• Caracas (Venezuela)

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Carlos Delgado Flores

Solidaridad

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El otro día conversaba con un dirigente estudiantil sobre el liberalismo político y sus alcances, notando cómo la tendencia natural del ser humano hacia el egoísmo -que a fin de cuentas vendría a ser a un tiempo, tanto el móvil como la limitación misma de la doctrina- no ofrecía soluciones inherentes. Quedó entonces en el aire un par de preguntas que, por cierto, tienen que ver con la reflexión del artículo anterior: ¿Cómo se articulan, en la contemporaneidad, la libertad y la igualdad? ¿Cómo puede construirse una solidaridad de corte liberal?

Porque el liberal da por sentado que es necesario que haya libertad para que el individuo pueda elegir cómo y con quién ser solidario, y entiende la libertad como un ámbito de acción limitado por el ámbito de acción de los otros, sus iguales, es que Isaiah Berlin plantea la distinción entre libertad negativa (ausencia de limitaciones) y libertad positiva (capacidad de acción): para que quede claro que cuando se dice “igualdad de oportunidades ante la ley” hablamos de un marco de restricciones en vez de un espacio para el fomento de capacidades, porque estas últimas obedecen más al cultivo que cada quien hace de ellas, que a la dinámica de la pertenencia a una comunidad que pueda modularlas.

Allí arrancan los problemas para construir una solidaridad que sea coherente con el credo liberal. La sustitución del egoísmo por el altruismo supone asumir como buenas unas prácticas que preserven la comunidad como ámbitos que regulen las capacidades de acción de los individuos. Una perspectiva desde la espiritualidad cristiana la propone el Evangelio según San Mateo, (25:35-40)  cuya observancia la recomienda muy especialmente el Papa Francisco; aunque hay una versión más o menos irónica de esto, que es la que plantea Fernando Savater  en Ética como amor propio bajo la idea del egoísmo ilustrado: el bienestar del otro es mi estrategia de supervivencia; y hay, incluso, una versión pragmatista, la rortyana, que describe a la solidaridad como sentimiento de pertenencia a un bando, cuya finalidad se inscribe en el deseo de abolir la crueldad humana. En principio, dado que cualquiera de las tres concepciones le calza al liberalismo, habríamos de suponer que hay otras que también pueden hacerlo, enfocadas en el interés común o en la capacidad del estado de instrumentar la restricción de forma legítima, o acaso  en la capacidad que tienen las personas de ponerse de acuerdo en torno a proyectos comunes que la beneficien.

Porque se trata de ejercitar la comunicación pública asociada al ethos cultural antes que al sistema o a la estructura, es que decimos que en la deliberación pública y en la construcción de consensos hay prácticas que permiten construir solidaridad al tiempo que empoderan las capacidades y acuerdan las restricciones, y estas son las prácticas que constituyen la democracia deliberativa cuya muestra más cercana, en tiempo y en alcance, la hemos podido ver en el tumulto que convoca a la protesta, en las conversaciones de la gente que desde el entorno digital acuerdan acciones en las calles las cuales  llevaron a un incremento de 400% de las protestas en febrero en relación con enero de este año según datos del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social.

Estas conversaciones han contribuido, en buena medida, con la construcción de los consensos sociales a los cuales parece apuntar la encuesta de Datos ir publicada a finales de la semana pasada, con porcentajes de agregación que van de 60 a 80%; que el conflicto político es responsabilidad del gobierno y éste debe darle, de inmediato, solución política acordada con las partes en el marco de la Constitución; que las protestas son legítimas siempre que sean pacíficas y que la represión ha sido desproporcionada. Y no es ocioso preguntarse si acaso el incremento reciente y veloz de la represión por parte del gobierno obedece a la posibilidad de que tirios y troyanos se despolaricen en función de un interés común, que puede convertirse en proyecto y producir, esta vez de la mano de los estudiantes y su vocación para el futuro, el cambio que tenemos en agenda desde el 27 de febrero de 1989: el cambio de democracia.