• Caracas (Venezuela)

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Fernando Rodríguez

Rumbos

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Hector Schamis, en un artículo reciente (El País), ha señalado con perspicacia que la década dorada de América Latina, con la que comenzó el presente siglo, y que gracias al alza mundial de los precios de las materias primas produjo notables desarrollos económicos y sociales, ha generado igualmente un franco retroceso en la salud de la democracia. La relativa abundancia permitió la emergencia de regímenes que utilizaron esta para perpetuarse en el poder mediante la reelección, cuyo desiderátum último es la perpetuidad, y la manipulación constitucional hasta hacer de esas leyes magnas un instrumento abusivo del presidente electo y reelecto. Estas instalaron la negación de la separación de poderes y la minusvalía del Estado de Derecho. Lo que lleva necesariamente al cercenamiento de la libertad de expresión y, como nunca antes, al crimen organizado y a la corrupción convertida en eje fundamental de la organización del poder nacional. Un nuevo despotismo pues. “Es paradójico que la prosperidad de este siglo haya dañado las instituciones democráticas más que la crisis de la deuda y la hiperinflación del siglo anterior”.

Ciertamente es paradójico. Lo es menos que el declive de esa bonanza, ahora por el descenso de los precios de esas materias primas y de políticas económicas obtusas, se esté encargando de asfixiar esos regímenes del abuso y la corruptela. La riqueza que trajo despotismo, la pobreza que propicia libertades, lo que no deja de ser contradictorio con la mayoría de las experiencias planetarias. Brasil, Argentina, Ecuador y, por supuesto, Venezuela son magníficos ejemplos de cómo años de euforia económica y soberbia política, con los componentes más o menos definidos del populismo “izquierdista”, se trocaron en economías francamente averiadas, acompañadas de un agudo resquebrajamiento político. Dilma Rousseff ha estado, ¿está?, al borde de los abismos; Correa se enfrenta a movimientos populares muy amplios y agresivos; la era Kirchner ha terminado tristemente y probablemente lo suceda un peronista de otra vestimenta, que cualquier cosa cabe en esa franquicia, y en Venezuela, la gran víctima, se vive en el estiércol y en la búsqueda desesperada de una salida para sobrevivir.

No hay que olvidar tampoco que en Cuba el inglés acaba de sustituir al ruso en la educación formal y al Mr. Marshall de turno lo reciben con cantidad de eufóricas banderitas con cintas y estrellas.

En lo inmediato se trata de alcanzar las playas donde comienzan el cabal ejercicio democrático y la honestidad cívica. Pero no es de descartar que la experiencia citada haga abominar por mucho tiempo las fórmulas realmente progresistas, así sean las de una democracia social moderna y libertaria, un tanto a la manera de las sensatas y equilibradas experiencias de Chile y Uruguay. Que posterguemos esa consigna que parece clave en este siglo, en expansión en todo el planeta, la lucha contra las inmensas desigualdades que siguen ahogando a la especie. Pero suele pasar que a los colectivismos enfermos y demagógicos suceden individualismos y economicismos igualmente extremos. Divergencias de pasado mañana.

Los cambios de gabinete de la señora Rousseff y la evidencia judicial del malandrismo del PT; el excéntrico millonario que representa al kirchnerismo en las elecciones de octubre; las histéricas peleas culpabilizadoras de Correa con algunos de los más serios periódicos del planeta; las inevitables reformas que alguien tendrá que hacer en Venezuela para que vuelva a ser un país y, sobre todo, las ansias abiertas de Cuba ante el Tío Sam, son signos iniciales, diversos pero inequívocos de ese movimiento del péndulo de la historia.