• Caracas (Venezuela)

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Gustavo Roosen

Servidor público

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El lamentable estado de las empresas de servicio público en Venezuela ocupa inevitablemente la atención de los ciudadanos. Es en ellas donde se hacen especialmente palpables las consecuencias de una institucionalidad destruida en estos últimos 16 años. La presentación de José María de Viana sobre el tema muestra, de hecho, un cuadro nada prometedor. Aunque su foco de atención son las instituciones, imposible dejar de pensar en las personas, es decir, en el servidor público.

En mis lejanos días de estudiante de Derecho, el profesor Rafael Caldera explicaba la diferencia entre el contrato privado de trabajo y el del servidor público. Su énfasis estaba menos en las condiciones salariales y más en los fines de cada uno, en su carácter. El servidor público, el trabajador de una institución del Estado, era, sin duda, algo más. Su condición entrañaba algo más trascendente. Obedecía a una voluntad de servicio, a un compromiso más directo con la sociedad. No es que el trabajador privado no incluyera en sus motivaciones la construcción del país, pero ese carácter se daba de manera más natural y como propio en el servidor público. Si priorizaba uno la remuneración, el acento para el otro estaba en el servicio; si medía el primero la rentabilidad en ganancias, los parámetros para el otro eran la calidad, la utilidad para la colectividad, la satisfacción de la gente y la propia satisfacción por el deber cumplido.

Mi paso por el Ministerio de Educación me sirvió para comprobar la naturaleza de ese compromiso. Cobraba más sentido en el servidor público la dedicación, la abnegación, el orgulloso de ser útil. No era la regla general pero formaba parte de las expectativas y se ajustaba a una amplia conciencia del deber ser. Luego he podido observar el debilitamiento de ese espíritu, su transformación en algo más parecido al esquema del funcionario sin motivación, al de las reivindicaciones sin compromisos, a quien ha perdido el sentido de propósito y la aspiración a la calidad.

Eran, sin duda, mejores los tiempos en los que la militancia partidista no determinaba ni la elección ni la permanencia en una posición pública, en los que prevalecía la condición de servidor sobre el esquema de funcionario, en los que la mística y la dedicación podían compararse con la del sacerdote, en los que ser servidor púbico era un honor al que se accedía por méritos y se mantenía con profesionalismo y entrega. Pesaba entonces más la vocación de servicio que la pertenencia al partido; la gente, que los intereses del jefe o del grupo político.

La simple oratoria de exaltación del servidor público no se aviene con la promoción o la permisividad frente a actitudes más cercanas a la arbitrariedad que a la legalidad, al abuso de autoridad que a su empleo a favor del ciudadano. Tampoco, desde luego, con la corrupción, con la disposición de los bienes públicos como personales o de nadie, ni la que se identifica con el enchufado o el reposero, con la cuota del partido o el premio al proselitismo. No es, por lo mismo, la mejor imagen del servidor público quien hace uso de su poder para maltratar, quien confunde su autoridad con la arbitrariedad, quien presume más de juez que de servidor, quien hace alarde de arrogancia o prepotencia.

No es suficiente declarar, como consta en los manuales, que el servidor público es una persona orientada principalmente por el deseo atender las necesidades de los ciudadanos y que pone a su disposición todas sus capacidades con el fin de contribuir al desarrollo del país. Hace falta, además, honrar en la práctica los valores y principios de la ética, la honestidad, la responsabilidad, la solidaridad, la vocación de servicio, la dedicación, la calidad, la eficiencia, el compromiso con la gente.

El servidor público digno de ese nombre es alguien que ama y estima su trabajo, que no escatima el esfuerzo, que percibe su condición como un honor y un privilegio, que representa con dignidad a la institución y la institucionalidad. La confianza de la sociedad en el servidor público no es ni puede ser gratuita, igual que el respeto y el reconocimiento que merece.