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Luis Pedro España

Sólo falta un mes

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Creo que las encuestas, esas que se dan a conocer por los medios de comunicación, de aquí al próximo 7 de octubre no van a decir nada distinto de lo que ya han dicho.

 

Unas, las que dan ventaja al Gobierno y que no necesariamente son un apéndice de su comando o, peor aún, parte de la estrategia de propaganda, seguirán afirmando que el Gobierno va ganando por un margen inferior al número de encuestados que se declaran como indecisos. Si me permiten una apuesta (o tubazo de quien no es periodista), una empresa como Datanálisis terminará concediendo una ventaja de sólo siete puntos al Gobierno semanas antes de la elección, pero con 14% de indecisos, es decir, puede que llueva como puede que no, o puede que quién sepa.

 

Con esas cifras van a ocurrir dos cosas. El Gobierno llegará al día de las elecciones convencido de su triunfo, no holgado como recientemente y públicamente reconoce. Por su parte, la oposición irá al día de los comicios con la certeza de tener en la mano una auténtica opción de triunfo.

 

Dos variables parecen fundamentales para definir cómo se inclinará la balanza electoral. Primero, cuál será la opción que será perjudicada por la abstención. En otras palabras, cuál será la preferencia política que tenderá a abstenerse.

 

El papel de la abstención ha sido determinante en otros procesos. Cuando el Gobierno perdió la reforma constitucional, en 2007, fue más que evidente que cerca de 2 millones de votantes, que el año anterior habían acompañado la elección del Presidente, se quedaron en sus casas rechazando de modo silente lo que allí se estaba proponiendo. De igual forma, y en muchas más ocasiones, la abstención ha desfavorecido a la oposición, dado el tonto lineamiento de una parte de ella de llamar a la abstención como supuesto medio para no legitimar al régimen.

 

El segundo elemento, que representa la gran interrogante de esta elección, será el comportamiento electoral de aquellos que no le responden a las encuestas cuál es su preferencia.

 

Vamos a estar claros, los llamados indecisos son esencial y mayoritariamente aquellos que en el pasado votaron por el Gobierno sin ser parte de su electorado duro, y que hoy, gracias a las acciones unitarias, inteligentes y sensatas de la oposición, y de una excelente campaña electoral, trasvasa votos a favor del cambio.

 

Las encuestas también están diciendo que en esta elección probablemente se batan todos los récords de asistencia a votar. Puede que se llegue a casi 80% de participación, lo cual sería un triunfo democrático sorprendente y que, a su vez, daría cuenta de lo apretada que está la competencia y el incentivo que ello supone para ir a votar.

 

Vistas las cosas hasta aquí, y en el entendido de que, efectivamente, los números de las encuestas no van a cambiar significativamente en lo que resta de días, hay que decir que objetivamente no va a ser posible saber con antelación quién será el ganador.

 

 

Pero ello no necesariamente va a suponer que estaremos en presencia de un final de fotografía la madrugada del 8 de octubre. Existe la posibilidad de que entre los indecisos se escondan, cortesía del miedo y la desconfianza, mucha más voluntad opositora de la que nos imaginamos, así como entre los que dicen que van a votar por el Gobierno se encuentre un comportamiento abstencionista de rechazo que echaría por tierra el récord de participación anunciada.