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Antonio Sánchez García

Salvador Allende. Parte II

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“No he desposeído a nadie, no he usurpado el pan a nadie.

Nadie ha muerto en mi nombre. Nadie”.

Primo Levi

 

Leo una extraordinaria biografía de Salvador Allende escrita por el asturiano Jesús Manuel Martínez, premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2009 y publicada en Oviedo por Ediciones Nobel. Me la dejó en prueba de amistad con el encargo de leerla y comentarla un muy querido amigo chileno, el senador por el Partido Renovación Nacional y ex ministro de Defensa del gobierno de Sebastián Piñera, Andrés Allamand.

La cita de Primo Levi con que encabezo este artículo se la debo a Jesús Manuel Martínez. Quiso, con ella, adelantar de entrada el retrato moral de un hombre de bien, que pudo haberla suscrito en todos sus términos. En un exitoso esfuerzo de análisis histórico del Chile del siglo XX en que transcurre la vida del médico Salvador Allende Gossens, demócrata, socialista, masón y apasionado defensor de la causa popular, se nos entrega una lectura de tiempo y pasión del joven médico nacido en Valparaíso el 26 de junio de 1908, siete años antes de que la contrafigura del mártir, Augusto Pinochet, naciera en esa misma ciudad portuaria, un 25 de noviembre de 1915.

Es una biografía apasionante, como el país que retrata y la vida del tribuno de izquierdas que acompaña todos los avatares de su patria desde que saliera de su adolescencia y realizara sus estudios de medicina. Basta indagar en su tesis de grado, escrita en 1932, a los 24 años para comprender la distancia insalvable que media entre sus convicciones profundamente democráticas y las figuras de caudillos dictatoriales como los que hoy gobiernan en Cuba y Venezuela. En ella escribe: “Así se explican algunos aspectos verdaderamente trágicos que adquieren estos delitos colectivos, pues en las multitudes se desarrolla con excesiva facilidad un fenómeno psicopatológico que eminentes psiquiatras han estudiado, y que se considera como un virus destructor. Nada más fácil entonces que la influencia perniciosa que sobre las masas puede ejercer un individuo en apariencia normal, y que en realidad, al estudiarlo, nos demostraría pertenecer a un grupo determinado de trastornados mentales”. ¿Puede alguien desconocer la personalidad trastornada a la que podría ir dirigida hoy esta sencilla e irrebatible constatación científica?

De la lectura de esta biografía documentada hasta en sus más insignificantes detalles resaltan algunos aspectos de la personalidad de Salvador Allende que antes que demostrar un talante extremista, revolucionario, leninista, bolchevique y muchísimo menos castrista demuestran su carácter ponderado, socialdemocrático, parlamentarista, asambleario, constitucionalista. Jugó todo su peso político en la conformación del Frente Popular que llevó al poder de la república a tres presidencias, las de Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla, todos del Partido Radical (socialdemócrata) entre 1939 y 1946. Y en sus esfuerzos políticos fue sistemáticamente boicoteado por la fracción más radical del Partido Socialista, con el que jamás logró convivir en armonía, hasta constituirse en un factor individual, per se, independiente, propio de la política chilena.

A lo largo de su prolongada vida como senador de la república (1945-1970), un cargo de alta honorabilidad en una institución sagrada de la democracia chilena, convivió en los términos más afectuosos y de altísimo respeto con todos los presidentes chilenos de ese período, todos los cuales habían cumplido previamente con ese paso obligado de la tradición presidencial chilena: haber hecho una larga pasantía por esa suerte de Senado romano. Los presidentes, en Chile, no salían y muy posiblemente no salgan jamás de la manga de un prestidigitador de masas. Chile, desde cualesquiera de sus orígenes étnicos y raciales, es un país serio.

Recién casado con Tencha Bussi, una profesora de historia y geografía nacida en 1914 en la ciudad de Rancagua, al sur de Santiago, se mudó en 1938 a un caserón de estilo francés ubicado en la calle Victoria Subercaseaux 181, aledaña a La Alameda, en donde también vivían algunos exiliados latinoamericanos, como el peruano Luis Alberto Sánchez, del APRA, y Rómulo Betancourt. Con el líder venezolano y la compañía del diplomático chileno Hernán Santa Cruz, a quien me unieran lazos familiares, solían amanecer trotando por el Parque Forestal y haciendo sesiones de boxeo usando como sparring a un famoso y muy popular boxeador chileno ya retirado llamado Chicharrita.

Cuesta imaginarse a ese Salvador Allende profundamente republicano, demócrata y parlamentarista, tolerante, conciliador, culto y educado, galante y distinguido, parlamentario de tradición y doctrina, encabezando un gobierno totalitario, pervirtiendo a las fuerzas armadas, entregando la soberanía, despilfarrando un trillón trescientos mil millones de dólares y estableciendo un concubinato con Fidel Castro que bordea la obscena seducción de la concupiscencia, la maldad y la intriga. Cuesta imaginárselo indiferente al asesinato de 200.000 de sus compatriotas mientras prohíja el asalto de los suyos a los bienes de la república. Cuesta imaginárselo mintiendo con descaro o cayendo presa de los delirios de un narcisista compulsivo y un megalómano con delirios planetarios. Cuesta imaginárselo arrastrándose detrás de las sotanas para preservar su vida. Cuesta imaginárselo a él, un galante don Juan dueño de secretos de alcoba golpeando a mansalva a sus mujeres o en sórdidos tratos de ambigua dominación carnal con sus secuaces.

Tiendo a pensar que empujado por su ambición política –que la tuvo más allá de toda medida– se vio en la obligación de asumir la conducción de un proceso que lo desbordó a poco andar su presidencia más allá de las posibilidades reales de su homérica capacidad de maniobra, poniéndolo al timón de un barco condenado al naufragio. Tiendo a pensar que desbordado por esas pasiones políticas y sociales desatadas hizo cuanto estuvo a su alcance por volver las aguas a sus cauces e incluso dispuesto a renunciar a la presidencia tras el fracaso de un referéndum que se empeñó en realizar, en la absoluta soledad de la incomprensión de los suyos y perfectamente consciente de que la partida estaba definitivamente perdida.

Una tradición chilena sostiene que el hombre es libre incluso en el momento de su muerte. Puede optar por morir como un cobarde o como un valiente. Allende, consciente de que la partida había culminado con un histórico fracaso, optó por morir como un valiente. Asumió su responsabilidad sacrificando lo único que aún le restaba: su existencia. Es una vida noble y consecuente. Parangonarla con cualquier otra que no esté a su altura, es hacerle escarnio. Compararlo con cualquiera de los promotores de esta tragicomedia, una humillación.