• Caracas (Venezuela)

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Guillermo Cochez

Simplemente no son demócratas

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Muchos se preguntan por qué los gobernantes actúan como si los gobernados no tuviésemos derecho de cuestionar su forma de dirigir el país. Como si el trabajo del periodista serio y responsable no fuera el de investigar los hechos de la vida pública, sin que nadie les acuse de mentirosos y entregados a tal o cual interés oculto. Como que algunos quisieran que todos fuésemos una recua de borregos sin capacidad para analizar y discrepar.

La democracia, según la vive Nicolás Maduro, es así. Hasta manda a clausurar programas humorísticos porque le irrita que se mofen de él o comenten en son de chanza asuntos públicos; inventa episodios de golpes de Estado para justificar la represión a opositores y ocultar la crisis económica del país. Han llegado hasta a satanizar los pensamientos que pueden estar encerrados en un supuesto mensaje subliminal, como el caso de Leopoldo López. Llegan al extremo de que no pueden permitir que una mujer como María Corina Machado sobresalga a nivel internacional; como si les diera envidia su aceptación y la claridad de su mensaje. Maduro no está solo en estas fobias; se le suman Rafael Correa, quien hasta se irrita con lo que un ciudadano común le dice cuando lo ve en la calle, o Cristina Fernández, en su diaria pelea contra lo que publica el prestigioso diario El Clarín.

Se olvidan de que la democracia es el régimen político en el cual el poder viene del pueblo y se ejerce por él y para él, directa o indirectamente. No significa para nada que democracia se constriñe al acto de votar cada cuatro, cinco o seis años, como pareciera pretenden algunos desoyendo el clamor popular de participación o no la decisión de gente como el difunto Chávez, que una vez elegido consideraba que no debía escuchar a más nadie que no fuera de su propio entorno. Sencillamente no lo hacía porque ironizaba que la oposición era “simplemente nada”.

Panamá, durante el quinquenio próximo a terminar, ha padecido parte de esos males. Su gobierno, tras la salida del mismo del vicepresidente Juan Carlos Varela en agosto de 2011, perdió el equilibrio que le producía tener dentro de sí a gente sosegada, que antes de hablar pensaba lo que iba a decir y que la confrontación permanente no era su arma preferida.

La prensa nacional sufrió en carne propia el temor de tener gobernantes soberbios e irritables. Amenazas, coacciones, campañas sucias, difamación, descalificaciones fueron las armas para acallar a los periodistas que no callaban como pretendían algunos. Temas, como el de los escándalos de Italia, Juan Hombrón, partidas circuitales, se volvieron tabú; se les llamaba “novelas”. Funcionarios como la contralora general de la república y el fiscal electoral desaparecieron del espectro noticioso; nunca cuestionaron nada. En cierta forma nada parecido a lo que ocurre en la Venezuela de Maduro, antes de Chávez, en el Ecuador de Correa y la Argentina de Cristina.

Quienes tuvimos la oportunidad de trabajar cerca de los gobernantes en este periodo, nos percatamos de que nada de lo que se aconsejaba era tomado en cuenta porque existía una pared de tres o cuatro interesados que impedía a los gobernantes escuchar a nadie que no fuera ellos. El resultado fue el que ellos menos esperaban: perder las elecciones. Si bien ha ganado el país, es necesario limpiar muchos de los estorbos que han quedado en el camino, sobre todo aquellos que tanto daño le hicieron a la democracia, personas que simplemente no creían en ella para lograr sus abyectos propósitos.