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Beatriz de Majo

Santos, cuatro años más

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Ahora que sabemos que, en buena lid, Juan Manuel Santos se armó con la continuidad de sus políticas, particularmente la muy controvertida de la negociación de la paz, y aliviados de las distorsiones y las turbulencias de la campaña electoral en Colombia, hay que decir que dos cosas, por lo menos, quedan de saldo en el panorama de los observadores de los hechos de ese país.

Una de estas es la muestra de bajezas que rodearon a los políticos más destacados del país en estas últimas semanas. Colombia no mostró su mejor cara con los ataques rastreros, las descalificaciones, las mentiras y las verdades a medias puestas en el ventilador por sus líderes. Hay que reconocer que Álvaro Uribe, detrás de bambalinas, fue una pieza clave en este proceso y se mostró como un líder fuerte pero con una gran perversa dosis de personalismo y una incapacidad total de admitir el disenso de quienes no votaron por sus tesis. Su caudillismo recibió un muy fuerte golpe este pasado 15 de junio.

El otro hecho que deja un mal sabor es haber visto a más de la mitad de los ciudadanos calificados para votar quedarse en sus casas como si lo que estuviera en juego fuera poca cosa. No es válido argumentar que quienes prefirieron la pantalla del fútbol que el voto por el futuro de su país y de sus hijos lo que hicieron fue usar la abstención como una forma de expresarse. Ante la colosal tarea que tiene frente a sí el gobierno para los cuatro años que vienen era necesario votar en favor de una cualquiera de las dos polémicas tesis de paz o pronunciarse en blanco para rechazarlas a ambas, pero no adoptar la actitud indiferente e irresponsable que observamos en esta segunda vuelta. 55% de los vecinos no acudieron a esta cita con Colombia y ello hizo que el presidente tenga solo el endoso de uno de cada cuatro de sus compatriotas.

Santos tiene ante sí su propio compromiso de poner la acción donde estuvieron sus palabras, de manera de contar con el respaldo del resto de sus compatriotas para cuando le toque consultar al país sobre su fórmula de pacificación, una vez alcanzado un acuerdo firme con los terroristas en todos los puntos de la agenda de La Habana. Le va a tocar convencer a 75% de los colombianos que el camino seleccionado por el gobierno y los insurgentes es bueno, justo, reparador y que promete un futuro viable y mejor.

Para ello tiene que reforzar lo que viene haciendo en otros terrenos en los que ha sido exitoso de manera que su popularidad ante el electorado se afiance y crezca. Los resultados que está reflejando el crecimiento económico son un fenomenal punto de partida. Colombia, en el primer trimestre de 2014, expandió su crecimiento hasta 6,4%, muy por encima de lo que vaticinaban los analistas que apenas le concedían un muy ventajoso 5%. Hacer que ese crecimiento produzca una redistribución de sus ventajas en todos los terrenos y que se manifieste en el mejoramiento de la desigualdad es imperativo dentro del corto plazo. Ya es conocido cómo los efectos sociales del crecimiento económico son lentos en manifestarse.

A Santos lo ayudará el buen desempeño económico que ha alcanzado y particularmente el efecto benéfico que la alta tasa de inversión –interna y externa– va a provocar en la dinámica doméstica. Jugará a su favor también que los efectos nocivos de la apertura económica emprendida ya están siendo manejados con destreza por los sectores económicos y, si su gobierno toma conciencia de que tiene que proveerle herramientas de competitividad al campo, el país marchará con pie firme a ser una de las mejores economías continentales.

Queda desearle que su evidente necesidad de reconocimiento no lo traicione a la hora de negociar con los criminales el porvenir de los suyos.

Si todos los elementos anteriores los atiende con firmeza y equilibrio y si se hace acompañar de los mejores individuos, Colombia tiene frente a sí un panorama muy prometedor, que nos llena de sana envidia.