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Carlos Paolillo

Sombras y fulgores

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Uno de los resultados estéticos más sorprendentes de la violencia posicionada del cuerpo es el butoh del Japón, gesto hermético y doloroso consecuencia de profundas introspecciones en las emociones humanas. Hace 55 años una expresión aterradora se asomó a la escena oriental, que se debatía entre sus ancestros y los modelos de representación establecidos en Occidente.

La frágil pero portentosa anatomía de un atípico bailarín-actor asombraba e incomodaba a un tiempo. Tatsumi Hijikata investigaba lo que llamó la danza de la oscuridad. Kinjiki, tenida como su primera creación, reveló un nuevo camino, minoritario y al mismo tiempo contundente.

La voz acallada de Hijikata se convirtió en corporalidad resonante sobre las visiones de sus particulares realidades, tenidas como sombrías por la mayoría, aunque, por el contrario, vistas como luminosas por quienes supieron penetrar en su mundo interno, genuino y asolado.

Su postura inconforme frente al arte escénico japonés de su tiempo lo llevó hacia indagaciones del cuerpo expresivo en dimensiones distantes de los conceptos y las formas predominantes  tanto en la tradición oriental como en la danza occidental. El origen del butoh, ubicado a finales de los años cincuenta del siglo XX, como singular recreación de los sucesos devastadores de la Segunda Guerra Mundial, coloca al controvertido creador japonés como el configurador primigenio de los pensamientos y concreciones de esta corriente del arte del movimiento.

Kinjiki (El color prohibido, 1959), rito inicial de Hijikata, determinaría la senda introspectiva y dolorosa con la que los hacedores del butoh reinterpretarían la destrucción colectiva a través de miradas de hondo individualismo, con las cuales encarar su existencia presente y futura. En la novela homónima de Yukio Mishima el bailarín halló el punto de partida necesario de su primera acción teatral, una exploración en ámbitos de poder, homosexualidad y misoginia abordados desde la poética de la sordidez.

El complejo mundo de relaciones entre el trío establecido por los personajes masculinos Shunsuké y Yuichi y el femenino Yasuko, perfilados por Mishima en su texto y dotados por Hijikata de hilvanada dramaturgia y corporeidad ritual, logró tocar los límites entre lo perverso y lo sublime, conociendo el entusiasmo y también el rechazo.

Como literatura, Kinjiki no satisfizo a todos, asegurándose de que no se trata del mejor Mishima, aunque siempre se haya exaltado su validez y pertinencia. Como ceremonial escénico butoh, presentó un lenguaje estético novedoso hecho de sentimientos adoloridos y de inéditas formas corporales que re-significó un sentido de identidad ancestral desde una óptica vanguardista.

En documentos fotográficos y fílmicos sobre las primeras expresiones butoh se aprecia la visión primaria de Hijikata del rostro desencajado y el cuerpo flagelado. Junto con Kazuo Ohno perfiló los rasgos esenciales de la danza contemporánea japonesa que adquirió visos de universalidad. Con sombras y fulgores, Kinjiki constituye un acto de plenitud romántica en su acepción más extrema y definitiva.