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Juan Manuel Mayorca

Solitud en el Salón de los Pasos Perdidos

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De Daniel Berrigan, un filósofo estadounidense, es la idea de que “nos estamos haciendo solemnes. Son los tiempos. Algunos dejan escapar su primera sonrisa al ser tocados por los dedos del amortajador”.  Hace más de 20 años la leí y debería volver a hacerlo porque no solamente sigue vigente sino creciente. La gente quiere ser seria y dejar para otros –quizás entre los que me encuentro- la calificación de “migaja”: lo que cae del pan o la arepa, los viejos, nunca mirados por restantes comensales de la vida. Pues bien: llevo con honor ser migaja cuando capto el horror en la seriedad, deslealtad y capacidad de olvido gozada por muchos, por no escribir mayoría. Así tuve mi sueño triste: siempre hay tristeza cuando uno  está solo o comparándose. Era en Madrid, pasando los leones  que tomaban el sol a las puertas del Congreso haciendo guardia al pasillo que lleva hasta el Salón de los Pasos  Perdidos.

Estaba repleto de gente seria. Algunos lloraban. Al caer en cuenta de que a pocos metros estaba un ataúd, mal pensé que en tales momentos las lágrimas casi siempre son falsas, de maquillaje o de segunda finalista y peor cuando se las acompaña de frases luctuosas, manidas aunque eso sí, muy seriamente dichas y acompañadas posiblemente de Iscariote. En el cajón disfrazado con banderas, flores, coronas más un largo etc… reposaba una esponja llamada Adolfo, y a veces, duque de Suárez. No pude hacer otra cosa que revisar una vida que conocía, no como biógrafo sino como otra esponja por lo que las comparaciones tenían que saltar. El parte médico de su muerte no me interesó porque había fallecido diez años antes cuando el viejo Alzheimer le visitó en plena campaña electoral o al ignorar el nombre de una hija, que yo también olvidé. ¡Cosas de esponja!

Transitó una escalera que muchos quieren subir sin percatarse de que cuando Suárez tuvo los primeros chispazos de su desmoronamiento, tragó aire en el descanso acelerando el paso, se marchó cual hoja otoñal caída en un trigal espigado en rojo y amarillo. Sí, con los colores de España, mal calificada por  el filósofo José Ortega y Gasset como “invertebrada”. Estoy por conocer los huesos que unifican o vertebran a un catalán con un andaluz y a los dos con madrileños, vascos e isleños. Adolfo Suárez – el mago de la transición e ideólogo de la Constitución- desde Franco hasta el momento, con golpistas cobardes pero bien armados, sí podría suavizar mi ignorancia, aunque me deje mal sabor y peor olor mencionarlos.

Hay quien se cree verde pero está maduro, casi en putrefacción. Otros o los mismos juran que política y poder son sinónimos, empleados a dos manos: derecha e izquierda, aunque las dos siniestras. Existen homínidos por las calles, salones y palacios que se desplazan reptando para lamer las suelas de sus gobernantes. Invito a ver la fotografía de Tejero armado, conminando a Suárez a tirarse al piso. Pero el militar escuchó  (yo no estaba allí) algo así como  “un presidente no se arrastra”. El señor duque sabía que aun siendo libre el miedo, la valentía reside en dominarlo. 

Venir de abajo no es igual a llegar para quedarse sino entender que estás de paso como migaja en solitud o acompañado de tu intimidad…

Vamos señoría, en pie y civilmente firme hasta la catedral de Avila: desde hace diez años te espera Amparo, tu mujer. Comienza a llover. Ven, sin cabreos ni gilipolleses, como dicen ustedes. Entremos al cielo de la hispanidad. Es tuyo…