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Raúl Fuentes

Santidad en si condicional

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“Una idea fija –ironizaba Jacinto Benavente– parece una gran idea, no por ser grande sino porque llena todo un cerebro”; y, agrego yo, si el magín no da para mucho esa idea puede abrumar a su dueño, quien la rumiará hasta el delirio. Lo vemos en Maduro y su obcecación con conjuras de la “derecha fascista”, cuyos gestores internos estarían aupados desde el exterior. Tal retintín, que ya nos tiene hasta los tequeteques, ha sido obertura, núcleo y epílogo de todas sus peroratas, como se demostró cada vez que le tocó referirse al caso de la ex reina de belleza recientemente asesinada; mintiendo por omisión y engañando por compulsión para prolongar su impostura, confundió problemas con soluciones y pretendió vender sus fracasos como victorias para quedar expuesto a la manera del rey desnudo.

Durante uno de esos actos planificados para consolidar la reescritura de la historia y la falsificación del pasado que aconsejan los manuales castro-bolivarianos, Maduro aseguró que el asesinato de Mónica Spear ha desatado “en un pequeño grupo de la derecha internacional y la ultraderecha fascista que vive en Venezuela una campaña de odio contra el país”. De nuevo la falacia fue médula de una monserga con la que ensayó sacar partido al crimen y sirvió para que los venezolanos descubriéramos que el relativo apoyo que le brindó un electorado inestable, deslumbrado por los remates y rebatiñas previas a las elecciones –y cuyas consecuencias pagamos hoy con escasez crónica– ha magnificado la arrogancia de quienes hacen de la ideología un cruel argumento para justificar el soborno y la extorsión como herramientas proselitistas, por lo general expresado en gerundio y modo condicional.

El gerundio es la forma verbal preferida del oficialismo; en sus esporádicas rendiciones de cuenta, los enchufados de alto nivel siempre afirman estar “estudiando” o “proyectando” obras que nunca arrancan, o “trabajando” en otras que arrastran retrasos desde su concepción, sin precisar nunca cuándo estarán listas; pensar en gerundio es vivir en presente sin preocuparse del ayer ni del mañana: lo importante es el aquí y el ahora, porque las explicaciones sobre lo actuado y lo por venir no tienen razón de ser en un proceso de génesis sanguinaria y destino incierto. El gerundio no compromete; tampoco el si condicional, profusa e indistintamente aplicado a la oferta demagógica y la amenaza bravucona de todos los funcionarios, del impostor hacia abajo, que creen detentar (o aspiran a ello) algo de poder: si se someten al plan de la patria, entonces podemos hablar; si reconocen la legitimidad de Nicolás, podrán hacer uso de su derecho de palabra; si votan por nosotros para las alcaldías, el gobierno nacional construirá tal o cual improvisado caramelito electorero.

La oferta engañosa, el cohecho y el chantaje han generado singulares maneras de utilizar la gramática y estructurar un lenguaje alternativo para uso de embaucadores populistas que, sin temor al ridículo, se valen de esta neolengua para vender sus embelecos ideológicos con mucho de circo y nada de pan, papelón o papel. Porque eso es lo que, hasta ahora, ha apuntalado al chavismo sin Chávez: un show de nunca acabar en torno a las dramáticas circunstancias de su anunciado final, las cuales fueron manipuladas desde mucho antes de anunciarle al país su desaparición y emprenderla con el mito como base de una veneración mágico-religiosa que garantice la supervivencia política del hatajo de oportunistas que tripularon su submarino. Una jugada de doble filo que desviste aún más al reyecito que pretende encandilar con verbo refractario a la luz; su opacidad, sin embargo, no le impide hacer el ridículo y nos sorprende, días antes de presentar su memorial de cuentos a la AN, convertido en émulo de san Francisco de Asís, espulgando perros y gatos realengos, animales de la patria que requirieron la atención personalizada de este doctor Dolittle tropical capaz de entenderse con pájaros, pero incapaz de despiojar a los niños que vagabundean por las calles de nuestra cada vez más tenebrosas ciudades o de extirpar las ladillas de los millares de reclusos hacinados en infamantes ergástulas.

Proteger a los animales no garantiza santidad, si no el cielo estaría poblado de guardianes de zoológico y empleados de perreras municipales; no las tiene todas consigo Maduro para su canonización; verlo juguetear con mininos desamparados nos hizo pensar en Clarence Darrow –célebre abogado norteamericano cuyas apasionadas defensa de causas que parecían perdidas lo convirtieron en leyenda y que, gracias a Hollywood, conocimos por películas como Heredarás el viento (Stanley Kramer, 1960)– quien afirmaba: “Cuando era niño me decía que cualquiera podía llegar a ser presidente de la nación; estoy empezando a creerlo”. Yo no lo creo, ¡estoy seguro!

 rfuentesx@gmail.com