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Germán Eduardo Vargas

Salario mínimo (versus máximo)

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Distanciadas por posiciones e intereses, como de costumbre, lasnegociaciones para concertar el incremento del mínimo fracasaron: mientrasColombia decreta su ajuste por inflación, Suiza convocó un referendo para regularel máximo, propendiendo por equidad.

Parece una alternativa conveniente, aunque una reacción primariarechace esta comparación aduciendo que 1) es injusta, pues contrasta el enfoquepropuesto por un país que ostenta el rótulo de paraíso, potencia en calidad devida y competitividad, y 2) es innecesaria, evocando nuestra privilegiadaclasificación en el índice de felicidad.

Como sea, sorprenden los contradictorios desenlaces de las consultashelvéticas pues, si bien la primera reglamentó las bonificaciones eindemnizaciones por despido (paracaídas dorados), la segunda rechazó unaintervención para equilibrar la relación entre el mínimo y el máximo, que hacrecido desde una escala 1:6 hasta 1:236 durante las recientes décadas; unaestratificación con diferencias exponenciales, aunque las estructuras seaplanaron y las nóminas se contrajeron (“downsizing”).

Pagando tan elevado precio por esa eficiencia corporativa, endetrimento del bienestar y la sostenibilidad, Esta iniciativa –conocida como1:12– inspira una reflexión que invita a replantear los modelos decompensación, trascendiendo de la automática tendencia que pondera elinsaciable componente monetario (“racional”), pues existen evidencias sobrenuestra incongruencia en su valoración, por relevancia y satisfacción, antemotivadores y atributos “alternativos” como la identificación con un propósito(emocional), el desarrollo (profesional), el balance (laboral) y elreconocimiento (social).

Esta paradoja, conocida como disonancia, nos permite olvidar y justificarbrechas en nuestras expectativas, creencias y decisiones, con paliativos ymecanismos de compensación cognitiva, emocional, o comportamental.

Por otra parte, para restaurar la calidad del mercado ocupacional,necesitamos adecuar esos criterios de retribución que se distorsionaron entrela autoridad, la difusa productividad y la agresiva competitividad; nosorprende que los opositores del referendo advirtieran riesgos por fuga deejecutivos, desconociendo que se trata de una contingencia mitigable conformela intención de la Eurozona para coordinar y diseminar esas ‘mejoresprácticas’, y demostrando una visión muy limitada de la gerencia estratégicadel talento.

Desventaja comparativa y pecado capital –por vanidad, envidia oavaricia–, los incrementos representan un estímulo efímero, y la mayoríasiempre manifiesta inconformidad con su salario; entonces recomiendo revisar laformulación del referendo, pues reflejó e ignoró aversiones que alteran laconsistencia de nuestra percepción y elección, según la neurosicología y laeconomía del comportamiento.

Por ejemplo, el contexto de una pregunta puede inducir respuestas:cambiar la perspectiva de “bajar el techo” hacia “subir el piso” resultaría máspersuasivo (aunque encarecido), pues preferimos renunciar a una ganancia queaceptar una pérdida equivalente; sumado a esto, medimos el dinero con base ensu cantidad bruta (nominal) y no por su capacidad adquisitiva (real).

No resignemos estas iniciativas para desafiar el Pareto de muchos conpoco y pocos con mucho; aunque el factor 1:12 parece arbitrario, representa unaoportunidad de inflexión hacia rangos suficientes (no necesariamente óptimos)que permitan redistribuir y canalizar excedentes salariales: neutralizando eldesempleo, gestionando capital humano, moderando precios e invirtiendo enresponsabilidad social.