• Caracas (Venezuela)

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Carlos Aguilera

Simulacro de democracia

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 “Oí resonar delante de mí bendiciones de unos hombres que esperaban mis armas con todo el entusiasmo de la libertad, como un remedio a las calamidades e infortunios que los habían llevado al último grado de exasperación”. / Simón Bolívar

 

El régimen, acostumbrado a las improvisaciones, anunció de un día para otro la realización de un simulacro de sismo, cuyo resultado, por cierto, el régimen aún no ha dado a conocer, algo similar al simulacro de la democracia que desde hace casi 18 años viene ejecutando el socialismo revolucionario del siglo XXI, mal llamado bolivariano, en su pretensión de disimular su talante dictatorial, primero con el fallecido comandante galáctico y desde hace dos años y medio con su hijo putativo y heredero de la corona, Nicolás Maduro Moros.

A la angustiante situación que vivimos millones de venezolanos por la escasez de alimentos, medicinas, pésimos servicios públicos, inseguridad, corrupción y nepotismo, se suma la violencia que en los últimos días copan las páginas de los diarios del país, y que se ha desatado y generalizado, pues tiene su origen en la crisis devenida como consecuencia de la ingobernabilidad, por la negligencia e ineptitud de un régimen que no ha sido capaz de cumplir con las más elementales necesidades de un pueblo, ávido de salir de tan espantosa situación por la que atraviesa  y que lo tiene desorientado, decepcionado, burlado, humillado y, lo que es peor, hundido en la más espantosa y cruda realidad de un futuro incierto. Un pueblo que a pesar de contar con una carta magna, que cínica y pomposamente el comandante galáctico fallecido, líder de la revolución bolivariana, la calificaba como la mejor del mundo, solo ha servido para que quienes se encuentran enquistados en el poder cometieran las más grandes tropelías.

De nada ha valido hasta la presente fecha la Constitución nacional, la cual por cierto la pisotean a diestra y siniestra los revolucionarios venezolanos de nuevo cuño, quienes prevalidos del poder solo la aplican de acuerdo con sus propios intereses personales y políticos, negándose a ver, entender y comprender los exabruptos que con ella ejecuta, en nombre del soberano, el cual es irónicamente víctima de toda laya de males, que generan y siguen generando un retroceso y evidente fracaso del ordenamiento legal del Estado de Derecho.

Hemos visto, ya no con asombro, porque es usual en el régimen, las arbitrariedades, abusos, y toda suerte de desmanes que perpetran desde Maduro hasta sus ministros, presidentes de empresas del Estado, diputados de la Asamblea Nacional y militantes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), que sin empacho alguno giran en dirección contraria a los verdaderos postulados democráticos, y en contra de los intereses de la nación y del pueblo, exaltando por el contrario valores ajenos a nuestra soberanía e idiosincrasia, como es la cubana, cuya bandera incluso ondea en la sede del Ministerio de la Defensa en Fuerte Tiuna y en algunos despachos oficiales. Es entonces cuando el pueblo se pregunta: ¿Quiénes son los traidores a la patria y apátridas: los venezolanos que firmaron para revocar a Maduro, o los militares y civiles que se arrodillan ante los hermanos Castro?

No es motivo para que el régimen pretenda excluir a mujeres y hombres por el solo hecho de no comulgar con la ideología comunista, estigmatizando en consecuencia el ordenamiento jurídico constitucional de la República, y tampoco es una patente de corso para que Maduro, Cabello, los Rodríguez, Istúriz, Padrino López, Escarrá y Arias Cárdenas, por solo nombrar a algunos de la claque socialista, insulten, agravien, humillen y amenacen cual guapo de barrio a quienes se encuentran en la acera de enfrente, ajenos a los trapos rojos. Es evidente que ignoran a un pueblo que no se resigna y no se resignará a claudicar ante el oprobio y el baldón, que estos mismos caporales están empeñados en asfixiarnos para que perdamos el norte de nuestro destino. Este impúdico y perverso propósito se perderá en las aguas negras de sus albañales, por cuanto el pueblo venezolano despertó  y solo anhela justicia, trabajo, salud, libertad y seguridad. Libertad para desarrollar sus acciones, y seguridad para vivir en paz y armonía.

Estamos en presencia de capataces que hacen y quieren seguir haciendo cuanto les viene en gana y a su libre albedrío, en provecho de sus propios intereses, pues no asimilan que negociar en nombre de instituciones del Estado, el tráfico de influencias y la malversación los dineros de la nación, acarrea en un Estado de Derecho las penas que establece la ley, y no como en los actuales momentos que privilegia la impunidad, la cual provoca vomitar sobre ella, por cuanto nos deja huérfanos del amparo constitucional y democrático. Por eso, reafirmamos que el régimen está ganado a realizar cualquier tipo de simulacro, con el fin de mantener su hegemonía en su empeño por perpetuarse en el poder, desdeñando que está sentado sobre un barril de pólvora.

Cómo es posible que un régimen que se jacta de ser democrático afirme que en el país no existe crisis alguna, y que sus voceros oficiales: ministros, diputados, vicepresidente ejecutivo de la República y otros exclamen que Venezuela no recibirá alimentos y medicinas de otras partes del mundo, por el solo hecho de evitar poner en evidencia de que Venezuela enfrenta una grave crisis humanitaria por la escasez de alimentos y medicinas. Una torpe y mezquina actitud, que solo agrava más aún la crítica situación que atraviesan hombres, mujeres y niños que por falta de medicinas cada día sufren y padecen un destino incierto de supervivencia. Pretende ocultar Maduro ante los ojos del mundo, pero ya es muy tarde, que más de 75% de los hospitales del país se encuentran colapsados por falta de insumos médicos, amén de su deterioro físico y salas de especialidades abandonadas y contaminadas, y que las colas en mercados y supermercados de todo el país cada día son interminables.

Este simulacro de democracia, que los socialistas venezolanos de nuevo cuño están empeñados en demostrar ante propios y extraños, los lleva a inusitados extremos, como el de contradecir el espíritu y la letra de la Constitución Nacional, llamada despectivamente por su fallecido líder gigante “la bicha”, tal como lo demuestra la maligna intención de los integrantes del llamado Gran Polo Patriótico, de pedir a la Sala Constitucional la abolición de la Asamblea Nacional por “usurpación de funciones del Consejo Nacional Electoral (CNE) y el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), la violación de derechos constitucionales y la insistencia de solicitar una intervención injerencista internacional”. Lo solicitó un hombre que a mala hora lleva el apellido del Libertador, expulsado del partido que fundó y del que todos sus miembros militantes expresaron al unísono: sí Podemos.

Lo cierto es que el régimen hace un esfuerzo por mantener la coherencia debida, pero le resulta harto difícil, por las declaraciones de uno y otro furibundo camarada chavista, que en su afán de ser protagonistas del festín, se contradicen ellos mismos. Unos afirman que el referendo no va, y otros que no les importa si se realiza, entre ellos el propio Maduro, pues confían en que ganarían por una abrumadora mayoría. No sabríamos si se trata de un sicariato constitucional o un haraquiri constitucional. Ello solo ha servido para evidenciar, aunque sin conmover, una aletargada conciencia cívica, producto de un extenso e incomprensible letargo que ha permitido que todo ocurra y resbale.

Thomas Mann, en su obra La montaña mágica en una de su capítulos refiere,  y compartimos su criterio, que “la razón humana solo necesita querer más fuertemente el destino y ese es el destino”, y creo que ello es posible con la fuerza de la razón que nos permite romper y vencer sobre la razón de la fuerza, cualquiera sea la forma en que esa inaceptable condición pretenda manifestarse o imponerse. Priva, eso sí, la conciencia cívica, que así como frente a la tragedia se muestra solidaria, también lo debe ser frente a los abusos del poder y al atropello constitucional.