• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

Sube y baja

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El tejido de la secuela de El sorprendente Hombre Araña es largo y enrevesado, como un hipertexto de última generación.

Los efectos especiales saturan la pantalla y la banda sonora, desde la secuencia inicial, restándoles profundidad a los personajes, quienes adoptan con cinismo el ropaje de la caricatura. 

La dimensión de historieta gráfica envuelve a la red del guión, hasta limitarlo. Tan solo se profundiza en el origen del trauma de Peter Parker, cuyo padre muere a manos de una conspiración empresarial.

El elemento corporativo funge, de nuevo, de chivo expiatorio para explicar las causas del conflicto argumental. Toda una curiosa doble moral, si consideramos la influencia de la casa productora de la cinta (el complejo Sony-Disney).

Aquí surge el costado simplista de costumbre en el cine de superhéroes. Verbigracia, los villanos son los amos y señores de la industria eléctrica.

Ellos hacen experimentos con humanos y sus víctimas devienen en los generadores de la crisis del relato. Así nacen las tres amenazas monstruosas de la película: Rhino (un mafioso ruso convertido en mutante de acero), Electro (un solitario empleado de raza afroamericana en busca de atención) y el Duende Verde (la oveja negra o el perturbado heredero de una familia acaudalada). Ayuda el hecho de verlos interpretados por un conjunto de magníficos actores (Paul Giamatti, Jamie Foxx y Dane DeHaan).

Sin embargo, los dos primeros lucen reducidos por el peso de sus respectivos estereotipos de terroristas acomplejados y vociferantes.

En cambio, el tercero tiene la oportunidad de desarrollar mejor su papel de ángel caído, como antítesis del Hombre Araña, símbolo de la esperanza blanca reencarnada por Andrew Garfield. Utilizando un clásico juego de espejos invertidos, las conductas desviadas de los malos refuerzan la entidad ética del chico bueno y humilde, enamorado de la rubia de ojos claros.

Contemplando la pieza en pantalla grande, uno se pregunta si el director no siente demasiada nostalgia por la mitología romántica del vano ayer, de una época superada, de los años de la posguerra. Éticamente preferimos el tono ambiguo de la serie Batman, salvo por su fallida conclusión.

Por algo, El caballero de la noche asciende comparte muchos puntos  discutibles con El sorprendente Hombre Araña 2.

Por ejemplo, las dos insisten en replicar la foto fija de la destrucción de Nueva York, a cámara lenta, al compás de música estridente y echando mano de una batería de recursos informáticos, dejando a un lado la complejidad aristotélica.

Al final, el estímulo de las neuronas pierde la batalla frente al mecánico impulso de los sentimientos primarios, a través de las técnicas del juego de video.

Empero, al director Marc Webb debemos reconocerle talento para hilvanar las piezas del tablero, con eficiencia y sentido del humor.

El realizador se guarda varios ases bajo la manga, hacia el desenlace.

Cierra con una nota trágica, melancólica y poética, a la manera de su (500) Días con ella.  Le tira indirectas al poder militar y tecnocrático, dentro de sus constreñidas posibilidades de maniobra. No en balde, hablamos de un blockbuster de Hollywood. Difícil pedirle peras al olmo.

Sea como sea, El sorprendente Hombre Araña 2 es fiel exponente de un género, con sus virtudes y defectos.

Recomendada para los fanáticos de la saga, a pesar de la duración y de los excesos dramatúrgicos.

A veces peca de novelera.