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Rodolfo Izaguirre

Salir de la jefatura

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La vigésima segunda edición del Diccionario de la Real Academia es desvergonzadamente avara respecto a la palabra "jefatura" cuando en su segunda acepción indica escuetamente que se trata de un "puesto de guardia de seguridad a las órdenes de un jefe", y le escamotea así a los venezolanos la calidad y extensión que en el ámbito social y político han ocupado tradicionalmente las jefaturas civiles cada vez que, para ahondar en su desprestigio, han sometido a quienes caen en ellas a castigos corporales y humillaciones de toda naturaleza. Los lugares, cosas y personas ofrecen olores que les son característicos. En las jefaturas civiles persiste el llamado "olor a policía". Y, al parecer, es inevitable que en su interior el tiempo y la convivencia con los detenidos evidencien los pegotes tristes y sucios del desamparo sometido a la autoridad policial que en el país tiende a ser dura y despiadada con los desposeídos.

Es cierto que son organismos administrativos encargados de dejar constancia de hechos o actos relativos al estado civil de las personas naturales, y yo mismo me casé en la Jefatura Civil de Chacao por el artículo 70, que no es otro que el de legalizar una unión concubinaria. El juez que me casó abandonó momentáneamente la ceremonia para atender en el pasillo una llamada telefónica, y Salvador Garmendia, mi testigo junto con Pedro Espinoza Troconis (un nombre importante en la Escuela de Periodismo de la UCV), se fue tras él y le escuchó decir: "¡Aguántamela allí, mientras salgo de este setentazo!", en referencia tal vez a la cervecita bien fría en el bar de los amigos o a una partida de bolas criollas en el club. Con un juez de ese talante no resultaría desatinado pensar que en los sótanos de la jefatura tendría que existir un calabozo para encerrarlo por falta de respeto hacia mi matrimonio. ¡Porque calabozos siempre los hubo en las jefaturas civiles! Y en la de Chacao, precisamente, compartí uno con un grupo de borrachitos por estar yo pintando en la calle consignas políticas contra el gobierno de turno.

Los detenidos son llevados a las jefaturas por faltas menores: alteraciones del orden público, riñas, excesos alcohólicos o de velocidad; extravagancias carnavalescas; desafíos a la autoridad y, en fecha muy reciente, la encargada de resolver los problemas carcelarios tuvo la idea de convertir las jefaturas en prisiones permanentes, al crear un hacinamiento más explosivo que el que padecen las penitenciarías del país.

Por lo general, se entra en las jefaturas dando traspiés y mascullando el idioma, pero no se sale así de ellas porque el tiempo de reclusión disipa los vapores del alcohol aunque sin aliviar el dolor de cabeza y cierto vestigio de culpa llamado "ratón moral". Sin embargo, mi amigo CC, poeta y artista plástico seguidor consecuente de los pasos de François Villon, de Christopher Marlowe, Poe, Charles Baudelaire o de cualquier otro poeta maldito, perdulario y ebrio de eternidad, hacía fácil amistad con abigarrados camaradas: marineros; latoneros y mecánicos cubanos; gente de la caleta; picaros y policías de punto con quienes sostenía delirantes francachelas. CC es el único venezolano que conozco en realizar la hazaña de entrar sobrio en una jefatura civil con limones y una o dos botellas de ron ocultas en bolsas de papel para beberlas con sus amigos policías, y salir de la jefatura varias horas después completamente borracho cantando canciones obscenas, dando gritos y vivas a Simón Bolívar y tropezando en la calle con imaginarias sillas, mesas y aguamaniles puestos allí por los Alcohólicos Anónimos, sus temibles e inveterados enemigos, ¡siempre al acecho!