• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Alfredo Cedeño

Rompamos espejos

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Venezuela es una caja de espejos, en nuestro país las réplicas no cesan de convertirse en un eco que va hasta el aparente infinito. Vemos cómo se van repitiendo los hechos por los siglos de los siglos, rogando que no sea amén.  Fue así como un par de centurias, y un poquitico más, antes, exactamente en 1812, desde Calabozo, estado Guárico, surgió esa versión asturiana y anticipada de lo que vivimos en estos días en tierra venezolana. Escribo sobre José Tomás Boves y de la Iglesia, quien asoló el país de una manera despiadada al frente de sus huestes sangrientas. Hordas de las que poco recordamos su origen: venezolanos en su casi totalidad, criollos despreciados por una oligarquía, que fiel a su arquetipal miopía de casta, los había ido llenando de venenoso resentimiento.

Boves, al que Francisco Herrera Luque añadió el mote de El Urogallo, originalmente había sido un marino al servicio de la Real Armada Española, y por favor vean la serie de ecos que hasta hoy llegan. Este señor, quien había prestado juramento al Estado español, fue apresado y enjuiciado por sus dotes de estraperlista, luego condenado a ocho años de prisión que debía cumplir en el castillo de Puerto Cabello. Estando allí, un amigo de su difunto padre lo puso en contacto con un abogado venezolano quien logró que le fuera conmutada la pena por la del destierro en la ya citada población guariqueña. Por cierto, el jurisconsulto que logró dicho canje procesal fue Juan Germán Roscio, a quien luego veremos como director del Correo del Orinoco, redactor del Acta de Proclamación de la Independencia, de la del Acta de la Independencia y de nuestra primera Constitución; también como presidente del Congreso de Angostura de 1819 y vicepresidente de la Gran Colombia.

Una vez instalado en el corazón de los llanos, el hijo de Asturias montó una pulpería, la cual aseguran fue de gestión exitosa; aunque algunos investigadores y averiguadores de la vida ajena, a fin de cuentas pájaros de similar plumaje, han dicho que eso fue debido a las mañas poco ortodoxas aplicadas en el manejo de dicha venta de abarrotes. Por lo visto la honradez entre los operadores comerciales ha solido ser un espécimen de corto aliento a lo largo y ancho de nuestro paso por la historia, pero sigamos con el pulpero.  Es manida la historia de cómo en un primer intento, guiado por ese sentimiento tan próspero por nuestros lares, mejor conocido como el resentimiento, quiso arremeter contra sus paisanos por lo que trató de entrar a la lucha independentista. Vano intento, más de uno que le debe haber tenido ojeriza, sabrá Dios si porque alguna vez se negó a fiarle una locha de manteca, o medio kilo de caraotas, lo acusaron de agente de la corona española, que era el imperialismo de aquellos tiempos. Fin de fines que don José Tomás terminó encarcelado, su mujer asesinada y su negocio saqueado. 

Como bien podemos suponer, aquel hombre no era precisamente émulo de su paisano san Melchor de Quirós, el primer santo de las tierras asturianas, y al ser liberado se incorporó a las fuerzas del español Monteverde. Este último era el representante de la corona española que acordó con Francisco de Miranda la llamada capitulación de San Mateo; acuerdo que comenzó a violar muy pronto. Es célebre su carta dirigida a la Corte en la que expresa: “Caracas debe ser tratada por la ley de la conquista”. Es bueno, también recordar que tenía por capellán a un clérigo de apellido Coronil quien, al decir de un testigo realista “en Valencia, al partir una compañía para San Carlos exhortó en alta voz á los soldados á que de siete años para arriba no dejasen vivo á nadie”. En semejante ambiente Boves desplegó el encono del resentimiento, hasta multiplicarlo atrozmente. Su saña, convertida en logros militares, hizo que escalara veloz en la línea de mando de las tropas españolas. Las crónicas han dejado abundantes reseñas de las degollinas que llevó a cabo de allí en adelante. Pero… y es algo de lo que muchos no quieren hacer mayor relevancia, la casi totalidad de las fuerzas que terminó incorporando a sus hordas vandálicas eran criollas, eran tropas que se jactaban de ser zambos alzados. No está de más recordar las frases que empleó como palancas motivadoras para captar adeptos: ¡Guerra a los blancos explotadores del pardo y del indio! ¡Las tierras de los blancos para los pardos! ¿No les resultan familiares para con ciertas expresiones que en los últimos tres lustros cierta gente ha venido usando a troche y moche?

Fue un largo tiempo de cruel pesadilla que padeció Venezuela. Una noche que parecía inacabable hizo tambalear en repetidas oportunidades los intentos independentistas. No será hasta el 5 de diciembre de 1814, cuando Pedro Zaraza lo liquida en la batalla de Urica. La tradición oral afirma que antes de dicho choque el oficial patriota mientras afilaba su lanza, dijo: Hoy o se acaba la bobera o se rompe la zaraza. Cuando hago este recuento no puedo dejar de preguntarme: ¿Tendría Roscio idea del vainón que le iba a echar a Venezuela cuando defendió a semejante tunante?, ¿igual hubiera hecho que la justicia fuera tan generosa con el futuro verdugo realista? Son tantas las preguntas que suelen formularse en estos casos… ¿Hubiera votado la clase media venezolana, con entusiasmo enfermizo, por el Chávez que los llevó a la indigencia?

Insisto: somos una sucesión de reflejos que no cesa, son escasas las explicaciones que podemos encontrar para tratar de entender los demonios que nos habitan. Uno de ellos es el sentimiento de culpa ante el éxito, no sé qué piedra de Sísifo cargamos a cuestas que suele tornarse en repugnante confusión para el manejo de ello. Es la explicación que columbro para entender lo que llevó a nuestra clase media deslumbrada a postrarse ante Chávez, lo cual se ayuntó a una clase política patética que se  encarriló, todos a una, atrás de la figura del ícono sexual de la machería venezolana, entiéndase Irene Sáez, a quien todos cortejaban bajo la presunción de que era una rubia tonta a la cual conquistar, para luego de seducida exhibir cual trofeo de caza. Y la película terminó con todos teniendo las tablas, los jergones y el catre de sombrero. 

Volvemos a vivir tiempos de desolación y de escaso consuelo, con una tropa gastada en combates asimétricos donde las líneas de mando que enfrentan a la barbarie no han descubierto la forma de ser más erráticas. Las campañas han tenido por patrona a Nuestra Señora de la Esperanza Perdida, y hemos visto desmigajarse el soporte popular ante un triunfalismo estentóreo y patológico. Aquellos que disentimos somos segregados, hay una sola línea de acción en la que las propuestas que no emanan de la camarilla de siempre son atacadas con energía digna de verdaderas causas. Los espejos no cesan de replicar escenarios ya vistos y que nunca debimos volver a ver. Venezolanos que despedazan a otros venezolanos, derrame de sangre fraterna amparados en la sombra de un celaje que consideran realidad. ¿Algún día lograremos reventar estos malditos espejos? A fin de cuentas ya son más de siete años de fatalidad los que llevamos padeciendo.