• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Diego Arroyo Gil

Solo los nobles abdican

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El reloj marcaba las 4:30 de la mañana en Caracas cuando comenzaron a sonar las alarmas del teléfono. Eran las aplicaciones de prensa que anunciaban la noticia. Abrí un ojo (el otro permanecía aplastado contra la almohada), cogí el mágico aparatico y leí, en varios idiomas: “El rey abdica”. Al primer momento no entendí. ¿Cuál rey?, pregunté. ¿Carlos IV? Ah, no, si es verdad que no estamos en 1808, aunque parezca. El rey, claro, el rey Juan Carlos... ¡¿QUÉ?! ¡¿Abdicó?! ¡Ay, Felipe!

Asombrado, reincorporándome de súbito a la realidad, abrí el segundo ojo y fui a los periódicos digitales para enterarme de los detalles del evento. No todos los días un rey abdica, y además don Juan Carlos le cae a uno bastante bien: caza elefantes, okey, pero mandó a callar al-que-te-conté y hay días en que nos sobrevienen el recuerdo y la cosquilla de aquel orgasmo televisivo.

Los artículos, los reportajes, las entrevistas no tardaron en multiplicarse. Decenas, cientos de análisis: sobre el monarca, sobre doña Sofía, sobre la princesa de Asturias, sobre los Urdangarin (qué papelón), sobre la infanta Elena. Dada la rapidez con que aparecían las notas, era evidente que, o la prensa se había enterado con anterioridad de la abdicación, o bien, en previsión de que pudiera ocurrir, hace tiempo resolvió tener listo el grueso del material informativo para ahorrarse carreras a última hora.

Sea como fuere, lo cierto es que había para darse banquete leyendo. ¡Qué grato es que suceda una noticia interesante! Estamos tan aburridos, tan hartos de la “circunstancia nacional” y de su cruento testimonio, que de pronto la ocurrencia de un acto histórico nos espolea un poco, permite que nos sintamos privilegiados de presenciarlo y con el poder de contarlo luego. Aunque España queda lejos (y no hay pasajes) y la abdicación del rey no va a modificar en nada la situación venezolana, el solo gesto de la dimisión ya nos causa admiración y envidia. Al menos a mí.

Admiración porque, siendo don Juan Carlos el hombre de Estado que es, habiendo sido protagonista de una de las operaciones políticas (la llamada “Transición”) más impresionantes de la historia del siglo XX, siendo todavía –a pesar de sus errores y de los de su familia– un rey cuya filiación democrática nadie puede poner en duda, impresiona que aún haya podido tomar una decisión que ha actualizado y fortalecido su calidad moral. Cuando parecía que el rey Juan Carlos ya había hecho todo lo que le exigía el destino, con el acto de abdicar la corona en el príncipe Felipe ha logrado que España vuelva a comparecer ante sí misma y que así renueve, o intente renovar, junto con la institución monárquica, la vida política de la nación.

“Don Juan Carlos habrá sido hasta el final un jefe del Estado preocupado por las instituciones –escribió Soledad Gallego-Díaz en El País–. Su decisión de abdicar responde plenamente a esa conciencia, a la convicción de que las instituciones se salvan cuando son sus protagonistas quienes asumen los errores. Cuando no se consiente que los ciudadanos tengan la terrible impresión de que nada tiene consecuencias políticas. Han pasado cosas. Y en el caso de la monarquía, tienen consecuencias. Es una gran noticia y una novedad en un país donde otras instituciones, desde los partidos políticos hasta el propio gobierno, actúan como si no existiera relación entre una cosa y otra”.

Esto en cuanto a la admiración por el rey. En lo que respecta a la envidia a propósito de España, bueno… ¿hace falta que lo aclare? Fíjese, ya es plenamente de día, ya leí los diarios nacionales, ya escuché el noticiero radial correspondiente. Ya estoy, quiero decir, bien despierto y en la oficina. No me pida mucho. Apenas permítame que ponga fin a estas líneas expresando la amarga certeza de que solo los nobles abdican: los hombres a quienes privilegia, no la limpieza de la sangre, sino la posesión de entereza y de dignidad. Ah, venezolano, es duro darse cuenta de que la magnanimidad de la renuncia no caracteriza a los bastardos. ¿Me explico?