los últimos quince años, bajo la vulgar mediocridad del chavismo, el país ha perdido vigor y musculatura al tragarse vampíricamente todas las toxinas capitalistas que navegaban por las arterias de Pdvsa. Además, los militarizados y desatinados programas de gobierno han contribuido a acentuar no solo la escasez de alimentos sino el desorden y deterioro de calles, plazas y avenidas. Es como si el chavismo subiera o bajara con voluntariosa torpeza las escaleras de la santa agustina arruinando nuestra calidad de vida. En todas partes se ven vestigios de instituciones que alguna vez estuvieron activas pero que hoy evidencian los zarpazos bolivarianos que las han convertido en escombros.

Las carreteras, que podrían compararse con nuestro aparato circulatorio, sufren de arteriosclerosis y la industria petrolera: ¡el corazón del país!, necesita con urgencia no solo la presencia de José Benítez, mi cardiólogo, sino de electros y pastillas Concor y Coumadin. Las persecuciones políticas, la criminalización de mis derechos; la censura mediática; la atormentada búsqueda de alimentos, hojillas de afeitar y Alkaseltzer; los desafueros de la justicia; la represión de las manifestaciones, las torturas; el deterioro de la educación y la falta de papel periódico; la crisis carcelaria y la irrupción de una terrorífica crueldad dictatorial que perfora a tiros las cabezas de los estudiantes han convertido la vida venezolana en un irrefrenable desasosiego del cuerpo y del espíritu.

El gobierno sufre de franco deterioro físico y espiritual y se me antoja que necesita un cauterio violento y eficaz.

Tampoco entiendo, y me duele sobremanera, la apatía o indiferencia del dictador y de toda la militancia del PSUV en relación con Corazón de mi Patria convertido en pajarito. ¿Quién le lleva el alpiste? ¿Quién le limpia la jaula? ¿Vive en una de oro obsequiada por Evo Morales como insignificante retribución a los favores recibidos? ¿Cuántas veces al día trina con Nicolás? ¿Voló hacia Sabaneta o prefiere la felicidad del mar que rodea a su patria cubana? 

El bolivariano es un país presuntamente joven, pero envejecido por su desvarío y malhadado desafuero político. Es de desear, en todo caso, que sea la sociedad civil la que decida y determine que sean los jóvenes, más alertas que muchos viejos como yo, los que terminen subiendo con ímpetu las escaleras de la casa o... ¡las de Miraflores!