• Caracas (Venezuela)

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Elsa Cardozo

Romper el cerco

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En el nada noble recular que debería quedar para la memoria como la otra enfermedad holandesa se resumen terribles pistas sobre el grosor del cerco que se ha construido alrededor de la ruina material y moral de nuestro país.

Por supuesto que no debe olvidarse que el levantamiento y engrosamiento de ese cerco fue tarea principalísima del régimen que se instaló en Venezuela hace tres lustros. El que comenzó por procurar legitimidad para el mandato ganado en elecciones por un militar golpista y continuó con el acercamiento a países en los que desde muy temprano encontró afinidades para el desafío al derecho constitucional e internacional. Al paso de los años, la lubricación petrolera, financiera, comercial y política del supuesto plan para la diversificación de las relaciones exteriores creó los lazos necesarios para utilizar cualesquiera de los instrumentos de la política de poder en la protección de un régimen cada vez más autoritario. Así llegamos a la fase en la que, en el empeño por hacer irreversible el control del gobierno, a falta de carnada se amenaza con desconocer lo otorgado y lo adeudado.

Por supuesto que los socios de afuera han hecho lo suyo. Aun quitando referencias tan evidentes como Rusia, China, Irán, Bielorrusia o por supuesto y para comenzar Cuba, han sido muchos los arreglos pragmáticos que han contribuido a frisar el muro para que esto no se vea tan feo desde el exterior. Que lo digan visitantes frecuentes, no solo de la Alianza Bolivariana y Petrocaribe, o de Argentina. Son gobiernos como los de Lula da Silva y Dilma Rousseff, Juan Manuel Santos y José Mujica, que también hacen cuentas pero las adornan con argumentos institucionales y amagos de influencia moderadora, los que más han contribuido a disolver la aspereza de la grosera reivindicación gubernamental venezolana del principio de no intervención y su rechazo al régimen internacional de protección de los derechos humanos.

Por aquí entre nosotros, mientras desde el gobierno se ha hecho todo por fortalecer ese cerco y dificultar su ruptura, los afanes desde la sociedad por romperlo han sido muy desiguales. El más consistente ha sido el de la Mesa de Unidad Democrática, que no solo contribuyó a abrirle grietas mayores en una sucesión de procesos electorales, sino que dejó ver al mundo que en Venezuela había una alternativa organizada en torno a un compromiso democrático con el futuro del país. Nada es esto desvaloriza las protestas que desenmascararon la naturaleza represiva del régimen y su disposición a valerse de toda suerte de presiones para silenciar al mundo y proteger a quienes han violado principios y reglas esenciales del derecho y la convivencia internacional. Pero no hay disposición a protestar que sustituya la organización de una opción democrática, dispuesta a concertar entre partidos y a escuchar a otros actores sociales.

Ramón Guillermo Aveledo, por más de un lustro franco coordinador de la tarea de armar y poner en movimiento una gran mesa de encuentro entre partidos y liderazgos, deja con su ejemplo varias pistas sobre lo que es crucial hacer para romper la muralla que nos ahoga: evitar personalismos, respetar la diversidad, concertar ideas y voces sobre lo esencial y las estrategias para lograrlo, proyectándolas con credibilidad y fuerza al mundo. Eso hay que cultivarlo, en lo peculiar de los nuevos y más difíciles tiempos, para romper el cerco desde adentro.

elsacardozo@gmail.com