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Abel Veiga

Ruanda, veinte años después

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El mundo asistió pasivo y atónito ante la barbarie cruel y desalmada, pero no hizo absolutamente nada en una de las peores matanzas que tras el final de la Segunda Guerra Mundial ocurrieron para vergüenza de unos y escarnio de todos. Cinco meses de muerte, de terror, de horror, de venganza atrasada. Hutus y tutsis. Entre ochocientos mil y un millón de tutsis fueron asesinados, torturados, vejados y ejecutados. Hambre feroz de sangre, de odio ancestral, de ira y locura en estado puro. 6 de abril de 1994. Las imágenes aún hoy conmueven, pero sobre todo, avergüenzan. No hicimos nada. Era Ruanda, y a nadie importaba Ruanda, como tampoco Burundi; entre el Congo selvático y la Tanzania sabana, la sangre y los gritos, las persecuciones y el terror dieron paso al horror en estado puro. Era y es África. La África tantas veces golpeada por la tragedia, la tragedia del desprecio, del olvido, de la indiferencia, de la explotación y la humillación.

La soledad de los recuerdos se agolpan dos décadas después. Muchos prefieren olvidar. Tal vez el mundo ya lo hizo hace demasiado tiempo, sin importarles mucho lo que allí sucedió y lo que vino después. Minorías y mayorías, étnicas y odios, rivalidades y superioridades, poder y conquista, los mismos pecados originales de toda la humanidad. La soledad de cientos, sino miles, de fosas comunes donde el olvido y el silencio han acampado para siempre. La soledad en un país que no quiere mirar atrás, donde los espejos del alma quedan atrapados entre sus mil colinas. Unos espejos donde se pierde la memoria desvanecida entre olas de violencia y barbarie.

Aquel día, el avión en el que viajaban desde Tanzania el presidente ruandés, Juvénal Habyarimana, y su homólogo burundés, Cyprien Ntaryamira, encendía un fuego incontrolable, la venganza implacable, la sed de sangre y horror. A golpe de machete, a ráfagas y bayoneta, 80 % de la población tutsi, minoritaria en el país pero dominante en ámbitos de poder, fue asesinada. Hombre –mujeres, niños, ancianos–, a la caza del hombre. Sin piedad, sin pensamiento, sin clemencia. Víctimas y verdugos. Exterminio y limpieza étnica en todos sus extremos. Siglos de odios, de recelos, décadas de masacres, 1968, 1972, 1991. Unos frente a otros, al revés de lo que sucedió en 1994. Era en Burundi. Pero una masacre así no salta de improviso. El clima de violencia, el asesinato, la llamada a incendiarlo todo latía desde hacía meses. Lo sabía la ONU, que envió a la Minuar, una misión que debía detener la escalada de violencia, pero su pasividad, la inacción, la permisividad y tal vez el mirar hacia otro lado a destiempo sembraron la absoluta libertad hacia un camino de sangre y horror. Las milicias hutus, llamadas Interahamwe (que significa “golpeemos juntos”), estaban siendo entrenadas y equipadas por el ejército ruandés alimentando una soterrada confrontación con los tutsis. La “caza del tutsi” se hizo más explícita, y aquel abril, tras el asesinato del presidente y los rumores de que la minoría tutsi planeaba un genocidio contra los hutus, hizo el resto.

El genocidio de Ruanda tuvo muchos cómplices. Demasiados. Esa fue la desgracia. Terrible. No todos los hutus son culpables de lo que sucedió esos meses. Algunos pagaron con su vida su discrepancia y su repulsa, frente al radicalismo de los hutus más vengativos. Crímenes execrables que ocurrieron en iglesias y campos santos, donde las fosas arrancaron la inocencia de las entrañas de la tierra para arrojar cuerpos mutilados, y desgarrados por machetes, azadas, cuchillos, lanzas, palos, etc.

Todos fuimos ajenos a aquella barbarie, como si no estuviese ocurriendo. Un exterminio ante nuestros ojos, ante las pantallas de telediarios, y portadas de periódicos. Y quiénes más intereses económicos tenían, desde la vieja potencia colonizadora, Bélgica, hasta Francia, Alemania, etc., guardaron silencio en un primer momento y tardaron en reaccionar y enviar, como el caso de Francia, a soldados para pacificar la situación o detener la barbarie. Asistieron desde la distancia silenciosa al drama tutsi. Afirmaba el general Dallaire la actitud de estos tres países antes, durante y después del conflicto: “Los franceses se mueven en la zona por la llamada ‘francophonie’, por el orgullo de controlar. E invariablemente ayudan a los hutus. Enseguida comprobé asombrado que tanto franceses como belgas y alemanes tenían allí consejeros a docenas. Ellos sí sabían lo que pasaba, pero ninguno proporcionaba a la ONU, es decir, a mí, su representante, la información que poseían. Y al mismo tiempo, esos países que estaban en el Consejo de Seguridad tampoco dejaban a la ONU, a mí, montar mi propia unidad de información, porque, decían, el mandato no contemplaba eso. Incluso cuando tuve constancia de que se pasaban armas de contrabando a través de la frontera de Uganda y pedí permiso para buscarlas, me contestaron que no”.

Veinte años después quedan muchas preguntas sin contestar: ¿por qué y cómo fue posible esa masacre?, ¿qué sabían las potencias occidentales con intereses en el país y la zona y qué hicieron o, más bien, no hicieron esas semanas?, ¿por qué Estados Unidos no llamaba genocidio o exterminio a lo que estaba sucediendo?, ¿por qué Butros-Ghali, secretario general de la ONU, discrepó en este asunto frente a los intereses norteamericanos? Veinte años después, el odio y la venganza ganaron sobre la vida humana y la dignidad. ¿Es hoy Ruanda un país en paz consigo mismo y ha enterrado sus demonios?