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Ildemaro Torres

Salud (Pero sin brindis)

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Hemos sido testigos de la aparición de numerosos casos de sífilis, del retorno del paludismo, hasta de epidemias de dengue hemorrágico y otras, como información destacada de los diarios. Pero no menos preocupa que al lado de esa noticiosa patología existe otra, estable e incorporada en nuestro medio a una rutina de mal vivir: la de la desnutrición y gastroenteritis, que arrastran con ellas muchas víctimas infantiles.


En un recorrido por la geografía venezolana y una incursión en la vida de su población, las estadísticas de salud y educación demuestran la enorme distancia que existe entre las declaraciones sobre el significado de la infancia, y el comportamiento del Estado en relación con los niños. Hay sí el buen cuidado de que no percibamos que la salud es un derecho humano, y una obligación del Estado garantizarla. Incluida la bufonada del fallecido comandante de que dejaríamos de ver “Niños de la calle” o él se cambiaría de nombre…, en los años de esta “Revolución” nunca han gozado tales seres de los derechos que los asisten, porque no se les reconoce y respeta como ciudadanos que viven en presente y deben tener cubiertas todas sus necesidades básicas, sino que se les usa como ornamentos de ramplones discursos sobre el futuro y el eventual gran papel que ellos están llamados a cumplir.

Súmese el hecho documentado en incontables publicaciones, de cómo las Facultades de Medicina han sido fundamentales para la investigación biomédica y consiguiente creación de conocimientos. Lo que hace cada vez más absurdo el desprecio oficial a esa labor institucional, al desconocerles la capacidad de hacer aportes concretos y novedosos.

Debemos asumir una posición firme, resuelta. En cuanto al compromiso como ciudadanos y al recuento de qué hacemos al respecto, incluso en los diversos desempeños profesionales, merecen reconocimiento nuestros médicos, gremio en el cual abundan jóvenes de sólida formación, estudiosos, entregados con definida vocación a la realización de sus postgrados y a la prestawción de servicios asistenciales, y que además de devengar sueldos miserables padecen la política oficial de desprestigiarlos a nombre de abrir espacio a los cubanos traídos a trabajar en consultorios, pero de cuya condición de médicos no existe ninguna constancia o certificación conocidas. Y ¿qué de nosotros?, si todavía constatamos la falta de acueductos en muchos pueblos, la existencia de lugares en el territorio nacional sin centros asistenciales y ni siquiera caminos vecinales, la ineficiencia de las autoridades sanitarias del país, la falsa gratuidad de la atención médica en los hospitales públicos, al verse conminados los pacientes a llevar su sábana, sus cubiertos, y los remedios con que los van a tratar; el hacinamiento en los hospitales infantiles y de escolares en locales ruinosos e insalubres, el deterioro del ecosistema con el empobrecimiento de la higiene ambiental por basura acumulada y abundancia de cloacas abiertas, y un largo y doloroso etcétera.

Entonces, ¿a qué considerar “Normalidad”?. Me atrevo a afirmar que cada uno de nosotros tiene, a título personal o como miembro de una comunidad, una percepción y una valoración propias de a qué llamar “normal”, referido a la vida y a los rasgos que de facto la definen y caracterizan.

Y ¿Por qué abordar el tema con cierto apremio? Porque en la Venezuela actual, militarizada, saqueada y degradada en forma humillante, la legión de herederos del caudillo parece tener, como plan existencial, llevarnos a la condición final más primaria, a la reducción de todo valor ético, moral e intelectual, pretendiendo a la vez hacernos creer que se trata de un revolucionario concepto de “normalidad”.