• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

Soñar la historia

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“¿Qué es la vida? Un frenesí./ ¿Qué es la vida? Una ilusión,/ una sombra, una ficción,/ y el mayor bien es pequeño:/ que toda la vida es sueño,/ y los sueños, sueños son”. Estos versos del soliloquio de Segismundo en La vida es sueño (Pedro Calderón de la Barca, 1635) vienen a cuento porque hay quienes sospechan que no somos más que el sueño de alguien o de un dios; Borges, por ejemplo, vierte en Las ruinas circulares, las cavilaciones de un innominado y taciturno personaje que quería soñar un hombre “con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad” y que, al final, “con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”; por su parte, el hinduismo afirma que “no somos más que el sueño de Brahma”.

Si admitimos, pues, que podríamos ser simple sustancia onírica, deberíamos aceptar que la República vive  una escalofriante pesadilla en la cual, al estilo  de un caleidoscopio, se suceden y fusionan los desvaríos de quienes nos sueñan como una sociedad uniforme, en alto contraste, sin grises ni matices,  dividida entre una minoría que manda y una mayoría sometida. Es el sueño del bebé que duerme plácidamente y a pierna suelta todo la noche sin que para nada lo perturben los muertos, heridos, torturados y detenidos que deberían pesar sobre su conciencia y, por lo visto, le resbalan, lo cual resulta extraño en quien presume de contactos extrasensoriales con el ánima inmortal del cardiogaláctico eterno, especialmente cuando esta asume volátiles y canoras apariencias.

La idea de que podríamos estar moldeados por las figuraciones de un  atribulado durmiente me asaltó de repente en un foro que sobre Tolerancia y Cultura Ciudadana se realizó la pasada semana en la librería Tecni Books de Pampatar con la participación de Tulio Hernández, Teodoro Bellorín y Fernando Scorza; Tulio, vehemente, apasionado y con sólida argumentación, hizo referencia a las atrocidades cometidas por los pistoleros rojos durante estas ya gloriosas jornadas de resistencia cívica a la cúpula militar que tiraniza, al modo cubano, a nuestra maltrecha nación; puso bajo sospecha el término tolerancia y sostuvo –creencia que comparto–  que la hagiografía chavista había logrado falsificar con eficiencia preocupante la historia del país para ajustarla caprichosamente a sus designios; también lamentó que no se hubiese compuesto una epopeya de los 40 años de democracia anteriores al gorilato rojo, su génesis, sus héroes y villanos, su esplendor y, por qué no, sus miserias. Un sueño, sí, pero que puede y debe concretarse como base de un proyecto alternativo de país cuyos contenidos convoquen y convenzan a quienes, por desgracia, han sido vilmente convertidos en clientes del asistencialismo bolivariano; un contingente considerable de hombres y mujeres que tiene derecho de realizarse como humanidad en una sociedad de bienestar construida a base de su propio trabajo creador y productivo.

La vida no es sueño, pero a base de sueños se puede edificar futuro (recordemos a Martin Luther King  y su I have a dream), y la historia no es una novela; sin embargo, el “pasado –según Jean Paul Sartre– puede modificarse y los historiadores no paran de demostrarlo” y lo corrobora el que, con la vergonzosa intervención de intelectuales que alguna vez destacaron por lúcidas posturas críticas, aquí se haya escrito un relato oficial maniqueo con base en una leyenda negra que anatemiza el aporte civil a la formación de la venezolanidad y, en contraposición, una leyenda dorada que encarece al soldado con desmedidas hipérboles y apologéticos encomios. Encaramados sobre tal esperpento narrativo, los chavistas encarnecen a María Corina Machado y ultrajan con inicua prisión a valientes ciudadanos –Enzo Scarano, Daniel Ceballos, Leopoldo López, Iván Simonovis y un muy largo etcétera– para reafirmar su fidelidad al orden castrense.

Alguna vez denunciamos que este régimen no solo había expropiado espacios sino que también se las había arreglado para confiscar el tiempo; y, como si ello no bastara, ambiciona incautar el pasado y despojarnos de todo rastro de antecedentes que puedan servir de cimientos a la protesta ciudadana, sobre todo ahora que, con los salarios más miserables del continente, un paro de transporte en puertas, una tasa inflacionaria de 70% y una devaluación sin precedentes, entramos en  abril, un mes que el gobierno atiborra de empalagosos ribetes épicos para festejar cobardes emboscadas como la de Puente Llaguno; y que, para la oposición, evoca sueños rotos a balazos y un chapucero carmonazo. Los tiempos han cambiado y los protagonistas también. Está en manos de esa juventud que levanta vuelo para poner freno a la prepotencia roja transfigurar la historia en poesía, que, de acuerdo con Aristóteles, aquella cuenta lo que sucedió y esta lo que soñamos.

 rfuentes@gmail.com