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Mirla Alcibíades

Semana Santa sin austeridad

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El pasado febrero me refería a algunas prácticas carnavalescas que fueron propias de nuestros años coloniales y de la etapa de independencia. Vimos en aquel momento de qué manera se desataba un zafarrancho colectivo, difícil de imaginar en estos tiempos. Como para acentuar los contrastes, después de esos días de locura generalizada venían los de recogimiento, señalados por la semana mayor.

En las primeras décadas republicanas, uno de los procedimientos que se presentaba como propio de esa semana, se materializaba en los escritos alusivos a la conmemoración. Eran textos piadosos generados por poetas y prosistas de todo el país. Versos por aquí, reflexiones y reconvenciones por allá cubrían las columnas de periódicos y revistas.

Otra particularidad estaba señalada por el aprovechamiento que hacían de esos días de recogimiento las autoridades gubernamentales de toda la república. Las máximas autoridades municipales, distritales, estadales y nacionales acudían a los templos de su jurisdicción para ocupar las primeras filas en los oficios religiosos. En Caracas, el presidente, ministros, miembros del cuerpo legislativo y demás empleados de la administración central, copaban las naves de la catedral.

Pero si en esos años los sacerdotes invitaban a la austeridad, no siempre se concretaba la sobriedad esperada. Muchos impresos periódicos llamaban la atención de sus lectores para que conservaran la sencillez en las costumbres. ¿Y por qué se veían obligados a formular esos llamados?, podemos preguntarnos. La respuesta es sencilla, porque la gente no tomaba en cuentas los consejos que oían desde el púlpito.

La primera manifestación de desacatado a la que me quiero referir, tenía que ver con las ropas usadas para visitar los templos. En realidad, desde los inicios republicanos los venezolanos de uno y otro sexo optaron por adornos y vestidos llamativos para escuchar la misa. Hombres y mujeres excusaban esa conducta con el manido argumento de que era la ropa, adornos y perfumes que estaban de moda.

El tema en cuestión alcanzó proporciones tan alarmantes que cuando apareció el Manual de urbanidad, de Manuel Antonio Carreño, en 1854, una de las orientaciones que proporcionaba el autor a sus lectores tenía que ver con este asunto. En determinado momento de su libro, señalaba Carreño cómo había que vestirse para ir a la iglesia. Conozcamos su consejo:

“El vestido que se lleve al templo debe ser severamente honesto, y tan sencillo cuanto lo permita la dignidad personal y el respeto debido a la sociedad; no debiendo jamás estar impregnado de aguas o esencias cuya fragancia llegue a percibirse por los demás concurrentes. Las señoras, en quienes son tan propios y naturales los afeites y adornos, no deben omitir, al dirigirse al templo, todos aquellos que en alguna manera desdigan de la santidad del lugar, y de la humildad y recogimiento que ha de manifestarse siempre ante la Majestad Divina”.

Pero, ¡qué va!, nuestros antepasados (hombres y mujeres) gustaban de ir a la moda cuando entraban a la casa de Dios. Con el paso del tiempo, los días de semana santa fueron asociados con las vestimentas lujosas. Quien no pudiera satisfacer ese requerimiento, iba a misa tempranera. Pero el que quería ser visto, visitaba los templos a partir de las nueve de la mañana.

Para 1879 un cronista caraqueño no vacilaba en definir los días de la semana mayor como "la gran parranda" colectiva. En ese sentido, hablaba del lujo que se desataba durante esos días. Muchos padres de familia, señalaba otro periodista, se endeudaban para que su esposa e hijas estuvieran a la altura de las circunstancias. Quien no podía pagar inmediatamente las llamativas prendas, acudía al fiado. (Después las modistas y costureras pasaban las de Caín para cobrar lo que adeudaban sus clientas). Y es que, cuando menos, había que estrenar el domingo de ramos, el jueves y el viernes santo.

Como observaba el cronista de 1879 que me ha proporcionado información sobre este punto, todos iban a los templos a "enseñarse ellos, y viceversa". Por cuanto la visita a las iglesias era tomada como una manera de socializar, eran muchos los que se atropellaban a la entrada y a la salida de los templos. De ahí que, muchas veces –apuntaba muy periodísticamente mi proveedor de noticias–, "han llegado a traspapelarse niñas de quince y mozos de veinte".

El traspapelamiento tenía comienzos puntuales –indicaba otro cronista. Del lado de acá, el asunto comenzaba cuando llegaba "un grupo de parvulitas" y tomaba posiciones. Del lado de allá, seguía cuando "al frente de aquellas" se atrincheraba "una guerrilla de pollos implumes". Finalmente, al salir de misa era el "empujón por aquí, manotón por allá, pellizco por acá...".

Y, así, de una iglesia a otra. Al terminar el recorrido a las nueve de la noche, se producía el diálogo definitivo entre la de quince y el de veinte:

—¿Por qué me pellizca usted?

—Yo no he sido, mamita.

—¿Y quién, entonces?

...

alcibiadesmirla@hotmail.com