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Fernando Londoño

Seguir como nunca antes

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Dicen que no faltan esclavos que añoran las cadenas, cuando se las quitan. Con la misma lógica no faltarán los que quieran vivir más tiempo “como nunca antes”. Deben ser pocos. Pero si los hubiere, que no falte el recuerdo de lo que se les ofrece en ración doble.

Como nunca antes, se puede alargar la pesadilla de ver a los héroes en las cárceles y a los peores asesinos en los altares de la democracia. Como nunca antes, en lugar de votos se medirán los méritos por el plomo disparado y las bombas estalladas, y los secuestrados y los extorsionados y los niños reclutados. Es cuestión de cambiar de medida.

Como nunca antes, algunos querrán el espejismo de las cifras a la contundencia de los hechos. Por ejemplo, seguir viviendo sin desempleo, solo que con empleos por cuenta propia y lo mejor, no remunerados. Es apasionante trabajar sin paga o empujando una carretilla para ofrecer mangos y ciruelas en las esquinas. El peligro es la escasez de mangos o que crezca en demasía el número de las carretillas que se empujan.

Podríamos seguir, como nunca antes, poblando colegios con niños que aprenden tan de prisa que los dejan libres al mediodía, antes de ofrecerles un almuerzo que pueda engordarlos demasiado. Los padres seguirán tranquilos la jornada. El gobierno garantiza que la educación la completan los combos, las pandillas y las ollas. Por eso entre 68 países medidos, la educación en Colombia lleva el puesto 65, lo que quiere decir que hay 3 que andan peor. Es fantástico. Como nunca antes.

Si de educación superior se trata, las universidades no crecen en capacidad de investigación, ni mejoran en ciencia y tecnología, ni logran mantenerse como antes, para mundos menos competidos. Las paredes y los techos se pueden caer encima de los alumnos, pero no falta el lugar para instalar una buena carpa.

Los mismos hospitales de hace cuatro años, pero cuatro años más viejos, con tecnología vetusta y médicos mal pagos. Lo que los obliga a la eficiencia. Un paciente cada quince minutos es una tasa sorprendente. No hay uno solo que no salga con alguna receta de ibuprofeno, si algo le duele, y de pronto con unas pastillas de antibiótico, por si acaso. Tal vez le va mejor cuando se esté muriendo. Con una buena tutela, conseguirá nuestro nostálgico que lo recete un juez promiscuo. Como nunca antes, claro.

No se necesitan fábricas nuevas. Por eso no hay ninguna y el que lo sepa, que denuncie su ubicación precisa. Y lo que fabrica. Pero hay un medio para que crezca la industria, como nunca antes. Y es nombrar en la ANDI a un amigo del presidente. No produciremos nada nuevo pero nadie va a quejarse, como nunca antes.

El campo no produce nada nuevo. Los cafetales dan casi los 10 millones de sacos de hace 30 años. Lo demás es lo mismo, o menos que lo mismo. ¿Y para qué sembrar más? ¿De qué vivirían entonces los contrabandistas? Todos tenemos derecho al sustento.

Las mismas carreteras que dejó el presidente Uribe solo que ahora llenas de huecos. Pero, eso sí, hay que ver el primor de las licitaciones nuevas. Son como nunca antes, de numerosas y cuantiosas. Y las mismas cárceles, pero no hay problema, porque todo se arregla con los bandidos en la calle.

Los congresistas pudieran ser los mismos. Estos ya aprendieron a repartirse la mermelada, sin hacer cosa de provecho. Tal vez sea mejor así. ¡Qué tal que les diera por legislar! Y los mismos jueces, que sacan las mismas universidades de garaje. Para lo que tienen por decir, con lo que les enseñan basta. Una sentencia de tutela la redacta el peor secretario. Y para aquello de los repartos, con los escribientes sobra.

Así y algo peor vivimos. Todo eso puede cambiar el 9 de marzo próximo. Está en nuestras manos.