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Lorena González

Rosa Vegas

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Desde hace un buen tiempo hemos tenido noticias de Rosa Vegas, artista oriunda de Maturín y residente del barrio El Viñedo del estado Anzoátegui. De su obra hemos conocido ligeros despuntes gracias a la labor de gestores como Carmen Sofía Leoni, directora del Museo de Arte Popular Bárbaro Rivas, e instituciones como la Fundación Bigott, que han difundido una cultura viva que se desplaza al alimón de las prácticas legitimadas del arte actual.

Cuando hablamos de ligeros despuntes es importante aclarar que no se trata de desidia u olvido. La imposibilidad de ver en su totalidad la construcción vital con la que Vegas ha impregnado cada uno de sus pasos se debe exclusivamente a la esencia que gobierna el universo de su obra: la casa como sintagma; espacio habitable y habitado que consolida una gran instalación gracias a la manifestación constante de pequeños y grandes fragmentos que ella materializa en los recodos de su propia estancia.

Para sentir, percibir o aproximarse de algún modo a la obra de Rosa, hay que ir a su casa-museo, estar con ella, compartir esa vivienda transitiva donde el arte es la reflexión de un minuto y la emanación completa de la existencia.

Así lo han hecho y lo han testimoniado otros valiosos creadores como Luis Brito, quien de su visita produjo en alianza con Antolín Sánchez un video para Rosa con el título A través de tus ojos dorados o el encuentro que el joven fotógrafo Adán Zárate tuvo en 2012, del cual dejó en su blog un magnífico testimonio fotográfico de la artista.

El año pasado la Galería de Arte Nacional y el Iartes se concentraron en la compleja labor de presentar la obra de la artista Rosa Vegas en el espacio museográfico. La muestra fue inaugurada a comienzos del mes de noviembre y contó con una gran cantidad de piezas de distintos formatos y técnicas, incluida una pared de bahareque donde reposa una de las imágenes que la artista acostumbra elevar desde las bases de su morada. A la soledad y al silencio del entorno, Rosa le ha contrapuesto los diálogos con el contexto; consolidando un adentro que despunta por metáforas que emergen de las paredes, adheridas a las esquinas y a los resguardos; por variables vibrantes que se esconden y aparecen en las tramas de un jardín prolífico en texturas e iluminaciones. Aunque la muestra destaca por la visibilidad y el alcance que necesitaba la obra de esta artista, extrañamos en el espacio museográfico la guiatura curatorial de esta casa-museo que con acuciosidad y estilo describe en el catálogo publicado para la ocasión la investigadora Zhelma Portillo. Reproducir no la casa, sino una sencilla planta de ella junto con la ubicación probable de las piezas hubiera destacado con mayor asertividad espacial las consideraciones que en el texto propician un correlato activo entre las zonas del individuo, la infinitud impredecible del afuera y el espacio de la casa y el de la obra como puente de ilación entre uno y otro lugar.

No obstante, en este abreboca, la sonoridad del misterio emerge; enigma de un encuentro definitivo que el espectador solo podrá tener el día que toque a la puerta de la fantástica puesta en escena que ha levantado en su terruño la creadora Rosa Vegas.