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Leandro Area

Sabaneando con Rómulo Gallegos (1884-1969)

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Hoy no vine a decir sino a sentir sin más, sin cortapisas, y escribirle de cosas a Rómulo Gallegos, padre de huérfanos sin peros, que en estos días primeros y de agosto estaría cumpliendo 130 años mientras que ya llega a los 45 sin haberse fumado un cigarrillo.

Así que no quiero que me distraigan en este soliloquio que no exige respuestas, relinchos de caballos de patas azarosas, cimarrones y errantes, y más a mí que voy de a pie caminando distancias insalvables con un sentimiento en el alma y una idea en la palabra que azota este horizonte desmedido.

Tampoco es que desee que se dispersen mis sentidos ante acicalados pajaritos de cantos emplumados o frente al miedo que da el tigre o al lado de rumiantes pacientes que sudan lástima porque van a morir a fin de cuentas.

Quiero concentración, entonación exacta. No necesito de cursos de agua ni de trochas, ni chinchorros, ni sueños, ni compañía alguna; es a andar el camino que he venido, para anunciar el punto aquél dónde encontrarnos que ya de tanta falta que nos haces a veces ni me acuerdo siquiera.

Pongámonos de acuerdo: ven tú que allá voy yo. No necesito tampoco, te decía, de baquianos para destejer estos manglares frisados con fango en sus raíces golosas. Lo que se enseña no es lo que parece y yo lo que vine fue a escalar estas llanuras verticales. Lo aprendido no falta pero enreda y ya lo sabes tú que recordar es morir otra vez. Y a qué quejarse sino se trata de apagar candelas o decir misas ni rezar santos demagogos, ni prender luceros, ni cantar el amor que no fue ni el que se ha ido, o el que no acaba de llegar por fin o el que no llegará nunca o el que se asoma frente a nuestras narices y jamás entendemos.

Yo vine a caminar el duelo que nos toca y mientras más te aproximas más me alejo. Y esa no es la verdad, es tan solo la perspectiva de las sombras, la lectura equivocada de nuestra circunstancia así como en el estero y en el oasis la certeza y la mentira, ellas juntas, se cuecen en la misma bocanada de humo que chupo del cachimbo.

Lo que soy no vino a compartirse tampoco con saludos a quienes se ofrecen en mediante a pesar de no ser por costumbre hombre de soledades. Al contrario, pareciera que no. Mi plan es dedicarme, padre, a pisar tierra, pues las cosas no están para volar y gastar la poca fuerza en frutos altos. ¡Qué llueva en lo que orino a ver si me doy cuenta! ¡Qué broten frutos de mis ojos! Ya veré a mi regreso si es que vuelvo.

Y si donde debo llegar allí nadie me espera más que mi sombra escurridiza y torpe, no quede en vano mi esfuerzo de entender. No quiero que me hablen en sueños quienes sin poder lo que yo, quieren tantear desde el pasado de mis gerundios insondables mi presente asombrado. Porque es que ya estoy resabiado para saberme de trucos y de ensalmes y de lunes de las ánimas del purgatorio.

Busco pues lo que no se me ha perdido, menos como aventura de corsario que como diabético insomne tras su dosis de azúcar. Pero es que en mi contextura está cansarme rápido. Genética, no sé; cultura del calor, tiempo, país, desilusión, quién sabe. Y así, siendo el que no puedo ser, pero insistiendo, no debo perder mis energías en zamurales ni ciencia en petroglifos.

Yo vine a desatar, confieso, el mundo de mis antepasados, que como tú se cruzan conmigo a cada instante por las calles de nuestras letanías y que me han dejado pendiente de tarea que abra las puertas del misterio que ellos no descifraron y que multiplico con mis desplazamientos excesivos y erróneos.

Mientras tanto la araña teje y me desvelo por no convertirme en ella y caer en la trampa que no hizo para mí. ¡Suéltenme las manos quinceañeras, déjenme los pies bachacos y curares! No pedí agua bendita pero tampoco es para tanta ponzoña. Solo aspiré a jadear, alrededor del mediodía, con la frente en alto junto al Maestro Gallegos, ese padre que le inventó una luz a Venezuela que está por encontrarse y a veces nos deslumbra y se escapa entre los matorrales.

 


leandro.area@gmail.com