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Francisco Javier Pérez

Situar de nuevo a Pocaterra

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Aunque medien 26 años entre la aventura libertaria del Falke y su muerte, el escritor está acabado y pocas veces más su pluma hará ejercicio acerado o, en todo caso, no lo hará con la potencia anterior. El escritor que pisa el Falke (ese intento fallido por derrocar al bagre Gómez) ha publicado las cuatro novelas que llegará a escribir (Política feminista o el doctor Bebé, 1913; Vidas oscuras, 1916; Tierra del sol amada, 1918; y La casa de los Ábila, escrita en La Rotunda y publicada en 1946), la colección de sus narraciones cortas (Cuentos grotescos, 1922), su obra de combatiente (Memorias de un venezolano de la decadencia, escritas en La Rotunda y publicadas en 1936), la incursión versificadora (textos escritos entre 1915 y 1921 que formarían el libro póstumo Después de mí, aparecido en 1965) y la numerosa generación periodística (recogida en libro, en 1975, con el sugestivo título de Cartas hiperbóreas). Quedarán dispersas otras producciones que solamente se conocerán con el correr del tiempo y en la medida en que la figura del escritor se instale como saldo de nuestra mejor inteligencia, nuestra mejor literatura y nuestro mejor actuar venezolano, que para él ha sido siempre un doloroso e implacable oponerse a todo lo que suponga pérdida de la libertad y secuestro anímico del país.

Prisionero de la libertad, estampa todo su tránsito de vida y obra con el sello de una lucha feroz por encontrarla o por no perderla. Fustiga sin clemencia a los aniquiladores de la libertad y sufre por ello cárcel aniquiladora e inclemente. Sus diversos presidios le proveerán de fuerzas espirituales para el combate. Escribe desde la cárcel y encadenado en contra de sus contemporáneos (sean funcionarios, esbirros o escritores), en contra de todos y en contra de todo. El exilio y el destierro en que convierte gran parte de su vida alimentarán la teoría de los cautiverios. Será un preso dentro del país y un preso fuera de él. Abomina del tiempo y del espacio que le tocan por destino. Inconforme con razones, nada llega a gustarle del todo y quiere que todo venga a aportarle satisfacciones. Su nobleza fue ocuparse de las bajezas humanas. Flaubertiano, detesta a los flaubertianos. Moderno, descree de los modernos. Patriota, no se aviene bien con los que dicen serlo y no lo demuestran. Buscando la paz vive para la intranquilidad. Llamado para la gloria solo alcanza a conocer la ruina. Fracasado para la acción se solaza en la creación de “tempestades de tintero” (como rotula a su lucha Manuel Caballero). Frente a la guerra imposible, construirá la batalla mental. Las armas al agua serán el símbolo de su triunfo; el episodio más feliz en su biografía de escritor, pues queda convencido de que el país solo lo quiere portando pluma en ristre y escribiendo sobre la decadencia de los hombres y sobre sus vidas grotescas.

Con inclemente acritud va a proponer una forma nueva de hacer literatura. Las escalas de estos intereses creadores pasarán por un ataque sin cuartel a cualquier manera de postular la literatura esteticista, formalista, parnasiana o modernista. No solo le torcerá el cuello a los cisnes de cualquier plumaje, sino que decapitará sultanes de toda estirpe, mancillará odaliscas con o sin áureos ropajes y profanará templos de varia religión, queriendo solamente una literatura sin cuentos de camino o de color y sin castillos de musulmana almenadura. Buscará la verdad en literatura y este axioma será su insignia, como deja dicho en el prólogo a su primera novela, la epopeya burlesca sobre el doctor baby: “Mis personajes piensan en venezolano, hablan en venezolano, obran en venezolano”. Piensan, hablan y obran de manera verdadera; ni romántica, ni realista, ni costumbrista, ni modernista, ni criollista (posiblemente, con inteligente eclecticismo, ha juntado rasgos de todas estas tendencias). Sin influencias a la vista, Pocaterra solo se parece a Pocaterra. El antes de él, no le interesaba. Este rasgo es tan extremo que ha pedido que se le considere “fuera de la literatura”; una ajenidad de la profesión (eso que los sin oficio verdadero llaman “oficio”) que lo hace de golpe un raro de su tiempo y un iluminado escritor del presente. Mérito poderoso.

Su lenguaje se complace en una estética que no acepta trucos verbales de ningún tipo y que va a hacer del texto un domicilio (refugio) para el decir directo y fuerte, y para el pensar destructivo y feroz. No conoce la ternura o el perdón (Mariano Picón-Salas, cuando escribe su personal reseña necrológica, a ocho meses de fallecido el escritor y al aparecer la edición definitiva de sus cuentos, ha visto en él una inconstancia entre ternura e ironía). La novela y el cuento (tanto más, el ensayo) son vehículos ajenos a los “literaturismos” (como él mismo los califica) y a las “literaturerías” (como las llamamos hoy); las poses y farsas de la institución literaria de todo tiempo. 

No le interesa el preciosismo, del que tanto se han valido los narradores modernistas, especialmente Manuel Díaz Rodríguez, astro rutilante de la especie y su rival político y literario (de esta escuela solo mostrará interés por el menos ortodoxo del grupo, Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, al que le dedica un ensayo interpretativo publicado en 1938). Este tipo de escritura le produce desconfianza, pues nada sabe de estéticas formalistas y solo quiere para la obra la rotundidad de la palabra directa y limpia. La prosa engastada en joyas verbales y los malabarismos léxicos son para él un modo descreído y postergado; maneras amaneradas del estilo que no compaginan con sus varoniles empresas de escritura o con su escritura varonil, esa que critica cuando tiene que criticar, que insulta cuando tiene que insultar y que pulveriza al adversario cuando cree que tiene que hacerlo. Su comprensión de la literatura es unitariamente la del combate y la del escritor, un combatiente que lucha con el verbo como si riñera en persona y a golpes con su contendor. Pertenece a la familia de los turbulentos (acompañado por Juan Vicente González y Rufino Blanco-Fombona), en el acertado pensar de Picón-Salas.

En el prólogo a la edición de los Cuentos grotescos, del año 1955, con la intención de prestigiar la “difícil facilidad” que caracteriza la mejor literatura (su literatura), se mofa de los estilismos modernoides, de las correspondencias sensoriales y de la metaforización a la moda, que, en suma, equivalía a mofarse del modernismo mecánico, del simbolismo tópico y del surrealismo innecesario, tanto de las viejas como de las nuevas generaciones de escritores. En su alegato no deja pasar la referencia a los “mariscos con y sin s”, principio y final de su ruda manera de evaluar el cultivo formalista de la literatura y la tarea exquisita y fina de sus cultores con la que construye la imagen de la “repostería” o de la “marisquería” literarias (“quincallería”, las había calificado Julio César Salas, en 1919, en ese potente ensayo sobre el atraso de las repúblicas hispanoamericanas que titula Civilización y barbarie; obra y autor tan cercanos a Pocaterra, aunque nunca llegaran a conocerse y, creo, que ni siquiera a leerse).

Sus refinamientos de escritura provienen de su método justo y recto de narrar o de pensar, que en él son siempre la misma cosa, y de su particular manera de capitalizar el trabajo con la frase (Arturo Úslar Pietri dirá de ellas que poseen “la dureza y la luz de una gema”). Las palabras clave de su código literario son la claridad, la simplicidad y la belleza escueta. Estudia y analiza cuando cuenta y cuenta mientras analiza y estudia, y ello se cumple tanto en sus relatos memorialistas como en sus ficciones de seguro asidero. Inseguro, no ceja en el empeño de encontrar seguridades tanto en su biografía literaria como en su historia personal. Escoge la vía difícil de la lengua para alcanzar puertos en donde depositar sus tormentos de brillante pluma y fracasada biografía. Sin cansancio, agota su propio estilo y atormenta el de los otros, pequeños escritores asidos a la lengua fácil de un narrar nada y de un dejar poco. Los ejes de la forma y la materia quedan en él agónicamente resueltos.