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Federico Vegas

Simonovis

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Pretender adivinar el futuro de un hombre por su fisonomía es una ocupación detestable. Cesare Lombroso se creía capaz de establecer si un hombre era un delincuente morboso, histérico o pasional según su forma de mandíbula, orejas y arcos superciliares. Más íntegro y provechoso es intentar comprender la vida ya vivida a través de un rostro, y no me refiero a ángulos o proporciones, sino a una profundidad que no puede medirse ni compararse, solo observarse con respeto. Anna Magnani le exigía a su maquillador: “No me cubras las arrugas, que me ha costado una vida entera conseguirlas”. Rilke ya le había dado la razón al advertir: “Lo bello no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar”.

El rostro más insondable que he visto en mi vida es el de Nelson Mandela en la fotografía que le hizo Annie Leibovitz en 1990, dos días antes de ser liberado. Yo pensaba que en su mirada se fundían la tristeza por los años confinado junto a la paz de haber perseverado y la alegría de comenzar a realizar su sueño… Había algo más.

La escritora Nadine Gordimer estuvo presente el día que lo sentenciaron a cadena perpetua. Quince años más tarde Nadine escribió una novela, La hija de Burger, basada en la desgarrada vida de los hijos de los prisioneros. El libro llegó milagrosamente a manos del confinado y aislado Mandela, quien logró enviar de vuelta a la escritora una nota agradeciendo su sabiduría y sensibilidad.

Once años más tarde, Mandela mandó a llamar a Nadine, quien, vanidosa, creyó que hablarían de su novela. El tema era otro. Mandela había descubierto, un día después de salir de prisión que su esposa Winnie tenía un amante. Ahora sabemos que en esa imagen de la Leibovitz, tomada tres días antes, también vibraba el alma de un hombre soñando vivir en armonía –¡por fin!– junto al amor que había anhelado durante veintisiete años, diez mil noches.

Por años he acariciado el proyecto de acercarme a Iván Simonovis hasta lograr ese retrato que se adentra en los misterios de la vida, y así convertirlo en un ser tan real que nadie será capaz de dejarlo preso por más tiempo.

La primera obra de Turgueniev fue Memorias de un cazador. Cuenta la leyenda que el zar Alejandro decretó la emancipación de los siervos tres días después de leerla. Esa es la mayor fantasía de un escritor: pretender que puede lograr cambios políticos simplemente haciendo lo que más le gusta y de la manera más libre y sincera, como el acto de contemplar una fotografía y crear desde ella una historia que sea aún más cierta que la realidad.

Hoy me he atrevido a enfrentar una fotografía de Iván Simonovis, la de su traslado de madrugada a un hospital militar. Tiene ya nueve años preso y su expresión es la de un hombre al que el mundo se le ha ido encima como una jauría. Sus labios están apretados, incluso escondidos, apresados por sus dientes, como buscando que no tiemblen ante la maldad, que no griten ante el cinismo, que no hablen, pues ya conoce la sentencia: “Todo lo que digas y digan será usado en tu contra”. Su piel no ha conocido el sol que nutre los huesos, la carne y sus reservas de calidez. Sus ojos no enfocan más allá de donde los condenan las dimensiones de su celda. Lo observo y “una vergüenza secreta crece dentro de mí cada vez con más fuerza”. Estas palabras de Turgueniev ante una ejecución me hacen consciente de que yo también, con mi indiferencia y apatía, he labrado las líneas de dolor en ese rostro.

Sucede que Simonovis le resulta a este gobierno el prisionero ideal. No representa un movimiento, es simplemente un hombre que ni siquiera tiene el mérito de ser culpable. Su crimen es haber sido un buen policía, una ecuación inconcebible, sospechosa, ideal para convertirlo en un criminal con solo anteponerle unos barrotes. El libro por escribir es tan sencillo como cruel, y está siendo anunciado con valentía por su protagonista: La hija de Iván.

La frase emblemática del oficialismo este diciembre fue: “Errar es humano, no perdonar también”. Solo les faltó usar el verbo “herrar”, dejar una huella en su piel marchita que sirva de lección, de símbolo, de confirmación, pues no tengamos ninguna duda: “No perdonar” es la manifestación más evidente del impío humanismo de las autoridades que nos dominan. La historia oficial la escriben los vencedores a través de sus jueces, pero las novelas la escriben los vencidos. Ya veremos cuál es más cierta, más justa.