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Armando Durán

Simón Alberto

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Conocí a Simón Alberto Consalvi allá por el año 1955 o 1956, en La Habana. Desde entonces, gracias al azar, al destino y a eso que llaman afinidades selectivas, recorrimos el largo trazado de una amistad marcada indeleblemente por la política, el periodismo y la cultura. Por los encuentros continuos y también por algunos desencuentros ocasionales. Siempre aferrados, sin embargo, a una misma y fatal obsesión, el apego a los valores más ambiciosos e incorruptibles de la democracia, el buen gusto y la libertad.

Les cuento que Simón Alberto llegó a La Habana expulsado de Venezuela por la dictadura perezjimenista tras pasar una larga temporada en la terrible cárcel de Ciudad Bolívar. La Seguridad Nacional lo había capturado poco después del asesinato de Leonardo Ruiz Pineda, acusado de haber participado, junto con Ramón J. Velásquez y José Agustín Catalá, en la preparación y publicación clandestina del Libro negro de la dictadura, resumen ejemplar de los horrores de la época. Yo ya me movía en la periferia de los movimientos subversivos que agitaban las entrañas de la sociedad cubana, pero todavía estudiaba bachillerato y me separaban de Simón Alberto años y experiencias cruciales.

Quizá por eso, a pesar de su discreta timidez para referirse a sí mismo en primera persona, su imagen de joven intelectual revolucionario perseguido por las fuerzas del mal se convirtió de inmediato en un romántico modelo de vida muy digno de ser seguido al pie de la letra. Consciente o inconscientemente, me propuse entonces que nuestros pasos marcharan por un mismo camino, y en efecto así fue, desde nuestras tertulias en el hermoso patio colonial de su pensión habanera, entre palmeras exuberantes y puertas de madera adornadas con vidrios de colores, hasta nuestras actuales tertulias en la redacción de El Nacional. Bajo el influjo de nuestra visión común de la política, el periodismo y la cultura. Quizá por eso también, cuando una inesperada llamada telefónica me anunció su muerte, él acababa de llamarme, indignado, para darme su impresión sobre la última estocada del régimen contra Globovisión y la libertad de información. Como si, al fin y al cabo, nada realmente significativo hubiera ocurrido en todas aquellas décadas. O como si lo que importaba no fuera el resultado de nuestra lucha, sino la pasión por la lucha misma.

Por esta simple razón puede decirse que nunca nada le fue ajeno a Simón Alberto. Amigo y colaborador en sus tiempos de exilio de otros jóvenes revolucionarios cubanos, con quienes incluso compartió noches de prisión en el siniestro Castillo del Príncipe, fortificación militar española convertida en cárcel política por la policía batistiana, de rebeldes dominicanos afanados infructuosamente en derrocar a Trujillo y de algunos jóvenes nicaragüenses que muchos años más tarde conseguirían deshacerse al fin de la dinastía de los Somoza. A pesar del envidiable equilibrio de su carácter, porque por sus venas corrían ansias de horizontes abiertos de par en par al infinito, Simón Alberto siempre vivió irremediablemente comprometido con las causas de la justicia y la verdad.

A Simón Alberto le debo ese inquieto espíritu de solidaridad con los luchadores sociales de esta tierra. También le debo cosas menores, como la publicación de mi primer cuento en una revista habanera y mi primer trabajo periodístico, corresponsal en La Habana revolucionaria de la revista Momento, que él dirigía, y como columnista del diario La República. Luego Simón Alberto se fue de embajador a Yugoslavia y regresó a Caracas para fundar el Inciba y la editorial Monte Ávila, donde publiqué mi primer libro de ficción. Entretanto, yo me había ido a Barcelona a estudiar Filosofía y Letras y después a la Universidad de Michigan, a enseñar literatura española del Siglo de Oro y literatura latinoamericana contemporánea. Juntos trabajamos más tarde en las campañas y los gobiernos de Jaime Lusinchi y Carlos Andrés Pérez. Como canciller fue mi jefe cuando me tocó irme de embajador a Uruguay, y después, cuando me designaron canciller, él era embajador en Washington y yo fui su jefe. Al cabo de los años, gracias a las satisfacciones y los contratiempos, nuestra amistad terminó blindándose contra todos los peligros imaginables.

Pero sólo ahora, en la hora de su muerte, caigo al fin en cuenta de la importancia real que tuvo para mí su influencia y del hecho de no haberle confesado el peso exacto de su compromiso político e intelectual en mis años de formación. Con estas líneas trato humildemente de remediar ese descuido imperdonable.