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Alexis Alzuru

¿Socialismo o populismo chatarra?

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El proyecto de Nicolás Maduro nada tiene que ver con el modelo socialista. Sus decisiones no persiguen apuntalar el desarrollo desde presupuestos distintos a los capitalistas, sino destruir al país. Además, las riquezas y abundancia que su entorno ostentan son tan vulgares como cualquier escena pornográfica. En ese aspecto, la élite gobernante reedita la película de Sadam Husein: ellos también realizan sus baños en duchas con grifos de oro mientras el pueblo se muere de hambre, inseguridad y represión. Por supuesto, la humanidad recuerda que el dictador iraquí terminó como un bandolero escondido en el fondo de un hoyo con unos dólares en el bolsillo. Los ciudadanos le retiraron el mandato no sin antes pagar durante casi 30 años altísimos costos humanos por la cobardía de quienes lo mantuvieron en la jefatura del Estado. Ejemplos similares sobran en la historia reciente. Sobre algunas de esas experiencias podrían reflexionar los dirigentes de la izquierda nacional. Pues el socialismo no es una corriente que autorice los desafueros que realizan el presidente venezolano y sus amigos.

Venezuela ofrece una realidad tan desoladora que el uso del rótulo “socialista” por parte de Nicolás Maduro se transformó en un problema para sus aliados internacionales. Dilma Rousseff o Rafael Correa evitan que los ciudadanos de esos países asocien sus gobiernos con el venezolano. Incluso, Evo Morales prefiere hablar desde Bolivia antes que venir. Estos presidentes son lo bastante astutos como para entender que si desean reelegirse deberán dejar claro que socialismo no es destrucción; tampoco corrupción, arbitrariedad o depravación. Aun cuando cada uno ya ha demostrado que el socialismo es un programa bien distinto al populismo chatarra que practica Nicolás Maduro.

Cuando se comparan los resultados socioeconómicos que Venezuela obtuvo en 2013 con los logros de los países socialistas de América, se comprueba que Nicolás Maduro persigue cualquier objetivo menos reorganizar la sociedad en función de valores socialistas. Por ejemplo, mientras el año pasado en Bolivia la tasa de homicidios fue 11 por 100.000 habitantes, en Venezuela fue de 74. En Ecuador ocurrieron solo 1.000 homicidios ese mismo año, mientras que la revolución de Nicolás Maduro dejó más de 24.000. Las comparaciones entre las gestiones de Bolivia y Ecuador con Venezuela son más dramáticas si se contrastan los indicadores económicos. En general el cotejo demuestra que esos gobiernos persiguen el bienestar y la libertad de sus ciudadanos, no enriquecer a los amigos de Evo Morales o Rafael Correa. Incluso, Nicaragua ofreció mejores cifras que Venezuela en 2013. En este caso, la contraposición estremece a cualquier venezolano por las diferencias que existen entre estas naciones en número de habitantes y riquezas naturales.

La disputa con el gobierno no es para sustituir una visión socialista por otra capitalista. Solo se trata de derrotar a una minoría corrupta que se hizo llamar socialista para beneficiarse del poder. Esa verdad no la deben perder de vista los dirigentes del Polo Patriótico. Ellos deberían saber que su militancia tiene la disposición de desligarse de esa misa negra en la que se convirtió el gobierno. Salir del presidente es profilaxis política, no traición doctrinaria.

Para separarse de Nicolás Maduro los partidos del Polo Patriótico tienen en la reforma del CNE una ocasión excelente. Una oportunidad de oro, si se quiere. Les conviene aprovecharla porque la militancia socialista pronto se sumará a la población que solicita cambiar este proyecto corrompido por otro honesto; esta administración mediocre por una productiva. En resumidas cuentas, se unirán a los millones que respaldan la transformación de este sistema gansteril en una democracia. Por cierto, las encuestas son concluyentes cuando señalan que la militancia de la izquierda interpela a sus directivos: les exigen que actúen con el atrevimiento que las circunstancias imponen. Esa multitud desea preservar la reputación de la corriente que inspira sus creencias y, por eso, reconoce que el peor enemigo del credo socialista es la complicidad con el gobierno, no quienes protestan por tener una vida digna de vivirse.

 

*Profesor UCV