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Mirla Alcibíades

Sexo y poder en Maracaibo colonial

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Los hechos se desencadenaron en 1765, cuando un nuevo gobernador llegó al poblado marabino. Don Alonso del Río y Castro (que así se llamaba) era hombre casado. Sin embargo, ese tropiezo no impidió que sostuviera relaciones íntimas con doña Isabel Carrasquero, también atada con lazos matrimoniales. La pareja sumó tres con el nacimiento de una hija.

El asunto no habría pasado a mayores, pues, en la Venezuela colonial, eran frecuentes las uniones adulterinas. Los hechos se complicaron cuando la madre de la joven, doña Bárbara Villasmil de Carrasquero, y el amante de su hija, el gobernador, entraron en mutuo conocimiento. El flechazo incrementó en dos grados el calor marabino.

Aunque doña Bárbara tenía marido y tres hijas, no vio en ello obstáculo alguno; tampoco importó al gobernador tales pequeñeces. La unión duró nueve años y, en ese lapso, los pobladores fueron testigos de actos, hechos y situaciones que no se imaginaron presenciar.

En esos tiempos era normal que una hija casada viviera en casa de los padres. Sobre todo cuando el marido, por la razón que fuere, no estaba con ella todo el tiempo, como era el caso de Isabel. Pues bien, lo primero que hizo doña Bárbara fue echar a la hija a la calle. Otro problema le quedaba por resolver: don Francisco Carrasquero, el esposo.

A don Francisco lo trastornaron los celos, amenazó, gritó, injurió a los amantes. El gobernador no quedó de brazos cruzados y comenzó a acosar al rival: manejaba el poder. Repentinamente, el marido burlado enloqueció, además enfermó del cuerpo y murió a los pocos días. No faltaron testigos que insinuaron la muerte por envenenamiento. Era sabido que doña Bárbara mantenía sigilosos contactos con un conocido hechicero del lugar.

Después de que eliminaron los estorbos el alto funcionario se mudó a una casa vecina a la de su amada. Para alejarse de miradas indiscretas, construyeron una puerta que comunicaba ambas viviendas. Pero, anulando fidelidades, los criados hablaban. Así, se supo que el funcionario pasaba a la otra vivienda a las 10:00 de la noche y retornaba a la suya al amanecer. Unos decían que las visitas se sucedían cada tres noches, otros aseguraban que era a diario.

Es probable que los chismes no hubieran trascendido las habituales anécdotas de concubinos, pero los hechos se desbordaron. Había evidencias de que la mujer dominaba la voluntad del gobernador. Se decía que había turbios manejos de los bienes coloniales. Uno de los capitanes, don Rafael Nebot, reaccionó en contra y poco le faltó para morir. Un reconocido brujo de nombre Guachico –blanco, para más señas– estuvo a punto de terminar con la vida del honesto militar. No puede descartarse que este práctico en hechicerías sea el mismo sujeto causante de la muerte de don Francisco Carrasquero.

También se responsabilizó a la pareja de ordenar la muerte del tesorero don José Almestre. Isabel, la anterior concubina del gobernador, se dedicó a hablar mal de la madre. La encontraron muerta en una hacienda cercana. Era así: quien se atravesaba en el camino de aquel avasallante amor corría el riesgo de dejar el mundo de los vivos.

A doña Bárbara no le temblaba el pulso para aplicar el castigo que ella juzgaba en proporción del daño que se le quería infligir. No siempre optaba por el homicidio. Una vecina, doña Petronila Santistevan, se atrevió a contrariarla y fue desterrada del poblado. Pero ahí no terminaban sus mañas. Si no sabía perdonar, también era conocida por su avaricia.

El gobernador había prometido la libertad a la esclava que crió a la hija que tuvo con doña Isabel. La mujer se llamaba María Josefa. El funcionario entregó el dinero a doña Bárbara, dueña de la esclava. Aquella se apropió del dinero y renunció a honrar la palabra del amante. Hizo más. Ni siquiera las propiedades religiosas escapaban de su voracidad. Cuando los jesuitas fueron expulsados de las colonias españolas en 1767, dejaron cuantiosas propiedades que pasaron a manos de la corona. Pues bien, doña Bárbara dispuso de esos bienes y, con parte de ellos, compró un hato de cabras y burros. Por esa razón, si antes era algo más que pobre ahora era rica.

Tales arbitrariedades demostraban que la voluntad del gobernador había desaparecido. El cristiano se desvivía por complacerla. Unos aseguraban que había regalado a su amada 18 o 20 esclavos. El solo número era un escándalo. Para que se tenga idea de la magnitud del obsequio, las familias adineradas contaban para su servicio doméstico con 10 esclavos, como mucho. Más aún, cuando doña Bárbara enfermaba se daba a llorar como una criatura y él, para que curase pronto, le enviaba buenas sumas de dinero. El trastornado capitán general (el otro título que engalanaba a Del Río y Castro) rozaba el ridículo: hubo personas que vieron cómo, un día que la pareja salía de paseo a una hacienda cercana, el militar se puso en cuatro patas para que ella depositara su gracioso pie en la espalda o espinazo gubernamental y se encaramara en la mula.

Hasta la vida sexual de los amantes andaba de boca en boca. Por cierto, siendo mujer blanca se esperaba de ella el mayor recato en las horas de intimidad. Pues, sucedía lo contrario, doña Bárbara tenía sus mañas. Por ejemplo, no se cohibía a la hora de besar al amado en lugares públicos. También él la besaba fuera de casa: alguien lo vio cuando le repartía los ósculos en la puerta de la Secretaría de Gobierno.

Una hamaca que tenían dispuesta en la habitación dio mucho de qué hablar en esta historia pasional. Se sentaban juntos en ella y se mecían tanto de noche como de día. La verdad sea dicha, el gobernador ayudaba a propalar los rumores. Él mismo había contado a varios amigos que, una tarde, mientras dormían la siesta en la susodicha hamaca, esta se había reventado. Otras veces era él quien blandeaba o mecía la hamaca donde estaba doña Bárbara. En otras ocasiones el vaivén tenía el propósito de hacerla conciliar el sueño. Cuando las noches eran de extremo calor, el amante sumiso redoblaba el va y viene y, más aún, le mudaba el sudado camisón de dormir. Pero sería injusto ignorar que la dama no quedaba atrás en mimos. Le hacía la comida y las bebidas, y lo cuidaba cuando era él quien padecía agobio por enfermedad.

No podemos dejar de preguntarnos cómo una mujer, abuela, madre de tres hijas mayores, ejercía este dominio sobre el funcionario. En determinado momento el gobernante no se aguantó y refirió una de sus prendas. Fue cuando argumentó con énfasis “que se podían caminar cien leguas por dormir una noche con dicha Bárbara”. Agregó otro detalle sobre la mujer de su vida: “Esta –dijo– tenía las carnes fuertes y blancas”.

Además de esos dones que le proporcionó natura, la dama aplicaba ardides. Se le habían visto acciones deshonestas –decía un poblador– pues ella, desnuda, se pone sobre una mesa, después de haberse bañado, para que la vea el gobernador. Sin duda las criadas hablaban más de la cuenta.

No faltaban las palabras tiernas, él la llamaba “mamita”; ella, no sabemos cómo lo mimaba con palabras. Él decía que la amaba más que a Dios y ella se mandó a hacer unos zapatos con el terciopelo del altar de los jesuitas. Se entrometieron con los bienes de la Iglesia, y el gobernador y capitán general fue removido del cargo. El sustituto, don Francisco de Santa Cruz, llegó a la ciudad el 3 de julio de 1775. ¿Qué habrá sido de esta doña Bárbara colonial?