• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

Rómulo Betancourt y Fidel Castro

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Al perder la singladura betancourista, la sociedad venezolana había perdido sus más poderosas armas de defensa política e ideológica contra el castrocomunismo. El precio ha sido espantoso. Y aún no lo conocemos.

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Los historiadores y estudiosos de la historia venezolana nos deben un análisis pormenorizado de la polémica y trascendental relación –no sólo para la historia venezolana sino para la región toda –entre Rómulo Betancourt y Fidel Castro. Posiblemente los dos paradigmas del enfrentamiento entre democracia y revolución o, si se prefiere, entre liberalismo y comunismo, que ha asolado el continente desde la constitución de los totalitarismos, la Segunda Guerra Mundial –que fuera una de sus consecuencias– y en particular durante la segunda mitad del siglo XX. Período durante el cual los desarrollos contradictorios y en paralelo de la democracia venezolana y la revolución cubana, paridas ambas por sendos líderes, constituyeron la alternativa político-ideológica que movilizó la historia social y política de la región. Uno de cuyos subproductos serían las dictaduras militares instauradas a partir de los años sesenta como reacción al embate del castrocomunismo. Y cuyas consecuencias han adquirido una novedosa y singular actualización desde la configuración del Foro de Sao Paulo y la emergencia del chavismo y la ideología bolivariana desde los años noventa. Que recicla, así sea solapada y veladamente, de acuerdo con las nuevas condiciones imperantes en el mundo, el enfrentamiento primario entre democracia y dictadura para América Latina.

El destino quiso atravesar en su camino a Betancourt y Castro. Castro, que viaja al encuentro constitutivo de la Organización de Estados Americanos en Bogotá en abril de 1948, financiado por Juan Domingo Perón, dado el confesado nacionalismo antiimperialista y filo peronista del joven universitario cubano –por entonces más cerca de Mussolini y Hitler que de Lenin y Stalin–. Hace escala en Caracas, pretendiendo un encuentro con el presidente Rómulo Gallegos o con el mismo Rómulo Betancourt, que no llega a producirse. Como tampoco el que pauta con José Eliézer Gaitán, cuyo asesinato da lugar al Bogotazo, en el que tiene una participación secundaria, debiendo escapar de Colombia gracias a las gestiones de la Embajada cubana.

El encuentro entre ambos líderes se producirá, finalmente, una década después, recién triunfante la Revolución cubana y elegido primer presidente de la república democrática de Venezuela Rómulo Betancourt.  Ambos procesos coincidentes en el desalojo de sus respectivas dictaduras: la de Pérez Jiménez, mediante un levantamiento cívico militar que instituye una Junta Patriótica de Gobierno y el compromiso de dar inicio a un proceso de democratización de la sociedad venezolana; la de Batista, mediante la violencia de una guerra de guerrillas rural y urbana respaldada por Estados Unidos y el gobierno de la Junta de Gobierno venezolana.

 

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Es en el fulgor de ambos procesos, antinómicos en su esencia, contradictorios en sus formas y obedientes a las dos visiones estratégicas –democracia o dictadura– que representan a la perfección ambos líderes, que tiene lugar la trascendental reunión entre Fidel Castro, líder indiscutido de la Cuba revolucionaria –de cuyos propósitos solo se conoce por entonces su naturaleza popular y democrática– y Rómulo Betancourt, recién elegido presidente de la República al frente de su partido Acción Democrática, con un claro, publicitado y aplaudido propósito de instaurar lo que se ha venido en llamar la República Liberal Democrática. El polo antagónico del que llegaría ser el eje de la Revolución cubana, muy pronto declaradamente marxista, socialista y alineada con el bloque soviético.

Para desgracia del recuento de los hechos, no existe un protocolo pormenorizado de la mencionada reunión, que tuvo lugar el 25 enero de 1959 y se prolongó en la más estricta intimidad durante casi cinco horas. Fue, al parecer, un encuentro tenso que al poner las cartas sobre la mesa demostró la absoluta imposibilidad del más mínimo entendimiento. En principio, Castro plantea la necesidad de contar con el respaldo ideológico, político y sobre todo material –petróleo y respaldo financiero– por parte de un gobierno que considera posible enrielar por una vía de enfrentamiento contra Estados Unidos y favorable al desarrollo de sus propias políticas antiimperialistas. Conoce del ánimo revolucionario de los sectores populares, pues ha participado en una masiva y exultante manifestación popular de respaldo, que le organiza el movimiento estudiantil que lo ha invitado al país y, que según el propio Castro, convoca a más de 300.000 caraqueños; resiente la animadversión de los manifestantes contra el recién elegido presidente de la República y pulsa el ánimo contestatario y fervientemente favorable a una radicalización del proceso sociopolítico que vive el país. Sabe, asimismo y de primera mano, de la honda penetración del comunismo venezolano en las filas de las Fuerzas Armadas, y recibe la constatación en el entusiasta discurso de bienvenida que le da en Maiquetía el almirante Wolfgang Larrazábal, y conoce del ánimo imperante en el interior del partido Acción Democrática por los discursos de los líderes de AD Luis Beltrán Prieto Figueroa y Carlos Alberto Rangel. De allí la confianza con que se abre y trata de ganarse a Betancourt hacia una alianza antiimperialista y consolidar un frente unido que busque el control revolucionario del continente. La máxima y nunca abandonada aspiración de su vida. El respaldo de Betancourt le permitiría lograrlo a los menores costos en vidas y bienes. El desiderátum.

Su sorpresa ante la visceralidad del rechazo de Betancourt a todos sus pedimentos ha de haber sido mayúscula y muy decepcionante. Si se encontraba bien informado, y lo lógico es que lo haya estado, sabía que Betancourt había sido hacía veinte años secretario general del Partido Comunista de Costa Rica. Que en sus primeros escritos había expresado la posibilidad de enfrentar la dictadura de Gómez incluso con las armas, y en carta escrita a Luis Augusto Dubuc y a Carlos Andrés Pérez con fecha 21 de mayo de 1957 –a poco menos de dos años del encuentro con Fidel Castro– había escrito literalmente: “Lo que está haciendo Fidel Castro –alzarse e impulsar la guerra de guerrillas en todos los frentes– y con mucho más éxito, debí hacerlo yo en 1950; y deberemos hacerlo en 1957, si no hay elecciones libres…” (Rómulo Betancourt, Antología política, Tomo Sexto, pág. 619). Su radicalidad al respecto llegó al extremo de plantearse un levantamiento armado para terminar con la dictadura o callarse la boca: “Es más: si en el 57 o comienzos del 58 no hay solución al problema venezolano –evolutiva o a la brava– no nos quedaría otro camino sino el de ponernos el bozal, y no hablar más en el exilio de los atropellos, etc., de aquella gente”. (Ibídem).

 

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De aquel encuentro solo trascendió la absoluta negativa de Betancourt a regalarle una sola gota de petróleo a la Cuba castrista, y de los ingentes problemas financieros que enfrenta el país ante la necesidad de saldar su deuda externa y atender los gastos que demandará satisfacer las necesidades populares. El desencuentro es absoluto y total. Y del rechazo abierto o implícito se pasará a la absoluta y frontal enemistad. Castro ha comprendido que a Venezuela o se la conquista por las armas o por cualquier otro medio tan siniestro como una invasión, o debe renunciar a todo intento por contar con ella. Y lo que verdaderamente le importa: manejar su petróleo, con cuya posesión espera apoderarse del hemisferio. Escogerá los medios armados, que se saldarán con una brutal derrota. Pero recibirá el regalo de los dioses gracias a la confianza en aquella penetración que ya viera corporeizada en Larrazábal. La historia terminó satisfaciéndole el capricho.

Rómulo, por su parte, constató de una vez y para siempre que en Fidel Castro y su revolución tendría a sus más mortales enemigos. Que ni la región ni su país podrían dormir en paz mientras esa descomunal fuerza de la naturaleza estuviera activa. Razón que lo llevó a enfrentarlos con la radicalidad que lo caracterizaba, hasta vencerlo en todos los ámbitos de la acción política: el electoral, el militar y el diplomático.

Me interesa destacar al respecto la mortificante duda que habrá quedado en el ánimo de Betancourt ante lo que él mismo llamara en la carta citada “las presiones internas”, a saber, entre otras, la seducción que ejercía Fidel Castro, su revolución y su descarada manipulación e injerencia sobre los más amplios sectores democráticos del país. Si entre ese encuentro y la pacificación impulsada por Rafael Caldera intentó Castro la vía armada, en la que cosechó una tremenda derrota ante los dos primeros gobiernos accióndemocratistas, posteriormente la vía política y diplomática se profundizó con los sostenidos intentos del gobierno cubano por cooptar adeptos y minar las resistencias de la democracia venezolana al castrocomunismo. No encontró otros obstáculos que el del solitario Betancourt. Cuenta Héctor Alonso López en El rostro humano de la política una anécdota reveladora de la furia que sacudía a Betancourt al ver la irresponsable liviandad  con que la dirigencia de su partido caía rendida ante la seducción de Fidel Castro, a la que ni siquiera uno de los mortales enemigos de las guerrillas, el propio Carlos Andrés Pérez, pudo sustraerse: en 1975 Héctor Alonso aceptó participar con la juventud de su y otros partidos democráticos venezolanos en un encuentro mundial de juventudes que se celebraría en La Habana. López, encargado juvenil de AD, pidió la aprobación de Piñerúa Ordaz, entonces secretario general del partido, quien no dudó en otorgársela. Indignado, Betancourt solicitó desde Berna la inmediata expulsión del joven dirigente merideño y la cancelación de dicha visita. No logró lo primero, pues López había contado con la aprobación del secretario general. Pero obtuvo lo segundo. Su partido canceló la participación.

Solo la muerte de Betancourt permitió la insolente presencia de Fidel Castro y su rumbosa y provocadora comitiva en los fastos de lo que la prensa opositora dio en llamar “la coronación” de Carlos Andrés Pérez. Si hubiera visto la conmoción que la presencia del monarca cubano provocó entre famosos y connotados periodistas, fotógrafos, camarógrafos, artistas, académicos –800 de ellos le dedicaron una ominosa apología–, políticos, empresarios y banqueros, hubiera vuelto a morirse. El motín con el que la barbarie asomara sus garras a pocos días de esa coronación en el escenario de la futura tragedia venezolana hubiera más que justificado sus odios, rencores y aprehensiones. Al perder la singladura betancourista, la sociedad venezolana había perdido sus más poderosas armas de defensa política e ideológica contra el castrocomunismo. El precio ha sido espantoso. Y aún no lo conocemos.