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Sofía, la intransigente

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Eran otros tiempos y Venezuela muy otra. Subían por las empinadas callejuelas de Catia españoles, portugueses, italianos, sirios, palestinos recién llegados, aventados por guerras fratricidas, persecuciones religiosas, odios cainitas. Llevando sobre sus hombros cortes de telas de poca monta, bolsas de sarga con interiores, manteles, baratijas.  Solíamos escuchar el silbato del amolador que tremolaba sus arpegios trayendo sobre la grupa de su destartalada bicicleta el esmeril afilador o al turco que portaba en bandolera su cajón de zapatero remendón.

Caracas era la tierra de promisión, la puerta que daba a regiones equinocciales, brumosas, selváticas, salvajes, desconocidas. Adónde se pusiera la vista refulgía un oasis. Quien osaba atravesar ese portón hacia un futuro desconocido temblaba de deseos por dar con ese Dorado pronto a ser conquistado por el esfuerzo laborioso, el arduo sacrificio, el ahorro metódico y estricto. ¿Cuántas riquezas se forjaron en esa lucha tenaz del extranjero que dejaba a sus espaldas siglos de sumisión y pobreza corriendo desaforado al encuentro de un futuro pletórico de promesas?

No saben las nuevas generaciones con qué sublime ardor, con qué mítico entusiasmo esas gentes que bajaban de barcos de carga pobres de misericordia, con mantas, colchones y cacerolas rescatadas de entre las ruinas de sus bélicas odiosidades se lanzaron a la conquista y colonización de nuestras barbaries. Apenas balbuceaban nuestra lengua y ya estaban comprometiéndose a vida y muerte por llegar a ser alguien. Así se forjó la Patria: con sangre, con sudor, con lágrimas de otras raíces.

Sin ellos no hubiéramos llegado a tener grandes industrias, excelentes imprentas, primorosas orquestas sinfónicas y el mejor museo de arte contemporáneo de América Latina y uno de los mejores del mundo. Ese museo, al que en un rapto de barbarie y siniestra mezquindad el caudillismo decidió arrancarle su sello de identidad, comenzó siendo un depósito de poco más de 40 metros cuadrados para llegar a ser la grandeza pictórica, escultórica, arquitectónica que llegaría a ser.

Y todo ello fue obra de una mujer llegada de la Rusia de los 10 días que conmovieron al mundo. Una mujer de una tenacidad, una audacia y un empeño propios de esa maravillosa raza que representa a cabalidad, la de los hijos de Israel. Periodista incansable, curiosa, imaginativa. Mujer desenfadada, atrevida, irreverente decidida a jugarse la vida por su verdad rompiendo todos los esquemas y luchando contra todos los prejuicios, al extremo de haber sido bautizada en los propios medios que frecuentara y en los que dejara prueba de su gigantesco talento, como Sofía la Intransigente.

Eran hombres y mujeres de otro talante. Plantados en la proa de América, sobre los hombros de una cordillera planetaria. Una tribu libertaria, como bien hubiera podido llamarla Saramago. A ellos, Venezuela le debe gran parte de su modernidad, su civilización, su arte y su cultura. Y este miércoles, mientras asistía al homenaje que la comunidad judía de Venezuela le brindaba a Sofía Imber en su cumpleaños 89, recibí de pronto como un ramalazo de orgullo, de patriotismo y de esperanza de los rostros enjutos y agrietados de esos desaforados que llegaron de España, de Italia, de Alemania, de Holanda, de Austria, del Medio Oriente, de Marruecos y Tanger y de tantos confines del mundo a enriquecer la sabia caribeña que Dios nos dio.

A ella y a ellos, mi modesto homenaje. Al inmigrante. A Sofía, la Intransigente. Valerosa, tenaz, vehemente, empeñosa. Mujer de grandes empresas. Símbolo del inmigrante que está en los genes de tantos y tantos jóvenes venezolanos. Volverles la espalda es quizá el más estúpido y mezquino de los errores que pretende cometer la mal llamada Venezuela profunda. De esa sabia añosa y decantada brotará la simiente. Y uno de sus hijos, venezolano ya por sus cuatro costados, dirigirá nuestros destinos.

Escríbalo.