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César Pérez Vivas

Rumbo al fondo del abismo

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El dolor de los venezolanos crece cada día. La desesperanza cunde en el corazón de millones de compatriotas, que presencian cómo se pierde tiempo y recursos cada día, en el empeño de imponer a como dé lugar un modelo político y económico decimonónico.

Mientras nuestros vecinos latinoamericanos, trabajan por mejorar la infraestructura de sus países, por diversificar y fortalecer su economía, por superar las inequidades, nosotros, en Venezuela, se nos va la vida en un hiperactivismo político orientado a imponer una hegemonía, criminalizando y asesinando física y moralmente a quien se atreva a expresar desacuerdo con dicho modelo, y en la lucha por frenar el monstruo autoritario.

La cúpula roja, que se apoderó de todos los niveles y ramas del poder público, que ha impuesto un control perverso sobre la comunicación social y que controla de manera abusiva la economía, no cesa en su tarea de empujar a nuestra patria hacia el abismo del odio, la pobreza y la desesperanza.

El discurso de quienes dirigen las principales instituciones del Estado, y de quienes le siguen en su tarea de control político, crece cada día en su práctica descalificadora y depredadora de la cohesión social, base edificadora de la nación venezolana.

Más allá de la enorme devastación física de la patria, lo que más corroe nuestro ser nacional es, sin lugar a dudas, la siembra del odio desde la cúpula gobernante, y desde la red de medios de propaganda con la que cuenta el Estado venezolano.

La sistemática promoción de odio entre los sectores sociales, para darle cabida a la teoría marxista de la lucha de clases, como el motor, capaz de producir la revolución, constituye una lesión al tejido social del país que estamos obligados a atender y enfrentar.

El uso procaz del lenguaje, la palabra pronunciada para sembrar en el corazón de los venezolanos el resentimiento, a partir de consideraciones socioeconómicas, raciales o culturales constituye un daño de mayor efecto, que la misma destrucción física a la que asistimos.

La articulación de una serie de brigadas criminales, auspiciada y protegida por el gobierno, viene a complementar la tarea de disolución social que la palabra envenenada produce. Las bandas armadas del gobierno le dan continuidad y concreción al asesinato moral que se impulsa desde la cúpula gobernante.

La destrucción de la economía, el saqueo del fisco nacional, el reparto politiquero de nuestras riquezas para comprar lealtades internas y externas a favor de la autocracia, muestran cada día sus consecuencias en la devaluación galopante de nuestra moneda, en la dependencia de las importaciones y en la escasez de alimentos, bienes y servicios.

El hastío se hace presente en la conciencia de densos sectores de ciudadanos, que desesperados desean parar este desplazamiento acelerado hacia el abismo del primitivismo.

Un pueblo indignado y desesperado, de perderlo todo en la vorágine de la demagogia, la corrupción y la ineficacia, puede ser también presa fácil de otra forma de demagogia irresponsable, que le ofrece un espejismo para salir de forma rápida del cuadro al que se enfrenta.

Esa demagogia es la que le crea la expectativa de la ruta de la violencia como una opción para el cambio político. Ese camino constituye un recurso mucho más peligroso para el cuerpo social que el de avanzar en el trabajo de acumular mayor fuerza política en las bases ciudadanas, hasta logar un movimiento civil y pacífico inocultable, capaz de producir en las urnas electorales el cambio anhelado.

Una muestra de esa acumulación de fuerzas ha dado el pueblo tachirense. La mayoría popular y ciudadana que rechaza la autocracia gobernante, se ha expresado electoralmente de manera inocultable en los últimos dos procesos comiciales. También han sido masivas y contundentes las manifestaciones de protesta que hemos protagonizado como sociedad.

Ese trabajo de construcción de mayorías sólidas y de articulación política debe profundizarse en el mismo Táchira, pero muy especialmente en el resto del país. La unidad nacional y democrática ha dado signos importantes de avance en su construcción. El mismo proceso comicial del pasado 14 de abril mostró, más allá de los elementos fraudulentos denunciados en sede judicial y en la opinión pública, una fortaleza de un gran valor, que no podemos dilapidar.

El gran desafío de los venezolanos que luchamos en medio de graves dificultades para lograr un cambio pacífico y electoral del rumbo del país es, precisamente, preservar y ampliar esa base popular, hasta lograr una mayoría de tal magnitud que ni el ventajismo, el abuso y la corrupción puedan detener ese cambio.

Para la construcción de la ampliación de esa base, la denuncia de las violaciones de derechos humanos y el evidente fracaso del modelo económico constituye el pivote de una acción política permanente a la que debemos dedicar nuestros mejores esfuerzos y nuestro mejor tiempo.

Que el régimen nos arrastre hacia el fondo del abismo es su naturaleza, y así ha ocurrido en todos los países donde este modelo se ha aplicado. Los demócratas no debemos, no podemos ayudarlos, con acciones equivocadas, a contribuir en la tarea de la destrucción que acelere ese desplazamiento hacia el fondo del mismo.

Al final, a todos nos tocará emprender la tarea de reconstruir espiritual y materialmente nuestra patria. Eso será así, porque no podemos claudicar en la esperanza de que somos capaces de hacer una Venezuela moderna, próspera, alegre, justa y equitativa.