• Caracas (Venezuela)

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Armando Janssens

Semana Santa en el barrio

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Desde el Domingo de Ramos se percibe un ambiente distinto en el barrio: está más sosegado, menos bullicioso. Los mayores dicen que eso no es cierto, que más bien se están perdiendo las tradiciones. Que hay menos fe que antes y que la playa es el nuevo templo.

Como siempre, decenas de adultos y de niños inician el éxodo rumbo a sus familias del interior. Van con ganas porque en toda la semana no habrá agua. Otros, por motivo de trabajo, esperan el martes o el miércoles para seguir el mismo camino.

Este año, la salida no es tan masiva. El dinero no alcanza por los aumentos sensibles de la comida, y cierta angustia por lo que pasa en el país detiene las ganas de salir. “Mejor nos quedamos en casa y así evitamos problemas”. Otros van por un día a las playas del litoral, pero llevan su comida preparada. A pesar de eso, Francisco y sus amistades alquilaron una posada en Ocumare de la Costa, y con una veintena de gente cercana van a pasar los días santos en la playa. Pero, como buen catequista, asegura que van a incorporarse a algunas de las procesiones locales.

La “bendición de las palmas” atrae mucha gente. La lectura de la Pasión de Jesús promueve mucha atención. Los lectores se prepararon bien para que el mensaje de la pasión y de la muerte cale en el corazón y en la fe de la gente. ¡Tantos años que lo escuchamos, y cada vez se capta la respuesta profunda de los asistentes! Es evidente que en el mismo se hace referencia a tantas muertes cercanas, producto de la violencia sufrida que afea nuestra convivencia. El dolor de familiares y amistades se expresa en este momento con nombre y apellido, y recibe el bálsamo de todos en la oración y el abrazo. Este año se centra además la atención en la necesidad de la aceptación mutua, en el diálogo y en la convivencia respetuosa, como nuestros obispos lo solicitan.

Hace algunos años, la señora Dilia organizó unos cursos muy concurridos para enseñar el tejido de las palmas en forma de cruz. Surgen así algunas pequeñas obras de arte, de extraordinaria creatividad, que son presentadas para la bendición y que luego adornan las casas.

El Miércoles Santo se centra, para mucha gente, en el Nazareno de San Pablo que se celebra en la basílica de Santa Teresa. Se va “a pagar las promesas”. Esta vez no hay tantas túnicas moradas, pues cuestan casi el doble que el año pasado. De noche andamos con la imagen santa por el barrio, adornada con decenas de flores aportadas por los vecinos y las bellas orquídeas sobrantes que nos facilita el párroco de Santa Teresa. Durante tres horas se camina por escaleras y callejones que constituyen el sector del barrio Andrés Eloy Blanco de El Observatorio. Mucha gente sale de sus casas para saludar al Nazareno; los hombres interrumpen su juego de dominó con “una fría” en la mano. Un grupito de muchachos juega fútbol en un diminuto campo con el mismo entusiasmo que nuestra Vinotinto, y observan con curiosidad la procesión: “Eso es como en la película que vimos anoche…”. Se huele, además, el pescado frito para la cena. Wilmer saluda con la señal de la cruz y sigue limpiando su “carrito de perros calientes” con el cual mantiene a su familia. La señora María, con su achaque de reuma en las piernas, aguanta con dolor y devoción el largo recorrido al igual que los hombres que llevan la algo pesada imagen. A la llegada, la comunidad tiene un majarete preparado y un dulce de lechosa: “¡Feliz culpa!”.

El lavatorio de los pies, en el Jueves Santo, es el momento de mayor intimidad para los asistentes y las seis parejas de matrimonio escogidas entre todos. El barrio está en paz, la música sacra se oye en algunas partes, mezclada a distancia con los tambores y la música electrónica. Cada una de las parejas se seca mutuamente los pies bien perfumados, que yo, como sacerdote, lavo atentamente con palabras de ánimo y respeto. Terminan con un beso, al son del aplauso de los asistentes. Les hablo de la fidelidad, del amor íntimo mutuo, del cuidado de los muchachos, del cuidado de sus padres, de los mayores y de los enfermos, de la convivencia pacífica, tanto en su hogar como en el vecindario, y no permitir que la política los divida...

El Vía Crucis del Viernes Santo está organizado por los jóvenes mayores y las comunidades de distintas zonas. Son estudiantes de los últimos años de bachillerato, técnico superior, y varios están buscando la licenciatura. (Desde hace algún tiempo logramos aportes para unas becas, con la condición de tener buenos resultados). Cada estación tiene un tema: un problema candente que sufren todos. Se habla de la violencia, de la droga que penetra todos los estratos, del maltrato y de los abusos, de la corrupción dentro de nuestra comunidad. Pero también aquí se señalan los valores que pueden aportar a la superación de los problemas: el respeto hacia el otro, hacia su propio cuerpo, el servicio comunitario y una buena catequesis.

Sábado Santo en la noche, la asistencia es masiva ya que la Resurrección de Jesús se celebra con la bendición del fuego y del agua bendita que siempre llaman la atención. La capilla es bellamente adornada y hasta se canta con mucha emoción el pregón pascual: “¡Alégrense por fin!”. La gente trae sus botellas de plástico, lo que evite accidentes, para abastecerse suficientemente. La catequesis de años ha dado resultado, y el uso del agua bendita es considerado como una expresión cristiana de fe y ha disminuido su uso supersticioso. Las oraciones universales abarcan muchos aspectos por los que orar, incluimos una oración más por nuestro país, en favor de la convivencia política, de la disminución de la violencia y dejar de lado los insultos y acusaciones que destruyen valores.

Para los responsables de todas estas actividades –unas treinta personas– las hermanas prepararon el domingo una sopa cruzada y alguien trajo, ¡oh, milagro!, un “pastel de chucho” que en años no había probado.

¡Felices Pascuas!

Tengo delante de mí una comunidad cristiana que a lo largo de los cuarenta años ha crecido. Observo las calles con casas y edificios muy robustos en un ambiente degradado por la ausencia de varios servicios. La gente, y en especial los jóvenes, tienen estaturas más grandes y fuertes. La comunidad está viva y sufre como todos los problemas de hoy. La esperanza no se pierde sin más. Nuestra fe tampoco: más bien se robustece, se pone más adulta, lo que significa más realista. ¡Esa es nuestra resurrección!