• Caracas (Venezuela)

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Marianella Salazar

Seguir mintiendo

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La afición del vicepresidente Nicolás Maduro por la mentira le está resultando muy entretenida como ejercicio de bajo nivel, pero al resto de los ciudadanos nos hiela la sangre. Engañar a un país de la forma tan descarada como lo hace, jugando con el estado de salud del presidente Chávez, al afirmar que se reúne con él durante cinco horas diarias, desde luego que no se corresponde con el escenario real. Ese escenario es otro muy distinto, que podemos imaginar perfectamente cuando el ministro de Información, Ernesto Villegas, dice que el Presidente ha tenido un retroceso y que su problema respiratorio está peor.

Tampoco nos explicamos por qué su familia directa, sus hijas, pero sobre todo sus padres, desde que llegó el cuerpo del enfermo al país, no se hayan asomado a saludar ni de lejos a los fieles seguidores que permanecen en vigilia a las puertas del Hospital Militar. Un comportamiento extraño, cuando públicamente el Presidente ha mantenido una relación tan entrañable con sus padres, y ahora que deberían estar a su lado no están presentes, o es que entran en el recinto hospitalario, inexplicablemente, de forma subrepticia, para que no los vea nadie.

Toda la doctrina armada alrededor de la gravedad del presidente Chávez descansa en la mentira. Mentir y seguir mintiendo. La ocultación de la verdad se construye hasta cubrir por completo la realidad. Sin embargo, Maduro podrá seguir engañando y desmoralizando al pueblo chavista, podrá continuar amenazándonos con sus pelotones cada vez más esmirriados, pero tendrá que rendirse ante las evidencias cada vez más visibles. De nada le valió traer al Presidente de Bolivia, para que atestiguara que se reunió con Chávez y diera una fe de vida, porque el boliviano, argumentando creencias religiosas, se negó a mentir.

 

La soga al cuello

En este momento, enredado como un kilo de estopa en esa maraña de embustes, Maduro se puso la soga al cuello al intentar hacer cambios en el Alto Mando Militar, precisamente, cuando la Fuerza Armada Bolivariana se encuentra sin mando superior por la ausencia de su comandante en jefe y exige constatar su presencia física.

La Fuerza Armada no puede continuar con un vacío de mando. Maduro no ha sido elegido popularmente, no tiene cualidad para ser comandante en jefe de la Fuerza Armada y no puede ni dejan que usurpe esa función. El ministro de la Defensa, almirante Diego Molero Bellavia, tampoco puede ser sustituido sin crear una grave crisis en el componente de la Armada; su juramentación –pospuesta varias veces el año pasado, porque el Presidente estaba en Cuba recibiendo tratamiento– finalmente ocurrió el día que regresó de La Habana para despedirse y designar a su sucesor, en el caso de que por alguna circunstancia no pudiera asumir la Presidencia el 10 de enero.

La juramentación del almirante Molero era un asunto pendiente de extrema importancia para el presidente Chávez. El nombramiento de un nuevo ministro de la Defensa perteneciente a la Armada se dio para convencer a los miembros de ese componente –donde no quieren saber nada de los cubanos–, de respetar la decisión del Presidente y apoyar a su heredero político, Nicolás Maduro, que no gozaba, ni goza, de la simpatía de la Armada ni de la Fuerza Aérea. Un cambio de ministro de la Defensa, en la actual coyuntura, cuando el comandante en jefe no está presente ni puede reunirse con los representantes del Alto Mando Militar, ahondará la grave crisis institucional de la Fuerza Armada, a un tris de estallar, y que no pueden continuar sometiendo y silenciando con las mentiras descomunales del vicepresidente Maduro.