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Abel Veiga

Sharon, militar y político

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La historia da muchas vueltas. Es recurrente. Cíclica y reiterativa, aunque no por ello repetitiva. Ariel Sharon murió en realidad hace ocho años, el cenit de su carrera política. Un derrame cerebral le condenó durante ocho años exactos a un coma vegetativo. Hombre irreductible e insubordinado al menos en su etapa de militar ascendente supo ganarse sin embargo la admiración y complicidad de los suyos y el odio extremo de sus rivales, tanto políticos, como, sobre todo, en las calles de Palestina, en realidad los territorios palestinos. Su vida estuvo llena de contradicciones, pero también de cambios y giros inesperados como cuando sorpresivamente abandonó unilateral y a la fuerza Gaza y los asentamientos. Su justicia era la fuerza, y sobre todo una fuerza bruta con pocos escrúpulos. Lo hizo a lo largo de su vida en varias ocasiones. Aborreció tribunales y cómo no a unas Naciones Unidas que despreció y ninguneó. Su obsesión: un gran Israel, tal vez no la mítica Eretz pero despojada de palestinos. Acción, reacción. Asesinatos selectivos, preventivos y lo que fuera necesario. Muros y alambradas. Y aplacó y acorraló a su antojo a un errático Arafat al que conminó a un forzado aislamiento en la Mukata bombardeada a antojo del general.

En el recuerdo matanzas de refugiados palestinos y en las viejas aldeas. La historia lo documentó. Como también le condenó en el informe Kahan en lo sucedido en Sabra y Chatila para vergüenza de muchos y no solo de la pasividad de sus unidades. Qybia en 1953 y unas semanas antes en un campo de refugiados palestino al sur de Gaza, El Bureig, fueron testigo de atrocidades, asesinato y furia de odio y venganza. Unidad 101 de las Fuerzas Especiales. Así se forjó, y con la misma determinación fue el gran héroe en la guerra del Yon Kippur cuando invirtió la relación de la guerra y obedeciendo su instinto y no a órdenes realizó una envolvente que condujo a Israel a la victoria.

Con Sharon desaparece un modo de ejercer la política y la acción de gobierno con carácter, convicción, fuerza y determinación. Eso tiene una parte buena, pero también otra sumamente negativa. Gobernar atendiendo a su propia razón y a sus únicas decisiones. Desaparece con Sharon otra generación de políticos, queda solamente Peres, con quien la relación nunca fue óptima pese a haber sido ministro de este, que construyeron un sueño y un gran país, Israel, pero que también enquistaron hasta el límite el terrible conflicto con Palestina. Solo el tiempo diría si Sharon llegaría a ser un hacedor de paz. No lo creo, no lo hizo en sus cinco años como primer ministro. Despreció a Al Fatah y arrinconó a Brigadas, Mártires, Yihad y cómo no a Hamás. Ordenó la eliminación física de todos sus dirigentes, desde el jeque Yassin, a todos y cuantos les sucedieron. Mano de hierro, buldóceres siempre en marcha y no mirar hacia atrás. Israel despide a un general de acero que nunca fue halcón, como Rabin, y como tantos otros al final de sus vidas. La historia le juzgará. Muere ocho años después de quedar postrado en una cama de hospital, un año después de la muerte por envenenamiento de su principal enemigo, Yasser Arafat, a quienes el tiempo quiso, en sus cínicos caprichos, juntar.