• Caracas (Venezuela)

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Claudio Nazoa

Señor Nicolás

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Señor santo:

Hoy, en vísperas de la Navidad, le escribo solo para pedirle que por favor nos traiga un país que se nos perdió.

Como usted recibe muchas cartas, voy a recordarle dónde quedaba y cómo era ese país que hoy no encuentro.

Se llamaba Venezuela, y estaba ubicado al norte de la América del Sur. Era un país donde, hasta en los peores momentos, sus habitantes eran bonitos y felices. Era un país donde, por encima de las diferencias ideológicas, políticas y religiosas que cada quien profesara, existía respeto, perdón y cortesía; incluso, durante momentos difíciles, siempre fue posible que madres y esposas consiguieran que el gobernante de turno indultara a los hombres que, por su ideología, estaban presos, con o sin razón.

Ese país perdido era tan bonito que tuvo un presidente que pacificó a ciudadanos que estaban alzados en armas, quienes pudieron integrarse a la sociedad democrática de la época sin que nadie los juzgara ni discriminara por su pasado. Esta política del perdón que existía en ese país bonito y perdido llegó al extremo de indultar a militares que propiciaron golpes de Estado; y fíjese, señor san Nicolás, ellos se reintegraron a la sociedad sin ninguna limitación en sus derechos ciudadanos, fundaron un exitoso partido político y se instalaron en el poder.

Hoy, querido Santa, estamos en una situación muy difícil, en la cual campean el odio y la división; nadie habla del perdón ni del amor que debería existir entre los seres que habitamos bajo un cielo, que a veces es sombrío, y otra veces, despejado y lleno de luz.

Este país del que le estoy hablando ha sido borrado poco a poco por sus habitantes: ya nadie construye; y lo que ya estaba construido, es destruido. No nos queremos como antes, nos acostamos angustiados con la esperanza de que el nuevo día sea más amable… y, lamentablemente, cuando sale el sol, las cosas están peor.

Cada día es más difícil vivir la vida más allá de respirar, es decir, nos cuesta un esfuerzo inútil tratar de sobrevivir. Cosas tan sencillas que disfrutan habitantes de países que no están perdidos, se transforman, para nosotros, en un calvario; por ejemplo: salir de viaje, comprar alimentos, limpiarse partes íntimas o encontrar medicinas.

Fíjese, señor san Nicolás: el otro día fui al mercado a ver qué había para comprar. En el mercado vi muchos anaqueles vacíos; sin embargo, sorprendían los adornos navideños con los que los dueños habían decorado el lugar por la llegada de la Navidad.

Al fondo, colocaron con su imagen un muñeco inflado de goma gigante. De pronto, una niña como de 7 años que acababa de llegar, corrió hacia él; se veía extasiada, ella no podía creerlo, no le salían palabras de la emoción hasta que de pronto, su bella voz infantil invadió el silencio:

—Mami, mami… mira, ¡hay papel tualé!

Bueno, señor Santa, mejor no sigo, porque si no usted no va a querer buscar ese país; el más bello de todos los países, sobre todo porque es el mío; si lo ve, no olvide que se llama Venezuela.

Si lo encuentra, quiero, por favor, que el 24 de diciembre me lo traiga como regalo de Navidad. No me falle; mire que mi mamá dice que usted sí existe y que lo que no existe, es el país. Yo, por mi parte, sé que ese país no lo soñé: lo viví y quiero volver a vivirlo.

¿Sabe una cosa? Mi hija Valentina me dijo: “Papi, para que las cosas existan, hay que creer en ellas”.

Y yo creo en ellas; por eso estoy seguro, señor Nicolás, que ese país perdido, va a volver a aparecer.