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Fernando Londoño

Santos en su laberinto

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El problema de los laberintos no está a la entrada, sino a la salida. Los ambiciosos se pierden para siempre buscando el tesoro, y nunca se sabrá si lo encontraron. Los pilotos chambones se matan mirando adelante, sin verificar los caminos de retorno. Por eso no entendimos la jugada de declararle amor al comandante Chávez, cuando ya el sol caía a sus espaldas. Que Santos era desleal, lo puso en evidencia; que jugaba fuerte a las cartas, nadie lo ignoraba; pero que insensato, era dato nuevo, en la sorprendente biografía de Don Juan Manuel.

Cuando desde su posesión declaró amistad sin reservas al tiranuelo de Venezuela, ya estaba marcado el destino de ese sorprendente amigo. Ya tenía quebrada la nación más rica de este continente y todo era cuestión de tiempo en el camino del desastre. Ya había cometido todas las locuras. Ya había hecho todos los regalos, permitido todas las truhanerías de su séquito insaciable y ya se había arrimado a todas las violencias.

¿Por qué se metía Santos en ese laberinto?

No teníamos esa respuesta. Ignorábamos que el ludópata se estaba jugando la carta que supuestamente lo llevaría a la gloria, la de la paz con las Farc. Su hermano Enrique, el mismo que en años mozos posaba con ‘Tirofijo’, cuando al parecer no era delito sino cosa distinguida arrimarse a los bandidos, tenía preparada la escena. Cuba sería el paisaje, porque las Farc necesitaban sentirse entre amigos y porque el golpe fantástico incluía el rescate moral de los hermanos Castro. ¡Menuda empresa!

Y Santos emprendió su camino sin regreso. Si hubiera leído una página de mitología griega, se abría armado de un hilo como el de Ariadna. Pero nunca oyó hablar de esa señora. Ya vería por dónde buscar una puerta de salida.

Y Chávez se murió, después de cumplir su cometido de poner en La Habana los deplorables despojos de la comandancia fariana. Y Santos persistió en su representación, ante la mirada socarrona de los listos y el aplauso de los que se llenaban de mermelada por aplaudir. Pero el tiempo seguía su marcha implacable. Y el chavismo se enredaba más cada día, cometía más violencias, más robos, más idioteces. Y le llegó la hora final. Y Santos no sabe cómo despedirse.

Si aplaude a Maduro, se cae con Maduro. Si lo censura, Maduro le tumba la mesa de La Habana. Si no toma distancia con los Castro, se va a ir a pique con ellos. Si la toma, sabrá que algunas traiciones no se perdonan. Si vuelve los ojos hacia sus amigos del sur, los encuentra más enredados que él mismo. La Kirchner quiere renunciar, pero no puede. Correa perdió las elecciones. Del Foro de São Paulo no quedan sino cenizas. La Rousseff tiene bastante con sus problemas y la Bachelet es socialista, pero no tonta. Sin saber cómo ni a qué horas, Santos se quedó solo, perdido en su laberinto.

Claro que su gran problema es Maduro. Las barricadas no paran de levantarse en todas las ciudades de Venezuela. El pueblo tiene hambre y el Gobierno no tiene con qué darle ni migajas de pan. El mundo entero se hastía del tirano y Diosdado juega su propia partida. ¿Qué hará Santos cuando caiga el telón de esa tiranía? De una cosa estamos seguros. El pueblo de Venezuela no lo dejará subir al carro de la victoria. Ya lo traicionó lo suficiente.

Mientras todo esto pasa, el solitario Presidente le da algo de circo a la opinión colombiana. Les tira carne de general a los lobos, se inventa conspiraciones, ensaya promesas y busca a quién más comprar, y con quién encontrar un punto de consuelo. No sabe qué camino tomar. La oscuridad es infinita y muy cerca se oyen los bufidos horrendos del Minotauro.

Ahora comprende que por su loca ambición se metió en el laberinto. No en balde puso Dante a los traidores en el noveno círculo de los infiernos.