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Miguel Ángel Cardozo

Sanantoñeros y venezolanos, no se lo pidan a San Antonio

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Si hay algo que siempre expreso con el mayor orgullo es que soy caraqueño –de pura cepa–, pero hoy también me siento como el más auténtico de los sanantoñeros.

En Caracas nací, crecí, estudié –y sigo estudiando–, estreché imperecederos lazos de amistad, conocí el primer amor –y otros posteriores–, tuve mi primer trabajo –y algunos más, incluso en la actualidad– y he vivido muchos de los momentos más relevantes de mi aún corta existencia.

En San Antonio de los Altos –donde resido desde el 3 de enero de 2004– he continuado mi crecimiento, cultivado otras amistades, conocido otros amores, realizado otros trabajos y vivido otros momentos de enorme trascendencia para mí; y todo ello pese a que en mis primeros días en tan edénico lugar pensé que nunca me adaptaría. ¡Cuán equivocado estaba entonces!

Lo que más amo de San Antonio –además de la tranquilidad y la cercanía de la naturaleza– es que allí, en el diario convivir, me envuelve una calidez humana que me recuerda a la que cotidianamente experimentaba durante los –no tan lejanos– años de infancia, adolescencia y temprana adultez, y que ahora –por más que me empeño– ya no logro hallar en medio de la hostilidad de mi amada Caracas.

En todo caso, este 13 de junio –como un sanantoñero más– participaré por undécima ocasión en lo que quizás constituye el momento más solemne e importante del año en nuestra ciudad: la conmemoración de san Antonio de Padua, su patrono.

Pero este nuevo aniversario es particularmente significativo, ya que transcurre en el marco de una profunda crisis que amenaza con sumir al país en las densas tinieblas del atraso y la barbarie, por lo que sin duda no faltarán las preces al santo por la democracia, la paz, la unión, la justicia, el progreso, la prosperidad, la identidad nacional y muchas otras cosas extraviadas.

A este tenor, es fácil imaginar que las dulces abuelas, con todo el ardor de su fe, suplicarán que la vida recupere su sacro valor en esta patria y no sea –cuan tierna mies– prematuramente segada por la iniquidad de unos pocos.

Las gigantescas madres, en humilde prosternación, rogarán que a sus hijos no se les siga privando de alimentación, salud y educación de calidad, además de la recreación y los buenos ejemplos de ciudadanía tan necesarios para un desarrollo humano pleno.

Los hombres de bien, con tímida reverencia, pedirán el auxilio que les permita mantenerse firmes pese a la desmesurada carga de la adversidad, para estar así en capacidad de contribuir a la construcción de un mejor país.

Los desenfadados jóvenes, con sencillas palabras y pulquérrima alma, preguntarán al santo si sería posible contar con su ayuda en la pacífica lucha por la libertad y el futuro.

Y a todo lo anterior se sumarán sin duda muchas otras peticiones de carácter individual, cuyo número será proporcional al de los tantos males que actualmente aquejan a la sociedad venezolana.

Solo esperemos que nadie cometa el desatino de poner al santo cabeza abajo con la severa indicación de que permanecerá en tan incómoda postura hasta que los altos funcionarios colorados sean honestos y sensatos.

¡No le echen esa tremenda vaina a san Antonio!

 

* Profesor de postgrado de la UCAB e investigador.

** Doctorando en Gestión de Investigación y Desarrollo, UCV. Especialista y magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales en Salud, UCAB. Odontólogo, UCV.

 

@MiguelCardozoM