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Rodolfo Izaguirre

Sentar a Dios en el banquillo de los acusados

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Un despacho de BBC Mundo, desde Lincoln, Arkansas, titulaba que “Dios será juzgado en tribunal de Estados Unidos”. Ernie Chambers, legislador independiente de Nebraska disfrutó posiblemente de sus relativos quince minutos de gloria cuando decidió demandar a Dios por las nefastas catástrofes que padece el planeta. En su alegato, Chambers acusaba al Ser Supremo de ser el único responsable de los huracanes, terremotos, sequías, plagas, hambrunas, guerras y devastaciones de toda naturaleza que tanto nos quebrantan. Es de suponer que, si le hubiese sido posible, Chambers habría incluido nuestra pesadilla bolivariana (¡que ya avizorábamos!) a estas miserias. ¡Ernie llegó más lejos! Afirmó, sin que nada se le quedara por dentro, que el Creador provocaba estos cataclismos con “premeditación, alevosía, ventajismo y cero remordimiento” como cualquier oscuro militar de Sabaneta, diríamos nosotros.

Por muy descocada y delirante que pueda parecer esta querella, lo era aún mas el hecho de que un tribunal de Nebraska admitiera la demanda y le permitiera a Ernie Chambers demostrar que el sistema legal de su país es tan absurdo que hasta el mismísimo Dios puede ser demandado por cualquier motivo sin excepción.

¡Las dificultades, sin embargo, no se hicieron esperar! El demandado nunca llegó a comparecer; tampoco se le vio sentarse en el banquillo de los acusados, pese a las reiteradas citaciones o convocatorias que le hizo el juez de la causa. Tampoco delegó su representación en ninguno de sus ángeles o enviados; ni siquiera en el papa quien, al parecer, adujo, desde el Vaticano, que no era abogado sino vicario a título meramente espiritual. Otro obstáculo que generó vivas polémicas fue determinar quién defendería y justificaría al Creador en ese supuesto y delirante empeño en destruir su propia Obra despedazándola con tan funestos cataclismos. El tribunal sostuvo que en Nebraska se activaban varias universidades e institutos católicos, metodistas, islámicos e incluso un “college” para el estudio de la Biblia con un profesorado idóneo capaz de defender al demandado. Otro inconveniente que surgió de inmediato fue el de designar al fiscal, esto es, la parte acusadora que enfrentaría nada menos que al Omnipotente. En todo caso, Chambers confiaba en la jurisdicción del tribunal para juzgar a Dios por el simple hecho, irrebatible, de que siendo también Omnipresente el juicio se podía radicar en cualquier ciudad, dentro o fuera de Arkansas. El legislador independiente de Nebraska también le exigía al tribunal que difundiese la sentencia en juicio sumario y en el caso de que esto no fuese posible, pedía que su señoría emitiese una orden permanente para que Dios dejara no solo de cometer actos dañinos sino de perpetrar lo que Chambers calificaba como “amenazas terroristas” contra el mundo.

Es de suponer que la demanda no prosperó y se fue diluyendo porque no se supo lo que ocurrió con ella y cuál de las dificultades que surgieron impidió que el tribunal sentenciara a favor o en contra. Lo que sí quedó de manifiesto fue que si el sistema legal imperante en la democrática Arkansas era tan loco que aceptaba sentar a Dios en el banquillo de los acusados; la justicia, en el Caribe, bajo un régimen militar y dictatorial, no solo sería capaz de sentarlo y tratarlo como un vulgar traidor a la patria y agente del imperio, sino que designaría al propio Diablo, previamente adoctrinado en el palacio de gobierno, como juez y parte en el mismo juicio de Arkansas tan desatinado y perdido antes de comenzar, que impulsó a Ernie Chambers a manifestar su rencor hacia el Hacedor y planificar una venganza inútil e ineficaz.