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Rodolfo Izaguirre

Sapitos

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La mitología urbana señala, celebra o acusa a Inocente Palacios, urbanista y promotor cultural, de ser responsable de que el país esté poblado de esos minúsculos sapitos que se hacen sentir muy particularmente en las noches de lluvia.

 

Al parecer, y es lo que siempre he escuchado decir, Inocente (creador de la Escuela de Arte de la Universidad Central, hombre encantador y exquisito musicólogo) los escuchó en uno de sus viajes por las Antillas y, extasiado, logró traer algunos ejemplares que soltó en el jardín de su casa para su personal deleite, sin sospechar que aquellos sapitos iban a reproducirse tan precipitada y aceleradamente que no sólo invadieron la urbanización donde vivía, sino toda Caracas y luego, el país entero.

 

No me consta lo dicho, pero "¡se non é vero é ben trovato!".

 

En todo caso, cuando mi hijo Boris llama desde Londres, Madrid o donde se encuentre pide, de ser posible, que orientemos el teléfono hacia el jardín para deleitarse con la música monocorde de los sapitos que revive seguramente en su memoria recuerdos menos ingratos que los míos.

 

En los primeros tiempos yo vivía aturdido y desesperado por el incesante, agudo y obsesivo sonido de los sapitos.

 

Sin poder dormir en placidez, parecía uno de esos zombies o muertos en vida escapados de las películas de George Romero, o un marido que acaba de ser padre de un bebé hambriento y debe arruinarse el sueño para darle los teteros.

 

Una noche, Salvador Garmendia pidió mi automóvil para bajar al aeropuerto y recibir al escritor uruguayo Ángel Rama (Montevideo, 1926) que visitaba por primera vez el país venezolano. Garmendia lo conocía de algún congreso latinoamericano de literatura y por cortesía, una vez en Caracas y antes de llevarlo al hotel, quiso que yo conociera a su invitado. De manera que la primera casa que Ángel Rama conoció en Caracas fue la mía.

 

Yo vivía en la planta baja de un edificio rodeado de un jardín que comenzaba a poblarse con los inocentes sapitos de Inocente Palacios.

 

Cuando en 1977 la satrapía militar del Uruguay negó la renovación de su pasaporte uruguayo, Rama adquirió ciudadanía venezolana. Fue hombre de sólida cultura vinculado en los inicios de la Biblioteca Ayacucho como director literario.

 

Desdichadamente, escribió un libro en el que desestimaba a quienes le hicieron grata y útil su vida venezolana. Murió en 1983 en el accidente de Avianca, en el aeropuerto de Barajas, junto con su esposa Marta Traba y los escritores Manuel Scorza, de Perú; Jorge Ibargüengoitia, de México, y la pianista catalana Rosa Sabater.

 

Me sorprendieron en el jardín, en pijamas y con una linterna en una mano tratando de encontrar en la grama y bajo las macetas a aquellos sapitos para saber cómo eran, y en la otra mano un rociador de insecticida para exterminarlos porque llevaba varios días insomne con los nervios alterados sin saber que necesitaría, como Sherezade, la hija del visir, mil y una noche más antes de acostumbrarme a no oírlos.

 

Al verme en aquella situación, Ángel Rama ¡quedó petrificado! Traté de explicar, no sin ciertos balbuceos, mi atolondrada conducta y la repudiable acción de exterminio, lo que contribuyó a que quedara aún más estupefacto al enfrentarse a los delirios de un intelectual (¡el primero que conocía en tierra venezolana!) gimoteante, víctima insomne y alucinada de los invisibles sapitos de un musicólogo millonario enamorado en las Antillas de un sonido enloquecedor.

 

Fue cuando el uruguayo me miró y dijo con piadosa sonrisa: "¡No necesito de ninguna otra información para saber que ya llegué a Venezuela!".