• Caracas (Venezuela)

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Juan Barreto

Seguir hablando de revolución

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Detengámonos en el término revolución. ¿Será que cuando Marx habló de revolución lo hizo simplemente porque quería construir un modelo analógico y lo que tenía más a mano era el maquinismo y la revolución industrial?, ¿será que Marx era tan ingenuo que pensó que la naturaleza de la transformación podía ser resumida en la explosión interior de un pistón que produce un movimiento de un eje que gira sobre sí mismo dando una vuelta de 180 grados?; ¿o será que Marx, agarrándose de esa metáfora, intenta construir unidad de movimiento?, ¿qué quiso decir Marx cuando dijo revolución?, ¿quiso describir la naturaleza de los cambios al interior de la sociedad capitalista a partir de la metáfora del maquinismo, u otra cosa?

La idea de revolución puede asimilarse a la de explosión e irrupción, producto de la síntesis de distintos movimientos. Más allá de la metáfora de la máquina que produce y más allá del proceso interior de la máquina, significa ruptura con un ciclo. Marx pretende conseguir en el movimiento y la irrupción frente al ciclo de acumulación, los puntos de quiebre, los momentos a partir de los cuales pueden producirse líneas de fuga que hagan posible la construcción de algo nuevo. Por eso, nos parece que tiene sentido y es sumamente necesario, para que otro mundo sea posible, seguir hablando de revolución.

Una revolución niega y afirma desde el movimiento, pues prolifera en nuevas líneas de fuga. Esto lo vemos cada vez que las multitudes roban la calma al presente y desquician cualquier forma de buena conciencia. Los que apostamos a las resistencias, a la memoria que libera, a más de 500 años de luchas, a la emergencia insurgente de sus proclamas ante los obreros del mundo, sabemos que Marx es enormemente oportuno para una nueva interpelación al presente, como inspiración impugnadora, concretada en ocasiones políticas y en distintos disturbios del devenir.

Por eso hacemos una lectura de lo social desde lo social-concreto. Entendemos el mercado y el Estado más allá de sí mismos; eso nos permite reconstituir las trayectorias del sujeto de las transformaciones y su subjetividad, es decir, la naturaleza del nuevo bloque social y su lucha por la hegemonía (fundada desde la subjetividad general del trabajo como producción social).

Para construir un concepto de transformación desde ese sujeto múltiple, como ruptura de la lógica del ciclo de acumulación de eso que llamamos capital, hay que partir de estas consideraciones. Por ejemplo, podemos hablar con propiedad de distintos tipos de movimientos sociales, por su naturaleza política: retrógrada o revolucionaria; por su filiación geográfica: local, regional, nacional, internacional; por su naturaleza de clase: policlasista o monoclasista; por su duración en el tiempo: efímeros o permanentes.

Siguiendo esas pistas, haciendo una arqueología de las relaciones de fuerza y de poder que han hecho posible las distintas trazas desde el pasado hasta el presente, vamos dibujando ese perfil de personalidad de lo que es nuestro propio discurso en relación con lo social.

Detengámonos un poco. Ernesto Laclau subraya la capacidad que debe tener el pueblo para constituir una potencia política que organice y estructure una hegemonía, que a su vez motorice los grandes cambios sociales.

Pues bien, Venezuela es un buen ejemplo de la doble direccionalidad necesaria para que un movimiento aparezca como línea de visibilidad: este pueblo combina la dimensión vertical, que es su influencia sobre el actual Estado y su derivada, y una dimensión horizontal, que es el desarrollo de la base comunal de la nueva construcción social. La posibilidad de consecución de objetivos que potencian la acción política emancipadora del pueblo está en su permanente organización en movimientos, que se articulan en redes.