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Héctor Faúndez

Sairam Rivas

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En estos quince años, ya son muchos los venezolanos que han sido víctimas de la represión y de la ira de un gobierno intolerante, que combina un discurso fingidamente democrático con los métodos de una Gestapo criolla. Pero es a Nicolás Maduro a quien le ha correspondido el deshonor de asumir como propia la tarea de acosar y perseguir a los estudiantes, acusándolos de ser un instrumento del imperio y de servir a los intereses de otro país, que ciertamente no es Cuba; Sairam Rivas simboliza a todos esos estudiantes que hoy están en la cárcel y que, con voz propia, han cometido el delito de denunciar tanta charlatanería y reclamar una Venezuela mejor.

Sairam Rivas es una de los muchos jóvenes que, armados solamente de idealismo y de valor, se han puesto de pie para salir a la calle y denunciar un gobierno impostor, incapaz de resistir la crítica y la protesta social. Junto con otros estudiantes, ella fue detenida por el Sebin, como si constituyera una amenaza para la seguridad del Estado y se tratara de una terrorista o una golpista (de esos a quienes el chavismo conoce muy bien y tiene tanto miedo), mientras acampaba en la plaza Alfredo Sadel.

Hasta el momento, Sairam Rivas lleva más de diez días privada de su libertad, sin que se le hayan informado de las razones de su detención y sin haber sido llevada ante un juez competente para que se pronuncie sobre la legalidad de su detención. Después de todo, ningún régimen autoritario necesita cumplir con esas formalidades burguesas para perseguir a quienes lo critican.

Pero Sairam Rivas no es una estudiante cualquiera. Ella es la presidente del Centro de Estudiantes de la Escuela de Trabajo Social de la UCV, que durante muchos años había sido un bastión del chavismo, y a cuyo cargo accedió después de derrotar en dos oportunidades al candidato ungido públicamente por el gobierno para esa función. La detención de Sairam no puede explicarse sin tener en cuenta esta circunstancia y sin considerar que ella ha combatido a los grupos violentos que, en nombre de la revolución bolivariana, operan en la universidad.

Sin embargo, hay una segunda razón para detener a Sairam Rivas: el hecho de que ella pertenezca al movimiento Bandera Roja y que no pueda ser acusada de oligarca, de pertenecer a la ultraderecha criolla, o de defender los intereses del gran capital. No se puede descalificar sus ideas o sus inquietudes sociales; no se le puede estigmatizar con la muy manida y absurda acusación de que recibe dinero del imperio o que está al servicio de la CIA. Pero, ser genuinamente de izquierda y no apoyar a este gobierno es un crimen muy grave. ¡Eso, no se puede consentir!

Este gobierno cívico militar, que se autodefine como revolucionario y de izquierda, no ha tenido ningún escrúpulo en aniquilar el movimiento sindical, en anular el debate parlamentario, en destituir de sus cargos a quienes han sido elegidos por el pueblo para cumplir una función pública y en aplastar a los medios de comunicación social independientes; este gobierno no ha tenido ningún remilgo en perseguir a estudiantes que están defendiendo su futuro, armados de un cuaderno y un lápiz, y que tienen la esperanza y la ilusión de construir una Venezuela mejor. Para dar la impresión de que aquí hay democracia, se puede permitir alguna manifestación en donde decida el gobierno; incluso, para poder afirmar que hay libertad de expresión, se puede aceptar que se escriba algún comentario crítico de su gestión. Pero, que una joven de izquierda, como Sairam Rivas, que no tiene ataduras con la política del pasado ni se ha dejado seducir por los malabarismos y la demagogia del presente, pretenda desenmascarar a un régimen fascista, este gobierno no lo puede tolerar.