• Caracas (Venezuela)

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Adriana Villanueva

De Rodney King a Marvinia Jiménez

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Hace un par de años vi Contacto en Francia de William Friedkin, que en 1972 arrasó con los premios Oscar, incluidos mejor película, actor, guión y dirección. Excelente, pero viendo cómo el detective Popeye Doyle (Gene Hackman) le entra a golpes a quien considerara necesario para desenmascarar la red internacional de narcotráfico, imposible no pensar que a partir de la década de los noventa sería inimaginable una película similar donde el espectador pudiera sentir empatía con la brutalidad policial.

Esta corrección política se la debemos a Rodney King, un obrero involucrado en delitos menores, quien la noche del 3 de marzo de 1991 es sometido por cinco agentes de la policía de Los Ángeles, uno de ellos le entró a golpes sin percatarse de que estaban siendo filmados por un vecino de la zona.

En el año 1991 todavía no había redes sociales, pero en Estados Unidos contaban con noticieros de televisión sin tantas presiones políticas como las que hoy vivimos en Venezuela, y la golpiza a Mr. King descubrió a millones de espectadores en Estados Unidos y el mundo entero que la violencia policial distaba de ser ficción de Hollywood.

La ira colectiva ante un policía blanco entrándole a golpes a un sospechoso negro frente a la mirada cómplice de sus compañeros, terminó de explotar un año después cuando los policías fueron absueltos de la golpiza de la que cientos de millones de televidentes fuimos testigos, lo que desencadenó en una serie de protestas en Los Ángeles que culminó con saqueos y una cifra de 57 muertos y 2.000 heridos. Pero también fue un duro frenazo a cualquier apología a la brutalidad policial.

Después de 22 años, en la Venezuela de Maduro –donde se culpabiliza de la actual violencia a las series de televisión enlatadas– vivimos una férrea censura televisiva pero también contamos con las redes sociales y miles de reporteros de calle como aquel precursor que capturó la golpiza a Rodney King. Son muchas las pruebas que se tienen de brutalidad de parte de las fuerzas del Estado venezolano, pero pocas tan contundentes como la foto de la guardia del pueblo encima de una joven dándole fieramente con su casco. Para quienes alegaron que se trataba de un montaje, no tardó en salir la prueba filmada por un vecino que gritaba desesperado: “¡Hagan algo, miren cómo le dan!”. Pero los compañeros de la enfurecida guardia, lejos de separarlas, dejaron que descargara su rabia antes de llevarse a la muchacha detenida.

Marvinia Jiménez se llama la joven agredida en Valencia, costurera de 34 años, madre de un niño, quien había estado grabando las protestas con su “vergatario” y, al ser descubierta desde la trinchera verde oliva, soldados de la Guardia Nacional se abalanzaron contra ella para quitarle el celular. Dice Marvinia que de repente se vio con una especie de gorila encima que dándole en la cabeza con su casco le gritaba: “¡Maldita, me volaste la uña!”.

Esa misma noche en televisión nacional el presidente Nicolás Maduro felicitó la paciencia de las fuerzas del Estado para lidiar con las manifestaciones fascistas, que sí, quizás ha habido excesos, y serán investigados, pero “buen trabajo muchachos”. La fiscal y la defensora del pueblo hablan de montajes y de exageraciones de la derecha golpista, que aquí los únicos salvajes son quienes protestan contra esta revolución bonita. Mientras tanto, tres coroneles de la Guardia Nacional Bolivariana que se atrevieron a cuestionar los excesos de represión en Carabobo fueron removidos de sus cargos.

Por eso, amigos míos, cualquier “diálogo por la paz” en Venezuela no puede ser creíble mientras quienes están para defender los derechos ciudadanos hoy solo defienden los intereses del gobierno y los abusos de sus brazos armados.